Crisis de hegemonía y elecciones decadentes

 

Por: Erick Tejada Carbajal

Antonio Gramsci, en sus legendarios cuadernos de la cárcel propuso el término crisis de régimen o crisis de hegemonía para definir el colapso simultáneo de las instituciones de un Estado debido a su pérdida de credibilidad y legitimidad. Ya sabemos que Honduras sobre todo después del ominoso fraude electoral del 2017 vive una espiral decadente sumergiéndose en una profunda crisis social y económica cuyo origen parte de una crisis orgánica no zanjada y originada con el golpe de Estado de junio del 2009.

Lo que vemos hoy, es un proceso electoral que parece ir en decadencia en cuanto a cultura democrática y certidumbre de los resultados. Karl Polanyi, en su mítico libro “La gran transformación”, escribió que la simbiosis entre economía y sistema político es indivisible y que ambas actúan de forma conjunta.

Víctor Meza acaba de escribir en un magnífico artículo que el tránsito del bipartidismo y/o al multipartidismo es más difícil de lo que pudimos haber imaginado. Yo pienso que hay otros elementos que agregar a ese tumultuoso tránsito del bipartidismo a lo nuevo, que no sabemos todavía que es,  pero que sabemos que está naciendo.

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Desde 1982 hasta el 2005 se marca la era moderna dorada del bipartidismo, esto fue, debido a que las élites podían llegar a acuerdos y consensos dentro del mismo modelo económico esencialmente neoliberal y extractivista. Mediante acuerdos de caudillos se resolvió la crisis del 85 cuando Suazo Córdoba hizo una intentona de reelegirse, la del 86 cuando Callejas había ganado las elecciones y aceptó que Azcona fuese ungido- mediante la famosa opción b- a promesa de que él sería el ganador en las elecciones del 89.

Carlos Flores Facussé fue clave para la inscripción ilegal del panameño Ricardo Maduro en el 2001 y así se llegó a un pacto bipartidista que terminó con el nacionalista colocándose la banda presidencial. La crisis de régimen detonó el 2009 con el golpe de Estado, ya que existió a nivel discursivo y político una confrontación con el modelo económico existente y reciclado una y otra vez por el bipartidismo.

Desde el nacimiento de LIBRE y en menor medida del PAC, hay una negativa cerril de las élites catrachas -las mas viles del continente a mi juicio- en abrir espacios de participación a la ciudadanía y sobre todo a colocar en el tapete la implementación de un modelo económico-social más humano y democrático. La razón de esa terquedad es simple, las castas criollas enquistadas como factores de poder están felices con el tejido estatal hondureño que les sirve como plataforma para expoliar al país. Prefirieron entregar las riendas del gobierno a un grupo de narcotraficantes mientras el modelo económico permaneciera relativamente estable y, más bien, se profundizara en esa línea ultraconservadora.

Lo que vemos hoy es una clase política y económica inveterada incapaz de entender que amplios sectores de la sociedad hondureña han cambiado en cuanto a las cotas éticas que exige de su clase política y que, mientras no haya modificación estructural en cuanto a las relaciones de desigualdad económica que se agudizan en la nación, la crisis de hegemonía se manifestará en una honda decadencia de la convivencia social del país y en la decadencia de su sistema político, absolutamente corroído por la corrupción, el clientelismo y las mañas vernáculas de siempre.

A 16 de marzo del 2021, dos días después de las elecciones internas de los tres partidos políticos mayoritarios, el órgano electoral oficial no ha brindado resultados.

En el Partido Liberal dos candidatos se declaran ganadores y según ellos con acta en mano. Las denuncias de manipulación de actas inundan la web y el fantasma de elecciones “estilo Honduras” vuelve a rondar siniestramente a la opinión pública nacional dejando una estela de incertidumbre, zozobra y decepción total en una sociedad incapaz de salir del gigantesco abismo que evoca su nombre. ¿Es posible asumir con alguna esperanza el proceso electoral para los comicios generales en noviembre? Difícil. Parecemos una sociedad destinada a cometer de forma recurrente los mismos errores y a ser eternos espectadores de nuestra perpetua desgracia. 

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