Reflexiones
Por: Rodil Rivera Rodil
La conducta usual de los hombres, tanto como de los gobiernos, en muy pocas ocasiones se ha guiado por aspiraciones u objetivos éticos o cívicos, como, para el caso, los que enarboló la Revolución Francesa en su Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789: “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, que la historia prueba que en los casi dos siglos y medio transcurridos han sido poco menos que papel mojado. Lo que los mueve, por regla general, son los intereses meramente materiales y, principalmente, los de carácter económico. De ahí que los eternos llamados de los filósofos, humanistas y, sobre todo, de los religiosos, para que las cosas cambien, como que los candidatos a los cargos públicos sean siempre los ciudadanos más honrados y capaces y, en resumen, que los malos se vuelvan buenos y los buenos mejores, nunca hayan tenido ningún resultado, al igual que se equivocan de medio a medio los que analizan y pronostican el devenir de los pueblos sin tomar en consideración esta implacable verdad.
Maquiavelo la calificó como la Real Politik, o sea, la “política real”, la que aprendió cuando se le envió a negociar con la condesa Catalina Sforza, del estado italiano de Forli, y recibió -cuenta un biógrafo suyo- una enseñanza esencial para su formación política: “Que tenía razón el viejo Cosme (Cosme I de Medici (1519-15749): “No es con “pater noster” como se gobierna bien un país”. Y en su famoso discurso de despedida como presidente de los Estados Unidos en enero de 1961, el general Dwight D. Eisenhower advirtió sobre la nefasta influencia que ejercía sobre la democracia y la economía el contubernio que se había formado entre la industria privada civil y la militar, al que llamó el “complejo militar industrial”.
Traigo a colación lo anterior por la visita del presidente Trump a China que tuvo lugar en mayo recién pasado, y, específicamente, por la inquietante interrogante que el presidente Xi Jinping planteó, aunque a nadie en especial, lo que equivale a todo el mundo: ¿Pueden China y Estados Unidos superar la Trampa de Tucídides y crear un nuevo paradigma de relación entre grandes países? La que inmediatamente provocó que decenas sino centenas de periodistas y comentaristas políticos de todas partes se apresuraran a brindar sus particulares interpretaciones de lo que quiso decir el mandatario chino.
El nombre de “Trampa de Tucídides” fue acuñado por el politólogo estadounidense Graham Allison en su obra del mismo título publicada en el 2017 y tiene que ver con el rechazo y la peligrosa confrontación que tiende a observar una potencia dominante con una emergente. El autor se inspiró en libro “Historia de la Guerra del Peloponeso”, del historiador griego Tucídides, en el que narra la cruenta guerra que libraron en los años del 431 al 404 a.C. Atenas y Esparta, las dos ciudades más poderosas de la Grecia de esa época, por el temor que infundió en la segunda el ascenso de la primera. Lo que se ha repetido en 16 ocasiones más, explica Allison, y únicamente en cuatro de ellas se resolvió pacíficamente, a saber, entre Portugal, potencia dominante, y España, emergente, a finales del siglo XV; entre el Reino Unido, dominante, y Estados Unidos, emergente, a principios del siglo XX; entre Estados Unidos, dominante, y la Unión Soviética, emergente, durante las décadas de 1940 a 1980, y entre el Reino Unido y Francia, dominantes, y Alemania, emergente, desde los años 90 a la actualidad.
Allison no ahonda en lo que podría suceder entre los Estados Unidos y China y más se detiene en lo qué deberían hacer sus dirigentes para evitar una conflagración nuclear. Afirma que estos deben identificar claramente los intereses vitales de sus naciones, esto es, por los que estarían dispuestos a ir a la guerra. Priorizar todo -dice- es no priorizar nada. Y se pregunta: ¿Es realmente un interés nacional vital de Estados Unidos mantener la supremacía en el Pacífico Occidental? ¿Deben los estadounidenses «soportar cualquier carga» para impedir que China se apodere de islas en el Mar de China Meridional, e incluso que reclame Taiwán? Su respuesta es que no, lo cual, agrega, “sin duda significa evitar una guerra atómica con China”. Y yo añadiría que también con Rusia, que ha hecho causa común con ella.
En lo que respecta a Estados Unidos, el autor hace hincapié en que su liderazgo carece de toda estrategia, “Hoy en día, en Washington -asevera-, el pensamiento estratégico se deja de lado o incluso se ridiculiza. El Presidente Clinton declaró en una ocasión que, en este mundo en constante cambio, la política exterior se había convertido en algo parecido al jazz: el arte de la improvisación”. Lo que acarrea la preocupante probabilidad de que en cualquier momento pueda incurrir en algún error fatal e irreversible.
En franco contraste, sostiene Allison, el presidente chino, Xi Jinping “irradia lo que el experto en China Andrew Nathan ha descrito como una «confianza napoleónica en sí mismo. Tomando prestadas las palabras del ex primer ministro australiano Kevin Rudd (que conoce a Xi desde la década de 1980, cuando ambos eran aún funcionarios subalternos del Gobierno), Xi posee un «arraigado sentido de la misión nacional, una clara visión política del país».
Y aparte de la inexorable voluntad de recuperar Taiwán, Allison le achaca China la “ambición de convertirse también en la número uno del mundo- que no sólo tiene que ver con el imperativo del crecimiento económico, sino también con una cosmovisión supremacista arraigada en la identidad china”. Es posible que haya algo de cierto en ello, tomando en cuenta que durante miles de años fue la mayor potencia del orbe y que solo dejó de serlo porque Inglaterra y otros imperios del siglo XIX la invadieron y sometieron brutalmente durante cien años, los que los chinos denominan “el siglo de la humillación”.
Pero esto último no significa, de ninguna manera, que los chinos se propongan usar la fuerza para recuperar ese estatus, por el contrario, proclaman para la humanidad un orden multipolar que la transforme en una “comunidad de destino compartido” para impulsar el desarrollo global. Y el mismo Allison hace énfasis en sus excelsas virtudes para la toma de decisiones, como la prudencia, paciencia y un excelente juicio. “Los chinos -reitera, citando a Henry Kissinger- no buscan la victoria a través de una batalla decisiva, sino a través de una serie de movimientos graduales encaminados a mejorar gradualmente su posición”… “Los estadistas chinos rara vez arriesgan el resultado de un conflicto yendo a por todas en una sola batalla; su estilo se adapta más bien a maniobras complejas que duraban varios años”.
Más aún, China nunca fue un verdadero imperio en el histórico significado del vocablo, solo lo fue porque la conducía un emperador, pero le faltó su característica esencial, cual fue el impenitente expansionismo del que hicieron gala prácticamente todos los que han existido, y justamente por ello jamás se preocupó por disponer de un ejército apropiado para tal fin. Y si hoy en día cuenta con uno muy poderoso solo es porque las potencias occidentales la obligan a ello.
De otro lado, Allison señala que “ni siquiera Xi Jinping y los mandarines del Partido predican ya la doctrina marxista-leninista”, lo cual evidencia su poco conocimiento del tema ideológico en la potencia asiática, por cuanto ha sido, precisamente, el presidente chino quien desde su llegada al poder ha promovido más el estudio de este insuperable método de comprensión de la evolución social y de la naturaleza, y que Allison seguramente no ha estudiado por el repudio, supongo, que contra este se ha inculcado en Occidente. Pero, además, mientras las grandes corporaciones que controlan los Estados Unidos atienden a sus propios intereses y muy poco o casi nada a los de la población y del país en general, en China las relaciones de confianza y de conjunción de propósitos, a las que alude el término chino “quanxi”, que se han desarrollado entre las empresa privadas, las públicas y el gobierno, se han tornado tan estrechas, a lo interno y en lo internacional, que se desenvuelven y actúan como una sola entidad en defensa de la nación. Algo simplemente impensable en Occidente, y menos en Norteamérica.
Al final, Allison arriba a una contundente conclusión: “la política estadounidense con respecto a China busca básicamente preservar el statu quo: la Pax Americana construida tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, ese statu quo no puede mantenerse si la balanza del poder económico se inclina tan drásticamente a favor de China”. Y termina inquiriendo: “¿serán las dos naciones lo bastante hábiles para proteger sus intereses nacionales sin sumergirse en la guerra? ¿Tendrán éxito? Ojalá lo supiéramos. Lo que sí sabemos es que Shakespeare tenía razón: nuestro destino «no está en las estrellas, sino en nosotros mismos».
Tegucigalpa, 8 de junio de 2026.




