El reto de Bukele

Sobre la Cumbre de líderes progresistas

Reflexiones

Por: Rodil Rivera Rodil

Los días 16 y 17 del corriente mes de abril se llevó a cabo en Barcelona, España, la que se denominó “Cumbre de líderes progresistas” de más de 40 países y que fuera presidida por los presidentes Pedro Sánchez, de España, e Ignacio Lula da Silva, de Brasil.

El evento perseguía dos objetivos esenciales: uno, consolidar la unidad del movimiento representado por las corrientes políticas de izquierda o centro izquierda que conforman el llamado “progresismo” de América Latina, y por los partidos, principalmente, socialistas y social demócratas, de Europa y del resto del mundo, y dos, organizar un frente común contra el auge global de la derecha, sobre todo, de la extrema derecha encabezada por el presidente Donald Trump, aprovechando sus brutales excesos, los mayores, probablemente, desde el fascismo y el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. Y la que, en palabras de un analista político, libra un asalto en toda regla contra la democracia. “El asalto -dice- se halla en pleno desarrollo, pero su furia, ruido y sus demoledoras consecuencias parecen estar abriendo una ventana de oportunidad para revertir la marea”. 

Los participantes coincidieron en que esa ventana se ha abierto, además, con los sucesos políticos más recientes: la derrota en su intento de reelección de Víctor Orbán, primer ministro de Hungría; la pérdida de la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, del referéndum sobre su reforma constitucional; el éxito del progresismo en importantes municipios de Francia, no visto desde el 2008, la magnitud de la indignación universal por las guerras de Gaza e Irán y el notable desgaste de Trump en los sondeos de opinión.

Dicho sea de paso, me atrevo a vaticinar que el presidente estadounidense saldrá del poder más pronto de lo que nos imaginamos y que, irremediablemente, terminará con sus huesos en la cárcel. La derecha de todo el mundo, entonces, sin excluir la nuestra, que lo venera y le celebra sus crímenes y estupideces, correrá a negar siquiera haber sabido quién era, justo como acontece en Alemania con Adolfo Hitler. Y creo que tampoco salvarán el pellejo los que en estos lares siguen sus dictados servilmente.        

Lo fundamental del acontecimiento fue la franca admisión de su responsabilidad en el avance de la derecha delirante, tanto porque cuando el progresismo ha estado en el poder no ha impulsado políticas que condujeran a una efectiva reducción de la pobreza, de la desigualdad y de la inseguridad, como porque no se opuso como debía al planteamiento neoliberal, y peor aún, porque muchos de sus gobiernos lo adoptaron en nombre de la gobernabilidad. Sin contar el sonado fiasco que sufrió en las dos ocasiones en las que gobernó en Latinoamérica a principios de la década de los noventa hasta la fecha.

Pero hay más, la izquierda progresista se ha dejado arrebatar por la derecha banderas tan sensibles como el manejo adecuado de la migración, que tome en cuenta los legítimos temores de los nacionales por sus empleos, cultura y seguridad, al igual que el poco inteligente alineamiento incondicional con los Estados Unidos en la guerra de Ucrania en lugar de mediar para evitarla, y hasta en asuntos aparentemente triviales como el debate nacional en Francia sobre el transporte urbano, en el que, de acuerdo con un diputado socialista francés, los electores se decantan por la ultraderecha, que favorece el uso del coche individual, en lugar del transporte público que respalda la izquierda, por el sencillo motivo de que la primera opción se halla más acorde con el espíritu y la idiosincrasia del ciudadano francés común y corriente.

A mi parecer, las resoluciones que se adoptaron en la reunión, como la promesa de aplicar impuestos a los super ricos, el rechazo frontal a las guerras de Gaza y Ucrania, la condena de cualquier invasión militar a Cuba y el respaldo a los mecanismos de cooperación internacional, se quedaron muy cortas. Pareciera que esta izquierda -quizás porque gusta de que la tilden de moderada-  no termina de entender que su fracaso radica en su inveterada pusilanimidad para emprender cambios de la profundidad necesaria, y que los que ha intentado poner en práctica, y sigue ofreciendo en sus programas, son totalmente insuficientes. 

O, lo que es igual, que la izquierda tiene que ser más de izquierda, para lo que debe reencontrarse con sus raíces, en especial, con las que atañen a su postura con respecto a la propiedad privada sobre los medios de producción -no para suprimirla, que no está para eso- sino, por el contrario, para apoyarla decididamente, pero también para regularla apropiadamente y que se ponga al servicio del desarrollo del país, y no al revés, como ocurre ahora mismo. Algo similar a lo que ha hecho la República Popular China en conjunto con sus empresarios y que le ha permitido incrementar la riqueza a la vez que reducir la pobreza, ambas cosas a escala extraordinaria.

En Honduras hemos tenido el primer gobierno de izquierda de su historia, el que, por una gestión, con mucho de torpe y algo de sectaria, perdió unas elecciones y menguó su caudal electoral.

Así es que cuando recobre el poder  -lo que sin duda hará en algún momento, aunque seguramente en alianza con otras fuerzas democráticas-,  y no únicamente por el desgaste de la derecha y la inexorable desaparición de Trump, sino por las leyes del devenir histórico, deberá enfocarse en propiciar transformaciones de más calado, como, solo  por vía de ejemplo, en promocionar una ley agraria moderna que proporcione tierra al campesino y pueda este sentar las bases de la soberanía alimentaria, que tanto necesitamos, y que, al mismo tiempo, incentive la agroindustria y proteja el medio ambiente; en ampliar y fortalecer las empresas de servicio público, la ENEE primordialmente; combatir la criminalidad con una voluntad semejante a la de Bukele, incrementar la lucha contra la corrupción, y desde luego, en continuar abogando por la justicia tributaria y, en general, por una mejor distribución de la riqueza nacional.    

Hacer cambios a medias equivale a no hacerlos y siempre ha significado un grave error, y en política, como se le atribuye haber dicho a Talleyrand, un error es peor que un crimen. Por lo que el progresismo puede estar seguro de que, si hace bien su trabajo, la población mejorará sus condiciones de vida, disminuirá la desigualdad y la delincuencia y, como consecuencia, podrá garantizarse más tiempo en el poder. Lo que para la derecha neoliberal que nos gobierna sería simplemente imposible porque nació solamente para ocuparse de la macroeconomía, o sea, de los indicadores de la alta economía y finanzas, y apenas de la microeconomía, esto es, de la que tiene que ver, cabalmente, con las carencias de las grandes mayorías. Y, cómo no, para hacer más ricos a los ricos.

  • Abogado y Notario, autor de varios ensayos sobre diversos temas de derecho, economía, política e historia; columnista por cuarenta años de varios diarios, entre ellos, EL Pueblo, El Cronista, Diario Tiempo y La Tribuna, y diputado por el Partido Liberal al Congreso Nacional de 1990-1994.

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