La batalla por la justicia
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La montaña encantada y sus inocentes

Historia para hablar del Merendón, San Pedro y el Valle de Sula

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

La leyenda atribuye al padre M.A. Subirana una maldición, que ordenaba a la Montaña destruir a San Pedro Sula después de girar tres veces bajo tierra. Este ensayo cuenta otra historia: La de una ciudad que tardó un siglo en comprender lo que debía a la montaña, que ya nos anticipó el cobro.

Introducciones sucesivas

Desde hace medio siglo, hay controversias por proyectos residenciales, cambios de zonificación y permisos de construcción en áreas sensibles de la cordillera, la cota, y el núcleo de la Zona de Reserva del Merendón.

Y el debate actual no enfrenta simplemente a «ambientalistas» contra «desarrollistas». Cuatro posiciones distintas se traslapan y confunden en el último intercambio.

Los ambientalistas más radicales se oponen a cualquier flexibilización del régimen de normas protectoras. Rechazan la fiscalización del Estado ¿y también a la gestión municipal? Apelan a criterios técnicos, inamovibles con argumentos de principios muy consistentes, pero teóricos.

El ICF impulsó una redefinición de límites y una recategorización del Merendón como Parque Nacional, esgrimiendo la urgencia de actualizar el marco legal y de manejo. La propuesta técnica incluía áreas núcleo de protección, prohibición de minería, cambios de uso de suelo y nueva delimitación.

Una amplia oposición de sectores ciudadanos desconfía de que la propuesta de recategorizar como Parque Nacional proteja mejor la función hídrica del Merendón. Teme que al pasar la administración al ICF, se genere aún más incertidumbre sobre el manejo, y la ciudad quede indefensa.[1] Al fin, por hoy y por cautela, el ICF resolvió mantener la categoría Zona de Reserva.

La promoción de reformas para flexibilizar el desarrollo evita expresarse abiertamente. Pero diversos sectores económicos influyentes, que perciben una importante oportunidad de lucro, consideran necesario flexibilizar restricciones para responder a la demanda de urbanización. La Prensa hoy titula que los desarrolladores locales manejan una inversión de L 26,000 millones.

La discusión suele concentrarse en las figuras jurídicas y administrativas, cuando el problema central es técnico y cívico: ¿cuál es la capacidad de carga ecológica e hidrológica del Merendón ante el crecimiento acelerado del Valle? ¿Hasta qué punto depende este desarrollo de una infraestructura natural tan indispensable como frecuentemente incomprendida? ¿Quién debe vigilar y asegurar la norma de su conservación?

Porque, aunque mañana se gane una batalla legal, seguirían existiendo cuestiones fundamentales: ¿Cuánta urbanización adicional puede soportar la montaña? ¿Cuánta infiltración de agua se está perdiendo? ¿Qué papel juega el Merendón en la agudización o la mitigación de inundaciones y en la disponibilidad del agua en tiempo seco? ¿Cómo afectarán las lluvias extremas que vislumbramos y que no podemos prever al piso de la ciudad?

Si el Valle de Sula muestra señales de regresar a comportamientos más propios de un gran valle aluvial húmedo, y hay indicios de ello. Entonces, la conservación del Merendón deja de ser solo un dilema ambiental, académico o legal. Es un asunto de seguridad territorial, de economía política y una cuestión de vida o muerte.

Ese debate cincuentón viene de una historia más larga aún. Regresemos al inicio.

Del mito originario a la ciencia

En Sula, los pueblos prehispánicos actuaron con inteligencia y sentido común frente al agua y el bosque. Respetando el paso del agua, se establecieron sobre terrazas, elevaciones del terreno y plataformas artificiales que reducían su vulnerabilidad ante inundaciones estacionales. Sin necesidad de teoría hidrológica moderna, desarrollaron formas de adaptación compatibles con el comportamiento periódico del agua en la llanura, e inventaron un sistema agrícola adaptado a esa condición permanente.

Entendían que debían respetar, y es que la suprema diosa andrógina del Agua –que, a veces era la misma que la dueña o el dueño de La Montaña Florida, de cuyo vientre provienen todas las flores, las criaturas, las semillas y el viento que trae la lluvia– eran dos de las deidades más veneradas. Sula era un Tlalocan.[2]  Para los nativos también el Río era una deidad…. Pero su cauce en un sentido muy práctico era, asimismo, la avenida del comercio: el agua del río era la pista y el vehículo en que navegaba su canoa, y la corriente, era su motor.

El arte y la técnica de la navegación fluvial del toquegua se perdió poco después de la conquista. El respeto al paso del agua, se mantuvo hasta el s. XIX. 

No puedo demostrarlo, pero, acaso el problema no fue un olvido colectivo. La gran mayoría de quienes poblaron y cultivaron el Valle entre fines del siglo XIX y comienzos del XX eran recién llegados. Provenían de otras regiones del país o del extranjero. No necesariamente heredaban la experiencia acumulada durante siglos sobre las inundaciones periódicas, ni conocían los antiguos cauces y el comportamiento natural de la llanura aluvial. Y en medio de la fiebre del oro verde del guineo sembraron bananales en terrenos que eran periódicamente inundables.

Conforme avanzó el s. XX, las corporaciones bananeras cuyos técnicos debían saber mejor, confiaron en el milagro de su tecnología. En que la ingeniería podía corregir permanentemente las condiciones naturales del Valle, imponérsele. Los canales de drenaje, los bordos y las obras hidráulicas transformaron profundamente el paisaje y permitieron una expansión agrícola y urbana extraordinaria. Durante unos lustros pareció que el problema estaba resuelto. Y la expansión agrícola y urbana fue ocupando cada vez más zonas bajas de inundación.

Sin embargo, las grandes tormentas recordarían una y otra vez posteriormente que aquellas obras podían modificar el camino del agua, más no anular la naturaleza aluvial del territorio.

Hoy entendemos que las montañas lluviosas además de albergar un bosque rico en biodiversidad son parte de una infraestructura hídrica que permitió poblar y la prosperidad sostenida en el Valle.

Pero esa conciencia del problema surge más bien de una pregunta histórica   ¿Cómo evolucionó la visión del Valle, desde las primeras descripciones coloniales hasta la disputa actual, pasando por visiones, normativas sucesivas y la conciencia crítica catalizada por eventos catastróficos? Detrás del debate ¿hay una memoria, parcialmente consciente de las inundaciones y la destrucción?

El agua como condición de asentamiento, 1536 a 1880

…Para el español, la Sierra del Merendón aparece como fuente de agua, de caza y madera.

Al cruzar frente a Choloma durante la última etapa de la guerra de conquista, circa 1537, un expedicionario español procedente de Guatemala observó que el lugar era propicio para poblar y para comunicarse con el puerto porque disponía de un río de agua clara que NO Tiene cocodrilos.[3] (Una consideración logística y práctica; al español le aterraba ese peligro a la hora de cruzar los ríos, montado). Las relaciones registran los ríos (auríferos) y la calidad del agua como condiciones y razones para el fincar.

Al escoger el sitio para fundar San Pedro, se consigna que se establece ahí (la fundación original de bajereque y palma, era inmediata al cerro) porque los ríos que bajan de la sierra traen agua limpia. Acaso eterna fuente de agua que llega sola. Los ríos tenían arenilla de oro, que se explotó por unos años y la ruta más tarde era el paso indispensable de la plata al puerto.

Hasta que ya no. Aquí, importa recordarlo -la gente lo olvida o se rehúsa a entender- San Pedro NO evolucionó entre esa fundación[4] y el nuevo poblamiento, por obra y gracia del ferrocarril, en la década de los 1860. Al contrario, diría…

Casi desaparece después de despoblado el Valle, luego de la guerra, la rebelión de los esclavos en 1542, la falta de mano de obra para lavar oro y la supresión del puerto oficial a fines del siglo XVI. De modo que solo le quedaban diez vecinos en 1610, casi un siglo después de la ceremonia protocolizada de fundación.[5] Desapareció del registro documental después de atacada por piratas en 1660 y el sitio era aún una agrupación de estancias treinta años después. Aunque luego de restaurado el puerto, SPS recuperó población y alcanzó hasta unas 500, almas, no crecieron las estancias dispersas ni se concentró población. Antes que se iniciara la construcción del ferrocarril, San Pedro fue una aldea encantada, otro Macondo. del ferrocarril tres siglos después y la asignación de su primer ejido

Fincaba cada quien, salvando la distancia del cauce, ante la predecible crecida de cada invierno, y recogía el agua que precisaba directamente del río. A nadie se le ocurría que pudiera agotarse, o devenir el acceso un problema. Las casas seguían siendo mayoritariamente de bajareque. Para acercarse al agua sin estorbar su paso, los comerciantes y plantadores llegados, hasta los 1880s, construían acequias hacia sus residencias de madera sobre polines, madera abundante y comunal, en la Sierra casi intacta. Eso estaba por transformarse.

Primera construcción de un abasto urbano, 1880 a 1954

La preocupación por el abasto de agua surge cuando la aldea se urbaniza, circa 1880. Cuando como consecuencia de la primera traza (en damero, de la ciudad futura sobre su ejido) centrada en la plaza actual, más cerca de la línea del tren, se generó una primera planificación.[6] Ya las locomotoras de vapor, que llegaban regularmente a fines de los 1870.s necesitaban un volumen de agua que no se podía proveer desde una acequia, y hubo que llevar por lo alto un tubo saliendo del Río Santa Ana, a la línea.

La demanda del vecindario apremia y, en 1883, y obliga a un grupo de vecinos a construir el primer acueducto, que se conecta con la tubería para abastecer las locomotoras. Pero hacia 1902 este acueducto se tuvo que modernizar, con otro, que se culminó con aportes particulares en 1909.

La Sierra era Nacional. En la era de las revoluciones, los revoltosos de 1919, por ejemplo, se posicionaron en la montaña para tomar la plaza, y la ciudad temblaba por su agua.

La primera propuesta de conservación del Merendón es la del alcalde A. Bográn Morejón, quien lidera la compra municipal hacia 1920, del frente de La Sierra, para proteger el bosque y el agua, más bien contra la contaminación. Por ende, el sitio que la ciudad compra se titula La Protección. Es una idea sencilla pero fuerte.

Había que proteger la montaña, para garantizar el abasto futuro y la calidad del agua. Es una intuición conservacionista. Una primera conciencia moderna de un peligro «si destruimos la montaña, podríamos perder el agua».

La compra era un punto de inflexión y una nueva forma de apropiación. Por lo pronto, el Merendón no era ya del gobierno, ni de particulares, era de la ciudad. Todos a respetar.

En 1921 con casi 20 mil habitantes,[7] San Pedro ya era la urbe más poblada del país después de la capital, y se le reconocía calidad de ciudad.[8] Urgía represar el cauce de Santa Ana para el acueducto, aunque el agua aún parecía inagotable. La escasez no era el problema.

Pero paralelamente, la ciudad necesitaba agua también para generar electricidad. La municipalidad posee el recurso en el Merendón. Pero en medio de la prolongada crisis política y guerra civil de 1924 a 1925, carecía de los recursos para desarrollar el proyecto, y en 1926 concedió a la Honduras Public Utilities Co. (consorcio estadounidense), el derecho de explotar el sistema de abasto. Junto con los terrenos en Santa Ana para las instalaciones, privatizaba un bien municipal a un privado.[9]

Más bien parecía un peligro la demasía de agua. Como quedó pronto a la vista cuando, en 1932, una tormenta fuerte provocó un rebalse de los ríos y una inundación de El Valle, que afectó duramente la economía del banano, pese a los nuevos canales. Esa pareciera haber sido la primera tormenta catastrófica de la era bananera. Destruyó extensas fincas de banano, que ya venían padeciendo de enfermedades fungosas, inducidas por el monocultivo masivo que estudia J. Solurri en su monografía clásica. Las plagas infectaron en las plantaciones anegadas.  

Se sabe de otro huracán, llamado en Honduras Jeremy o Jaimie, que provocó otra vez importantes inundaciones poco después, en 1935.  Y que causó tremendos daños sobre los cuales reportó R. Fasquelle Orellana según me da noticia D. Euraque, explicando que además propagaron el mal de la Sigatoka.  Al tiempo que la United Fruit limitaba sus contratos por la crisis del mercado y el nuevo costo de producción incidía en la rentabilidad. Varios finqueros quebraron. Era una señal muy clara.

Aun así, no se reportaron daños extensos en la construccion, ni muertes que lamentar, según la prensa sampedrana. Tampoco he visto evidencia de que los contemporáneos relacionaran explícitamente la gravedad de esa inundación con la deforestación ocasionada por la expansión agrícola y la explotación maderera, exacerbada para construir una ciudad de madera, ¡con cuatro veces la población de 1880![10]

Cuando luego del incendio de 1935, la corporación prohibió que se construyera más con madera, protegió el bosque inmediato en aras de protegerse también contra el fuego.

No es fácil reconstruir ¿cuál fue la reacción ciudadana ante la concesión del agua, el incendio -que no se pudo detener por falta de agua para los bomberos improvisados- y la prohibición de construir más con madera? Pero la Sierra no solo estaba ahí, refrescaba y florecía en el verano con cañafístulas y carao, sucesivamente, san juanes y macuelizos. Era un lugar favorito de recreo popular en los 1950s.

Lo cierto es que muchos sampedranos de las décadas de los 1950s y 1960s ya no veían el Merendón únicamente como fuente de agua. Tampoco como área en peligro. Además de manantial, La Sierra era espacio recreativo; paisaje identitario; símbolo de la ciudad. Formaba parte de la experiencia emotiva de ser ciudadano, como La Tigra para Tegus.

Ese componente emocional no aparece en los informes técnicos oficiales; pero importa. La Sierra ya era nuestra montaña. De todos; quizá por eso aún nos moviliza todavía a casi todos, al menos los que estábamos o venimos de ahí.

En La Escuela Pablo Menzel, el maestro David Lagos organizaba, sin cobro –y nos apuntábamos entusiastas ricos y pobres[11]— excusiones para un fin de semana. Bañándonos en las pozas, rodeadas de su magia de musgo verde. Después los burguesitos exploradores subíamos a La Cumbre y aguatábamos tormentas que nos arrebataban las tiendas de campaña mal afianzadas. De modo que nos tenía que dar refugio un campesino -en su casa de bajareque, techo de palma y suelo de tierra, seco- con lo cual asistíamos a otro tiempo histórico ya olvidado y otro trato social, más solidario.

Falta investigar exactamente cuándo, a mediados de los 50s, ¿se volvió a municipalizar el servicio de agua y de electricidad?[12]

Pero tampoco está claro si ¿hubo una evolución del tema de la protección de la Sierra a raíz de la experiencia del 1932 o incluso luego de la Llena del 1954?

La Llena, 1954, un año decisivo

Tampoco hubo muertos, en la ciudad ni en su área inmediata cuando en septiembre de 1954 pasó saludando frente al Litoral, el Huracán Gilda.

La Llena del 54 que recuerda la memoria popular no fue una crecida ordinaria de los ríos. Las fuentes contemporáneas estadounidenses estiman que unas 680 millas cuadradas quedaron inundadas, con destrucción generalizada de las plantaciones, viviendas, puentes y caminos. Más de tres mil personas aproximadamente quedaron sin hogar, y por primera vez se reportaron decenas de fallecidos.

«La Llena» fue la llegada simultánea de enormes volúmenes de agua desde todas las montañas que rodean el valle: Desde la cordillera de Sierra del Merendón al oeste, las montañas de Santa Bárbara, la cuenca alta del Ulúa, y las cuencas tributarias del Chamelecón. El resultado fue el desbordamiento de ambos sistemas fluviales y una inundación prologada.

Para la historia económica del valle, el impacto fue enorme. La industria bananera ya enfrentaba problemas por enfermedades de los cultivos, desde los 30s y cambios en los mercados. La destrucción en 1954 de extensas áreas productivas e instalaciones aceleró el proceso el de abandono­, transformación de fincas. Después del desastre y la Huelga, la UFCO redujo drásticamente su fuerza laboral… se va y se fue.

Desde una perspectiva hidrológica, la Llena de 1954 además ocurrió cuando el valle aún conservaba mucho más bosque, humedales, lagunas y áreas naturales de inundación que hoy. O sea que la gravedad del evento no puede explicarse simplemente por la deforestación y mal uso del suelo. A ojos del nuevo colono, las lluvias pudieron parecer extraordinarias, pero los nativos sabían que había llovido así por siglos.

La catástrofe demostraba a quien quisiera ver que la inundación no es una anomalía reciente ni un producto exclusivo del cambio climático. Es parte del funcionamiento natural del valle. Geológicamente hablando, el Valle de Sula, sigue siendo, una gran llanura aluvial dominada por sus grandes ríos. Así lo describen todos los visitantes de los cuatro siglos anteriores. La inundación se vuelve catastrófica en 1954 porque han puesto ahí gente y cosas que no toman en cuenta la avenida de agua.

Pregunto ¿antes del siglo XX el intervalo entre tormentas era más largo, y a partir del 32 se establece un ciclo corto, veinteañero? Si observamos la secuencia: veintidós años después fue la Llena del 1954, veinte años más tarde la del Fifí, 1974, veinticuatro años después la del Mitch 1998 y luego de veintidós años, Eta y Iota en 2020, y con cada ciclo el daño es mayor,

En todo caso, en vez de preguntarse por qué se inundó el valle, un historiador del tema tiene que preguntar. ¿Cómo pudo perderse —o dejar de transmitirse— la memoria de que el valle era inundable? ¿Por qué se siguió poblando y construyendo como si NO fuera evidente el límite? Y luego ¿nadie parece reaccionar?

Sin duda, junto con las enfermedades de los cultivos, los cambios del mercado internacional, la Huelga de 1954, los daños ocasionados por la Llena contribuyeron a acelerar la transformación del viejo modelo bananero del Valle de Sula. Es otra hipótesis….

Ayuda a explicar la salida de la UFCO anunciada por Zemurray y la necesidad de reinventar el Valle. Pero no hay un despertar. Una intención de respetar las lagunas, pantanos, cauces secundarios y brazos viejos de los ríos ¿Eran pocos los muertos? O es que ¿el cambio de conducta es así, lento, naturalmente?

A lo largo de los 1970s, incluso se desarrolló, en tierras que debieron protegerse, la primera residencial exclusiva: Bella Vista, reivindicando privilegio. Construir ahí era caro y ¿seguro? ¡No había una normativa para el uso del suelo! Ni conciencia de que era peligroso y hacía peligrar.

No se hablaba aún de, ni se habían acuñado entonces los conceptos: infraestructura natural, diversidad biológica, estructura hidrológica protectora, servicio ecosistémico, calentamiento.

Del Fifí a los bordos y a los planes de manejo, 1974 a 1981. La primera reacción.

Fifí fue el más mortífero evento climatológico de Honduras en el siglo XX. Aun hoy es difícil calcular exactamente, pero las pérdidas humanas fueron enormes. Varias evaluaciones contemporáneas hablaron de diez mil muertos, mayormente en la Costa Norte y en la vecindad.

En la conciencia del Valle, Fifí ocupó un lugar especial. Golpeó de manera brutal a la ciudad, la llanura norte y el valle aluvial. La tragedia de Choloma, Armenta, Omoa y el Valle de Sula. La destrucción de Choloma fue tan severa que esa ciudad contigua recibió el título de «Ciudad Mártir», sin que nadie se atreviera a precisar ¿mártir de quién? ¿O de cuál inconciencia?

Mi hermana R. sobrevivió al Fifí, embarazada y de la mano de su niña, titiritando en el techo de su vivienda en Jardines, de donde los rescató la lancha de los bomberos profesionales. Era una con suerte de cientos de miles de afectados.

El número de víctimas no significaba que comprendieran este problema enteramente, y en términos modernos, pero obligó a una reacción.

Aunque no terminaran de entender lo que había ocurrido, la tragedia resonó en la sensibilidad general de la población. Y despertó una comprensión más integral. Ya se ve y oye -poco después- la génesis de conciencia ecológica…. El Fifí de 1974 hizo germinar el primer movimiento ambientalista local, que nace en consonancia con el consenso global, a fines de los setentas. Teníamos la evidencia enfrente, de tormentas cada vez más fuertes. Los gobernantes tampoco entendían cabalmente lo sucedido, quizás aún no creen los Informes de ¡las trece consultorías que hay archivadas sobre acuíferos! Prevenir era demasiado ambicioso.

Pero localmente, la tragedia prestigió a la alcaldía de R. Larios S., que respondió a esa conciencia nueva, en forma congruente, con seriedad y sentido de responsabilidad. Planificó, consiguió el dinero y empezó a construir bordos urgentes. También intuyó que había que proteger al Merendón y apoyó la movilización incipiente.

Mientras que eventualmente el Fifí ayudó -indirectamente a detonar un cambio de gobierno. El fin de Oswaldo, que no pudo con el huracán.

Las grandes catástrofes funcionan también como pruebas duras para las instituciones y para la capacidad de respuesta de los gobiernos y los liderazgos. Revelan fortalezas y ponen en evidencia debilidades que en tiempos normales pueden permanecer ocultas.

La conciencia ecológica moderna 1981 a 1998

La conciencia ecológica clara de la importancia del Merendón para la ciudad y su entorno nace en los albores de los 80s. Aquí la intuición se convierte en preocupación, en civismo y política pública inspirada en ciencia y conciencia.

Se comisionan los primeros estudios algunos también mejores. (Después se recurrió a actualizaciones, y unos muy parciales.)

Como excepción, está el estudio integral de Basin Planning for the Sula Valley de Alan Schultz, Harza Engineering, 1981. Una planificación integral de Cuenca para el Valle.

Por lo pronto, se propone entonces proteger la Cota y al Acuífero de Sunceri, porque era el que quedaba, el de Chotepe ya estaba completamente construido. Aunque después la protección queda en la Zona de recarga, ¡como si se pudiera proteger ahí sin la zona crítica de infiltración!

A mi juicio el mejor estudio local, el primero sobre el Acuífero de Sunceri, sea el de la empresa holandesa Ecomac realmente especializada, curiosamente ¿no ha sido digitalizado?[13]

El Decreto 46-90 protegiendo a la montaña del Merendón no fue casual y no surge de la nada.

Su promulgación fue la culminación de varias décadas de creciente preocupación sobre: deforestación; expansión urbana; abastecimiento de agua; protección de cuencas, erosión y estabilidad del suelo. Ese es el precedente inmediato de la primera protección municipal técnica de las zonas designadas. 

La conciencia cívica se refleja también en una movilización ambiental y el establecimiento de nuevos actores como la Fundación Héctor Rodrigo Pastor Fasquelle, preocupada por conservar la Reserva de Cusuco Merendón y por educar a los sampedranos en la materia. Apoyada por amigos políticos (Larios y Guillen), industriales y comerciantes (como CAHSA y N. Larach), técnicos y científicos como los doctores F. Fernández y E. Buchner. Y visitantes de grandes universidades europeas.

Junto a otros actores de la sociedad civil, la Fundación HRPF formaba parte de esa generación que ayudó a instalar la idea de que el Merendón y los acuíferos eran vulnerables.

El Mitch en 1998

¿Faltaba algo más? ¿Otro campanazo? ¿Para detonar la acción eficaz? ¿Faltaba otra tragedia? El Mitch reabre viejas heridas del Fifí, y enseña además que el  problema no es solo San Pedro o su vecindario, o la Costa catracha ¡sino el istmo!

Empezamos a entender  que, al igual que las otras montañas de Centroamérica, Merendón y Mico Quemado regulaban la hidrología del valle.

Aunque desde luego, el comportamiento hidrológico total depende también de las demás montañas que lo rodean Santa Bárbara, Nombre de Dios, las grandes cuencas altas del Ulúa y del Chamelecón. Para San Pedro Sula y su entorno inmediato el Merendón era el decisivo como, protege también a buena parte del Valle.

Ningún bosque puede impedir por sí una inundación regional extraordinaria como las asociadas a Mitch, Eta o Iota. Sin embargo, sí puede reducir la velocidad de escorrentía, la erosión, los deslizamientos y la magnitud de numerosos impactos locales, además de inducir la infiltración y la recarga de acuíferos.

Estábamos entendidos ya de ese mecanismo. La vegetación, la capa orgánica del suelo y la inmensa red inteligente de raíces de la montaña lluviosa actúan como una gigantesca esponja natural. Durante los episodios de lluvia intensa, el bosque intercepta parte de la precipitación, reduce la velocidad con que el agua alcanza el suelo y se desliza, facilitando su infiltración.

Si está sano el bosque desde La Cumbre al pie de monte, una parte importante de la precipitación queda temporalmente almacenada en cuevas, en la vegetación y en los suelos de la ladera, en que forma una escorrentía. Al llegar al pie arenoso del cerro se infiltra, alimenta acuíferos y emerge posterior y gradualmente a través de manantiales limpios, quebradas y corrientes permanentes.

Por ello, el bosque no solo produce agua: también protege, regula el tiempo y la velocidad con que el agua llega a la ciudad.

La diferencia es crucial. Sin bosque, una lluvia torrencial genera corrientes rápidas, mares de lodillo, que descienden instantánea y violentamente como diluvio mortífero provocando erosión, deslaves e inundaciones repentinas abajo. Con bosque, una parte considerable de esa misma lluvia, se transforma en flujo diferido y reserva, engendra vida.

La madurez en la comprensión de un sistema ecológico con su mecanismo natural se concreta en preocupación por la deforestación y por la urbanización contigua que contamina, convierte al agua en enemiga y daña las fuentes.

Así, los ciudadanos fueron comprendiendo su dependencia de la montaña que domina su horizonte. Lo van descubriendo por capas, a través de experiencias, crisis, observaciones, estudios y conflictos. En una historia de aprendizaje colectivo y diferido.

Para 2001, otra vez el DIMA creado veinte años atrás para aguar a la ciudad no funciona y no protege la montaña. Se firma el contrato con Aguas de San Pedro sin encargarle el cerro.[14]

Evolución del debate actual hasta Eta y Iota 2001 a 2020

La historia de la relación entre la ciudad y la montaña cambia nuestro enfoque de lo que ha ocurrido en los últimos treinta años. El protagonista no es solamente el Merendón. La ciudad que crece y la sierra que la sostiene y la protege son dos entidades inseparables y activos.

Conforme cambia la ciudad, también cambia la manera en que entiende la montaña. Y eso introduce una diferencia fundamental entre la conciencia ambiental de fines de los setentas y ochentas y la actual.

Hoy sabemos que además el Merendón cumple otras funciones que durante mucho tiempo fueron poco visibles. Permítanme enumerarlas.

Estabilizar las laderas

Las raíces no solamente absorben agua. También sujetan millones de toneladas de suelo sobre pendientes pronunciadas, y las detienen. Cuando desaparece la cobertura forestal y aumenta la erosión; se producen deslizamientos; se incrementa la carga de sedimentos en los ríos; se azolvan y se reduce la capacidad de drenaje.

Los materiales que bajan de la sierra terminan en los viejos cauces que atraviesan la ciudad y el valle, represándolos, y amenazando con romper las estructuras que encuentra a su paso.

Proteger el Valle en forma indirecta

Cada metro cúbico de agua retenido temporalmente en la montaña es un metro cúbico menos que llega simultáneamente a los cauces de los ríos del valle llenos durante una tormenta extrema. Los hidrólogos llaman a esto laminación o amortiguamiento de crecidas. Y es el mismo metro cúbico de agua que podrá infiltrarse al manto, para el abasto futuro.

Amortiguar el clima externo y modularlo como microclima local

Los antiguos pudieron observar que las nubes se estrellaban con y se precipitaban en el Merendón y pintaban al Señor de la Montaña, dentro de una cueva de la que salen los vientos que sopla y las nubes. Hoy sabemos que las grandes masas forestales modifican la formación de nubes, la temperatura, la humedad y circulación del aire.

No es que el Merendón «cree» la lluvia o baje la temperatura, captura la humedad que traen los vientos Alicios del Caribe, influyendo en el microclima, y modulando sus extremos.

Envuelta en bosque, la Sierra se comporta de manera distinta a una montaña urbanizada que, en vez de absorber calor calcina al incauto.

Proteger acuíferos

La población puede ver los ríos que corren sobre la superficie.  (En San Pedro aún no nos escandaliza que los cauces de los dos ríos sobrevivientes estén azolvados de basura; en los países desarrollados, los han limpiado). Pero además gran parte de la riqueza hídrica del sistema está bajo tierra.

El manto de Sunceri es un ejemplo magnífico. Y los acuíferos no son pozos. Son ríos que nacen en el interior de la montaña, manantiales subterráneos que engruesan con la escorrentía que se infiltra, y se desplazan bajo el suelo. La recarga de esos acuíferos puede tardar años o décadas; y está expuesta a contaminación.

Por eso los daños pueden parecer misteriosos y pasar desapercibidos durante un tiempo. Pero si se vuelca una cisterna de cianuro en el Segundo Anillo sobre la Zona de Sunceri, como la que hace unas semanas se accidentó en La Ceibita, nos quedamos sin la mitad del agua de la ciudad, quien sabe hasta cuándo.

La Sierra como infraestructura natural

Durante décadas pensamos en la infraestructura como: represas; carreteras; puentes; canales…. Hoy muchos especialistas consideran que ciertos ecosistemas son la mejor infraestructura.

El Merendón presta servicios cuya sustitución artificial sería extraordinariamente costosa. Si pierde capacidad de recarga, habrá que buscar nuevas fuentes de abastecimiento. Si la montaña deja de infiltrar agua, habría que construir obras enormes, para traerla de los ríos contaminados al

Sur, y limpiarla. Si deja de regular crecidas, habría que ampliar drenajes y canales. Se han planteado muchas veces esas obras, sin concretarse porque requieren inversión masiva; y construidas, solo serían un mitigante.

Eta e Iota nos recordaron que la conservación de la montaña, la planificación territorial y la gestión del riesgo no son tareas sustituibles o abstractas. Son responsabilidad permanente del ciudadano y de sus instituciones. Ya no somos inocentes, hemos vivido, ahora sabemos más.

Del debate lúcido a la acción, 2021 a 2026

La discusión que vivimos hoy sobre cambio climático, expansión inmobiliaria, inundaciones del Valle de Sula y sostenibilidad de largo plazo no está resuelta; pero la solución depende de que nosotros actuemos a tiempo.

Durante largo tiempo los sampedranos entendieron que el Merendón principalmente les daba agua. Los primeros conservacionistas defendían el  bosque y las fuentes. Las sociedades sin embargo rara vez comprenden de una sola vez el territorio que habitan o la relación simbiótica que tienen con él. Van descubriéndolas por capas, a través de crisis, observaciones, estudios y conflictos.

Hoy entendemos todo lo que nos da. Defendemos el sistema completo: paisaje más bosque más suelo más agua superficial más agua subterránea más biodiversidad más clima local más seguridad urbana más memoria histórica, y todos son tesoros. No estaba presente aun en la atención de la mayoría ni siquiera hace 7 años.

Esa ampliación del conocimiento permite contar esta historia como el proceso mediante el cual la ciudad fue descubriendo gradualmente su dependencia de la montaña. Un autodescubrimiento. Que nos une entre grupos y clases, nos conecta con el suelo, afianza identidad local, explica la sociología del problema, enseña ciencia y cívica.

A su vez, esta comprensión adquiere una importancia enorme cuando se observa el crecimiento urbano al pie de la montaña, que forma parte de un sistema de bloques fallados. Especialmente porque como agravante, esa zona más inmediata a la dinámica tectónica, es la de mayor riesgo para derrumbes, deslizamientos y movimientos de ladera.

Obliga a preguntarnos ¿qué ocurre con el comportamiento hidráulico de toda la cuenca cuando se sustituyen bosques y áreas de infiltración por calles encementadas, techos metálicos y urbanización?

Mientras los humedales y planicies saturadas de agua, con suelos porosos -en la zona que va de Los Cármenes a La Lima- son los que tienen mayor riesgo de una licuefacción con consecuencias potencialmente trágicas sobre cualquier poblamiento. Como las urbanizaciones irregulares que denunció, cuando fungió como director del Instituto Agrario, Aníbal Delgado F., en los bajos, en las cañeras que había, en la zona de la Satélite y que poco después se inundaron.

Como historiador debo agregar que el Merendón es también un archivo. Sus bosques, suelos, terrazas, senderos antiguos y cuencas conservan, para el que sabe leer, información sobre milenios de interacción humana. Cuando se altera radicalmente una montaña, además de modificar el ecosistema, se borran del registro natural, las evidencias históricas, arqueológicas y paisajísticas que pueden prevenirnos. Podría surgir aquí una rica historia ambiental de largo aliento.

Conclusión, a riesgo de redundar

La historia ambiental del Valle muestra cómo hace medio siglo, una parte de la sociedad sampedrana comenzó a pensar la montaña como algo que debía conservarse para generaciones futuras. Pero el crecimiento urbano de San Pedro Sula ha ido acercándose simultáneamente a las zonas que más deberían conservarse.

Urbanizaciones, carreteras, cortes de ladera y desarrollos intensivos se han instalado al pie de la montaña, jaloneando infraestructura donde los procesos naturales de drenaje son más delicados.

Y se ha relegado a la población de menos recursos a que pueble el bajo, más útil para la agricultura y más peligroso para residir. Sin que la institucionalidad lograse prevalecer.

Con este enfoque holístico hemos construido una periodización más sólida porque reconoce cómo fue evolucionando el conocimiento de los ciudadanos sobre la montaña.

Durante siglos la gran montaña había hecho silenciosamente su trabajo: producir agua, moderar crecidas, sostener bosques, alimentar ríos y acuíferos y modular el clima. Hoy cuando llueve un poco, luce como una amenaza, a la vez que se secan los acuíferos. Lo extraordinario no es que la montaña cambie. Lo sorprendente es que la ciudad tardó un siglo en comprender lo que dependía de la Sierra y debía hacer por ella.

Tal vez la historia del Valle de Sula sea también la historia de esa tensión permanente entre la memoria de la naturaleza y nuestra confianza para corregir. En el alba de la modernidad, cada generación creyó haber encontrado una solución definitiva; pero las grandes inundaciones recordaron -una y otra vez- que el valle sigue siendo, una gran llanura aluvial.

La pregunta fundamental es ¿aprenderemos a tiempo esas lecciones que la historia del Valle ha repetido una y otra vez, exigiendo que le devolvamos la protección que nos brinda?

Ninguna represa de control, canal de concreto o sistema de drenaje urbano puede sustituir completamente el trabajo hidrológico que realiza una cuenca forestada. Por eso muchas ciudades modernas consideran los bosques de montaña vecinos como parte de su infraestructura estratégica. No prohíben todo, pero regulan rigurosamente en ese entendido.

El riesgo climático aumenta la importancia del bosque. Si el Valle de Sula está entrando en una etapa de lluvias más extremas, como hay que prever, la función amortiguadora del Merendón adquiere más valor. Habrá que prevenir más.

El Merendón no es simplemente un paisaje vecino. Es la misma geografía que hizo posible la riqueza del Valle y explica a la vez su vulnerabilidad. Los suelos fértiles, la abundancia de agua, la facilidad de transporte y la concentración histórica de la población que nos enriquecen derivan de procesos naturales que continúan, pero también generan un riesgo letal.

Si la ciudad depende de la montaña para lo esencial, una parte significativa de la seguridad futura de San Pedro y su alrededor depende de su conservación. Y urge la conciencia comprometida con su protección, abanderada por un movimiento cívico capaz de prevalecer.

Que consiste, en primer lugar, en recordar. Para conservar, proteger, convivir con. Puesto que olvidar el funcionamiento de la montaña fue siempre el primer paso hacia el desastre.


[1] Una antigua preferencia local por mecanismos de gestión más cercanos a la ciudadanía, se basa en la idea de que las autoridades municipales son más accesibles y fiscalizables que las estructuras nacionales.

[2] El Tlalocan era el paraíso del Dios del Agua, Según uno de los complejos míticos más antiguos de Mesoamérica, La montaña florida sagrada (los mayas dicen witz, y la idea permea antiguas tradiciones campesinas hondureñas) contiene el agua, las semillas, las riquezas, los antepasados y las fuerzas de la fertilidad. Sus cuevas y manantiales son puertas de acceso a ese mundo interior gobernado por los dioses de la lluvia y de la tierra. De allí proceden la vida, y allí regresan los muertos. El iniciado era el que tenía un anticipo.

[3] El subrayado es mío… para el español, el río era un peligro, en vez de la forma preferencial de transporte, la selva es un infiernillo. Quizá el poblamiento era tan antiguo que los nativos ya se habían comido a los cocodrilos vecinos.

[4] Completamente teórica, un rito celtíbero, una ficción jurídica, sin más sustancia que la de ser oficial y útil a la hora de reclamar servicios ante un rey muy lejano.

[5] Hablo del acta de fundación que don Pedro presentó en la Corte como mérito de servicio para obtener una nueva capitulación propia, títulos reales y privilegios.

[6] Acción visionaria y consistente con nuestra propuesta de que ése es el momento de la verdadera fundación de una ciudad que, para esa fecha, rebasaba los 5500 habitantes. Los historiadores que hemos abordado con seriedad la investigación de nuestra historia coincidimos en eso, aunque sigue habiendo una polémica con el mito.

[7] Las cifras son escasas inciertas e inconsistentes, pero parece claro que a mediado de la tercera década San Pedro superó la población de sus rivales más cercanos, La Ceiba, Santa Rosa…

[8] Cuando el gobierno central acepta ceder Tegucigalpa para capital federal en la coyuntura en que se proclama La Unión ese año, habría de ser San Pedro accidentalmente capital del país por unos días.

[9] Es más bien difícil reconstruir cuál fue la reacción ciudadana ante aquella concesión, en beneficio de una empresa extranjera para proveer  servicios que se comenzaban a considerar estratégicos para el futuro de la ciudad.

[10] Antes que se organizara la exportación comercial de madera a través del tren ferrocarril y la red carretera, Desde el siglo XVIII se exportaba cedro y caoba del Valle que los nativos cortaban en las inmediaciones de los ríos y se flotaban las trozas marcadas a la barra donde se las cargaba a buques estadounidenses e ingleses que ahí las esperaban. Hay una polémica por una de las primeras concesiones en tiempos ya nacionales por la cual se le concedió al General Morazán el derecho de esa explotación. De hecho, ese rubro era tan importante fuente de ingresos para los nativos que les prohibieron expresamente a los migrantes de 1860s que explotaran ese rubro, o intentaron prohibírselos.

[11] Hace tiempo que eso ya no podría ocurrir aquí, desde que se fracturó la sociedad urbana poco después y habiamosperdido la capacidad para comunicarnos unos con otros

[12]En 1957, mucho antes que surgiera por un lado ENEE luego del cierre Honduras Public Utilities la municipalidad -pero no exactamente cuándo- debió organizar el Departamento de Aguas, que más tarde se reorganiza en el DIMA, institución que también fracasó.

[13] Llama la atención que un estudio de tal importancia y calidad no sea hoy fácilmente accesible para investigadores, estudiantes y ciudadanos interesados en comprender la evolución del conocimiento hidrogeológico del Merendón.

[14] otro consorcio extranjero, propiedad de Aguas de Roma empresa cooperativa y social…que aquí no es

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