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Clientelismo electoral

Por: Víctor Meza

 Muchos de los vaticinios sobre las elecciones internas y primarias celebradas el pasado domingo 14, casi todos ellos de carácter pesimista y cuestionador, han resultado acertados y, lamentablemente, convincentes. El desorden presagiado, el laberinto de procedimientos formulados a última hora y con la prisa de los desesperados, el déficit de la certidumbre normativa que debió proporcionar una nueva ley electoral, la manipulación estadística, la fallida logística y el cuestionable desempeño de los organismos estatales encargados de la gestión de los procesos electorales, todo ello en su conjunto ha producido un torneo electoral de dudosa calidad, que genera más dudas que certezas y que, desgraciadamente, nos deja a todos un amargo sabor de boca con el mal olor de las urnas manipuladas.

Las personas que, casi siempre en silencio y tras bambalinas, se oponían a la celebración de las elecciones, no alcanzaron su propósito pero, sin duda, lograron empañar el proceso y poner en entredicho la veracidad de sus resultados. La calidad del torneo comicial ha sido perjudicada y, por lo mismo, su legitimidad ha quedado seriamente debilitada. No son pocos los que tienen la impresión de que el país está retrocediendo en materia de construcción democrática y cultura electoral.

El manejo errático de la gestión del proceso electoral, los desencuentros personales con sabor a celos de farándula y vedetismo mediático, quedaron reflejados en los numerosos contratiempos, retrasos, incumplimientos y ausencia de recursos básicos que afectaron la normalidad del evento y descalificaron la credibilidad de sus productos. La distribución a medias de la nueva tarjeta de identidad, con incumplimiento de plazos y retardos inesperados,  dejó por fuera del padrón electoral a miles de electores, sobre todo aquellos que por primera vez se disponían a ejercer el voto. El entusiasmo de los votantes, su saludable disciplina y aceptable protección contra el contagio del virus, contrastan con la ineficiencia de los organismos electorales y, especialmente, con el caos generado en buena medida por las cúpulas partidarias que siguen siendo reacias a las prácticas y estilos de una cultura política democrática y moderna. Muchos de sus dirigentes siguen atrapados en la maraña de vicios y manías heredados de la vieja cultura bipartidista y tramposa del reciente pasado.

Una lección importante que podríamos sacar de lo acontecido el domingo anterior sería la siguiente: el tránsito desde el bipartidismo tradicional a un tripartidismo novedoso y, peor todavía, a un multipartidismo más nominal que real, es infinitamente más complicado y difícil de lo que podemos imaginar. Esa transición traumática que va desde la facilidad relativa en que se lograban o imponían los acuerdos fácticos entre dos partidos tradicionales y la nueva situación creada al incorporar a un tercero en discordia que también reclama su parte y demanda su sitio en la mesa a la hora de las decisiones, crea una situación de nuevo tipo que demanda flexibilidad negociadora, habilidad en el manejo de las coincidencias y los disensos, un nuevo modelo de relacionamiento político entre los partidos, la sociedad y el Estado.

Pero, por lo visto, los actuales actores del escenario político electoral no están preparados ni dispuestos a asumir un proceso semejante de adaptación cultural. Ellos son y se conciben como representantes de su respectivo partido, vale decir de la cúpula partidaria o del influyente operador político que los escogió para ocupar el alto cargo. No representan los intereses de la sociedad, carecen de visión de país y, por supuesto, no consideran la democracia como el objetivo político principal. Son los emisarios de la vieja cultura política que privilegia la relación con el caudillo, la obediencia a la cúpula, el sometimiento y la servidumbre ante los mezquinos y reducidos intereses de su facción política. Con semejantes operadores del sistema electoral será muy difícil, casi imposible, que Honduras pueda avanzar hacia la modernización, el verdadero pluralismo y la necesaria democracia.

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