Se ha vuelto un lugar común repetir: que la verdad es la primera víctima de la guerra. Pero conviene añadir algo más incómodo: no es que desaparezca, es que se fragmenta. Cada bando selecciona lo que le conviene, exalta su propia versión, oculta la razón ajena y construye un relato que termina siendo más útil que cierto.
En ese terreno se mueve la actual guerra en Medio Oriente. Donald Trump, optó por la vía militar amasó una flota de guerra en el Golfo Pérsico mientras entendimiento con Irán. aún negociaba un entendimiento con Irán.
No es una contradicción nueva: es la forma contemporánea de negociar. Se exige lo mismo en la mesa que en el campo de batalla después, con la diferencia de que en este último las “condiciones” se escriben con fuego.
Se dijo que Irán representaba una amenaza inminente. Se afirmó que el golpe sería rápido. Se dijo que el liderazgo sería neutralizado y que la población respondería. Nada de eso ha ocurrido de manera simple ni limpia. Lo que sí ha ocurrido es lo de siempre: destrucción material, multitudinarias víctimas civiles inocentes y una dinámica que tiende a reforzar al poder que se pretendía debilitar.
El propio Trump afirmó la muerte del líder supremo civil y religioso iraní, Ali Khamenei. Los militares estadounidenses afirman que están investigando el ataque a una escuela de niñas en que se ha dicho que murieron cientos de niñas.
Más allá de las versiones contradictorias que suelen acompañar toda guerra, lo relevante no es sólo el hecho en sí, sino la función política de ese tipo de afirmaciones: instalar la idea de victoria antes de que exista. La guerra moderna también se libra en el terreno de la percepción, y ahí la prisa por declarar triunfos es casi tan importante como los resultados reales.
Mientras tanto, los bombardeos continúan. No tiene sentido recurrir a eufemismos técnicos para describirlos: afectan ciudades, población civil e infraestructura. Las denuncias sobre víctimas forman parte del cuadro, igual que la narrativa sobre las amenazas. Y aunque cada parte disputa cifras y responsabilidades, el patrón es conocido y se repite: la guerra no distingue con la precisión que prometen sus perpetradores y legitimadores.
La promesa de una operación breve ya se ha diluido. Se dijo que duraría a lo mas 4 semanas y estamos por concluir el segundo mes. No porque falte poder militar, sino porque sobran realidad política, instinto y recursos. Irán no se ha rendido, no ha abandonado sus objetivos estratégicos defensivos y, como ha ocurrido tantas veces en la historia, la presión externa ha tendido a cohesionar más que a fracturar internamente. Mientras a nivel internacional, el panorama es igualmente revelador. Sus cartas estratégicas le han garantizado la lealtad de sus aliados y la neutralidad de sus clientes.
Hoy amenaza con destrucción masiva. Las alianzas no son tan sólidas como se proclama, ni las diferencias tan irrelevantes como se pretende. Europa oscila, entre tres bloques de simpatizantes del ataque, neutrales y adversarios. Asia dl Este calcula, y se agazapa a la espera….América Latina observa con escepticismo. Nadie quiere quedar fuera del tablero, pero muy pocos están dispuestos a pagar el costo completo de jugar la partida. Incluso países periféricos entran en la órbita del conflicto.
En Honduras, el gobierno de Nasry Asfura ha expresado su disposición a alinearse con Estados Unidos. Y aun a enviar tropas a disposición de su padrino. No es un gesto aislado, sino parte de una lógica más amplia: las guerras de las grandes potencias terminan siendo también las guerras de sus aliados, voluntarios o no. Y sin embargo, el discurso oficial insiste: todo está bajo control, los objetivos están cerca, la paz es inminente. Es un lenguaje conocido. Se ha usado antes, en otras guerras, con resultados previsibles. La distancia entre lo que se anuncia y lo que ocurre no es un accidente; es una constante.
El Sr. Trump antes decir que había terminado ocho guerras, hoy dice que trece, numero de mal agüero. Asegura que intermedió y está concluyendo, la guerra que el inicio y que no se acaba aun. Y se queja de la injusticia de que no se le premie por esa hazaña. Luego de haberlo incitado a la agresión, Bibi Netanyahu ha ejecutado ataques sorpresa de terror y bombardeos masivos, primero en Irán y últimamente en Líbano. Torpedeando los esfuerzos de negociación. De nada le sirve su propio arsenal nuclear. Y hoy se ve obligado a prohibir la emigración de sus ciudadanos.
No falta quien quiera subrayar la ilegalidad de los ataques estadounidenses e israelí contra la soberanía Iraní, mientras viola la soberanía de sus propios vecinos, con el mismo pretexto, d seguridad preventiva. La pregunta no es si esta guerra tiene una narrativa. Todas la tienen.
La pregunta es cuál de ellas sobrevivirá al paso del tiempo. Porque al final, cuando el ruido se disipa, lo que queda no son las declaraciones, sino las consecuencias.
Y esas, por ahora, apuntan en una dirección bastante clara: la guerra no ha resuelto lo que prometía resolver. Pero ya ha empezado a producir todo aquello que históricamente garantiza destrucción, desastres, catástrofe brutal, locura colectiva, sufrimiento, hambre.
Más conflicto, más incertidumbre, y una verdad —incómoda pero persistente— que vuelve a imponerse: las guerras modernas nunca terminan como empiezan, ni cumplen lo que prometen, pero siempre dejan exactamente lo que anuncian que quieren evitar. Abril 25, San Pedro Sula





