Por: Fabián Echegaray/Latinoamérica21
A seis meses de haberse celebrado la COP30 en la ciudad de Belém, Brasil no parece tener mucho que celebrar en materia ambiental. La flexibilización de la legislación para la exploración mineral por parte del Congreso, los planes gubernamentales de explotación petrolera en el Amazonas, las denuncias por agotamiento de fuentes hídricas con objetivos puramente lucrativos contra empresas como Nestlé o de destrucción de áreas naturales y bajo protección por compañías nacionales emblemáticas como JBS alimentan el cinismo público.
Aún cuando hay noticias positivas como la gran caída en el nivel de deforestación registrada en 2025, la tala de árboles sigue ocurriendo, sobre todo en una de las regiones más vírgenes del país, por la expansión del agro negocio.
No sorprende, entonces, que los brasileños lleguen al Día Mundial del Medio Ambiente entre la aprensión y la fatiga. Esa sensación se expresa en las encuestas y condiciona la agenda pública, más aún en pleno año electoral y a las puertas de los comicios presidenciales. A pesar de no tener la urgencia atribuida al crimen e inseguridad, la corrupción y la desigualdad social, que aparecen como los principales problemas de la sociedad, la crisis climática en Brasil es considerada clave y preocupante. De hecho, según un reciente estudio de la consultora Market Analysis, una sólida mayoría de 82% reconoce al calentamiento global como una grave amenaza para la humanidad.
Los brasileños consideran que la crisis es inquietante y la asocian al aumento de los desastres naturales como las sequias, incendios, inundaciones y huracanes. Según los informes del CEMADEN y la plataforma PREVOTS de monitoreo, el año de 2025 batió otro record de desastres, además de haber sido uno de los más calientes desde los años 60 cuando empezaron las mediciones. Esos fenómenos son ahora tangibles para la población general e indicadores inequívocos de que la crisis climática es una realidad.
El constante empeoramiento climático hace mella en el habitual optimismo del brasileño típico. El fatalismo ambiental sobre la irreversibilidad de la crisis viene en aumento, creciendo del 20% en 2019 al 31% en 2026, el porcentaje que consideran que ya es tarde para anular el cambio climático. Ese creciente pesimismo climático (a pesar de aún ser minoritario) se entiende, no sólo por la evidencia de fenómenos extremos cada vez más frecuentes y con consecuencias más calamitosas, sino también por la creciente desconfianza en los agentes que deberían resolver el problema como el gobierno y las empresas a la cabeza.
El estudio de Market Analysis apunta a que la mayoría de los brasileños entiende que los responsables tienen nombre y apellido: primero el gobierno y luego las empresas. Los primeros por sus políticas erráticas y falta de regulación o punición efectiva ante violaciones o desastres ambientales. Los segundos debido a sus cuestionables modelos de producción, lucro y su marketing anclado en el ‘greenwashing’ o falsas alegaciones de virtudes verdes, lo cual alimenta el cinismo público.
Por ello, los brasileños confían cada vez menos en la capacidad de resolución de dichos agentes. Por ejemplo, tan sólo un 30% cree que los gobiernos (nacional y estaduales) están tomando las medidas necesarias para cuidar el medio ambiente. Ese escepticismo es más alto en Brasil que en los otros países latinoamericanos que participaron del estudio.
A diferencia de otros países de la región, los brasileños le atribuyen un especial rol resolutivo a los individuos, endosando fuertemente la creencia de que las conductas personales pueden contribuir a mejorar el medio ambiente. De hecho, 78% de los consultados abraza esa convicción, un porcentaje alto pero que ya fue mayor al final de la década pasada, revelando la fatiga comentada y el naciente pesimismo.
De todas maneras, esa fe en el empoderamiento individual no necesariamente se traduce en acciones efectivas o transformadoras. Por ejemplo, en Brasil son mucho menos quienes están dispuestos a pagar más por productos que cuiden el medio ambiente que en otros países de la región.
Como afirmaba el sociólogo Ulrich Beck, intentar resolver un problema sistémico desde lo individual o a partir de soluciones biográficas es una causa muerta antes de nacer. La posibilidad -y el sentido de justicia- de que un individuo consiga dar las respuestas adecuadas a problemas causados por décadas de descuido y pésima gestión de actores muchísimo más poderosos como los gobiernos y las empresas es nula (o casi eso). Ello no significa invalidar la capacidad y potencial de agencia que tiene el individuo. Nadie mejor que Greta Thunberg para ilustrarlo.
Sobran liderazgos individuales que siguen una lógica parecida en el caso brasileño, quizá como no se ha visto en ningún otro país de América Latina, con la ministra del Medio Ambiente, Marina Silva, a la cabeza, pero también numerosos otros activistas desde ONGs, thinktanks, medios de comunicación o -inclusive- el propio Congreso. Los nombres de Chico Mendes, Fernando Gabeira, Ailton Krenak, Sonia Guajajara y Carlos Nobre, entre tantos otros, así lo ejemplifican.
Ante la ansiedad climática de la población, Brasil encara un nuevo calendario de desafíos ambientales mientras la campaña electoral sigue ignorando estas cuestiones.
Fabián Echegaray es director de Market Analysis, consultora de opinión pública con sede en Brasil, y ex presidente de WAPOR Latinoamérica: www.waporlatinoamerica.org.




