Reflexiones sobre la pandemia (26)

Por:  Rodil Rivera Rodil

La derrota del presidente Trump en las pasadas elecciones de los Estados Unidos no debe entusiasmar demasiado al Partido Demócrata. El triunfo de Biden fue extremadamente apretado en los estados decisivos. No se dio la gran avalancha de votos a su favor que vaticinaban las encuestas. Por el contrario, sí la hubo para Trump. Obtuvo siete millones más votos que en el 2016 y subió del 46 al 48 por ciento del total. Cómo es posible, se preguntarán muchos, que tantos norteamericanos hayan votado por una persona que actúa con un total desprecio por los valores y principios más sagrados de la historia, la cultura y las tradiciones de su nación.

La explicación no se halla simplemente en que lo apoyaron los supremacistas blancos, los que se autoproclaman “conservadores”, la gente del campo o los cristianos fundamentalistas. El móvil esencial sigue siendo la economía, la que, contra todos los pronósticos, permitió a Bill Clinton vencer a George Bush padre, el que hizo ganar su primera presidencia al mismo Trump y la que lo acaba de hacer perder.

En los comicios de 1992, a George Bush se le consideraba imbatible por el “prestigio” que supuestamente le acarreó la Guerra del Golfo Pérsico y el fin de la Guerra Fría. Su popularidad era la mayor de la historia, el 90 por ciento de aceptación. ¿Cómo lo enfrentaría Clinton? Fue sencillo, pero genial. El principal asesor de la campaña, James Carville, recomendó desechar las usuales e interminables promesas electorales y concentrarse en los principales problemas y necesidades del ciudadano común: “cambio versus más de lo mismo, el sistema de salud”, y lo más importante, la economía, estúpido”.

Antes de la pandemia, la percepción generalizada era que Trump tenía casi asegurada la reelección. ¿Por qué? Precisamente, porque la economía iba muy bien, sobre todo, por la elevada tasa de empleo, y desde luego, por su política migratoria, mejor dicho, antimigratoria, y más precisamente, por las repercusiones económicas de esta. Ya que, paradójicamente, le granjeó el apoyo de los mismos migrantes, sin importar su color ni su procedencia. Por la contundente razón de que para estos, por encima de todo, está su trabajo.

El emigrante no quiere que nadie, por ningún motivo, ni siquiera por solidaridad con sus propios compatriotas, lo ponga en el riesgo de perder el sustento de su familia. Como dijera Sancho Panza: “Tripas llevan pies, que no pies a tripas”. Las leyes y medidas contra la inmigración que pregona Trump, por tanto, no sólo son gratas a los supremacistas blancos por motivos raciales, también lo son para los blancos a secas, los no blancos y para los extranjeros que tienen empleo y no lo quieren perder. En especial para los latinos. Su apoyo a Trump en estas elecciones subió del 28 al 32 por ciento. Y no es porque este les simpatice. Para nada. Probablemente lo odien. Sino porque lo tienen como un garante de su sobrevivencia.

Articulo relacionado Reflexiones sobre la pandemia (25)

Pero vino la pandemia. Y Trump cometió el peor error de su vida. Se engañó él mismo. No pensó que su habitual y temeraria desfachatez  -esa con que alardeaba de que podía dispararle a un hombre o abusar de una mujer en plena calle sin perder un ápice de su popularidad-  esta vez le iba a jugar una mala pasada. Jamás le pasó por la cabeza que al burlarse del coronavirus y desatender la salud pública le estaba echando gasolina a una pequeña fogata que en pocos días se volvería una inmensa hoguera que dejaría más de doscientos mil muertos y millones de contagiados, y lo más grave para él, reduciría a cenizas su principal bandera política. El fanático paladín de la economía nacional lanzó a la calle a más de 20 millones de norteamericanos. Clinton bien podría aclararle: ¡fue la economía, estúpido!

Y aún así. ¡Trump casi gana otra vez! ¿Por qué? Porque no son pocos los que consideran a Joe Biden “demasiado centrista” y un poco vacilante. Al revés de Trump. Que transmite la imagen de un líder, tramposo sí, pero más que seguro de sí mismo. Tanto que muchos todavía confiaban en que a pesar de su pésimo manejo de la pandemia siempre conseguiría sacar la economía adelante. De ahí el gran volumen de votos que logró, que ha dejado intacta la tremenda polarización en que se halla sumido el pueblo norteamericano y cuyas causas continúan incólumes. 

Cuánto pesaría, entonces, el factor anti Trump en el resultado. Y cuánto Kamala Harris, quien proyecta más decisión y firmeza de carácter y a la que se juzga más progresista. Ello a la luz de la gran pregunta. ¿Qué clase de conductor necesitan los Estados Unidos en las cruciales circunstancias, nacionales e internacionales, en que se halla el país? Aunque, quién sabe, a lo mejor Biden saca a relucir una faceta suya que nadie conocía, de repente ni él mismo, como ha acontecido alguna que otra vez en la historia de los acontecimientos humanos.  

Pero si los demócratas se dejan llevar por la euforia de la victoria, sin sopesar correctamente las lecciones que esta les está dejando, que, repito, bien vista fue casi pírrica, corren el mismo peligro que Trump de perder la próxima contienda electoral. Aunque se dice que Biden se ha comprometido a no aspirar a un segundo mandato y ceder la oportunidad, posiblemente a Kamala Harris.

Como sea. Los demócratas deben emprender con rapidez y energía la tarea de revertir el desastre que deja Trump, comenzando por replantear la lucha contra el coronavirus, aumentar el número de magistrados de la Corte Suprema de Justicia para restablecer el balance democrático, atacar frontalmente el alarmante crecimiento de la desigualdad, cambiar la confrontación con todo el mundo por la colaboración internacional, volver a la protección del medio ambiente, en fin, rectificar todas las barbaridades que cometió este troglodita que, como alguien dijo, “ha dibujado una imagen irreconocible de Estados Unidos”.

Y no menos importante. No solo para nosotros, mucho más para ellos. Tienen que saber que con muros y leyes migratorias no van a parar la migración de Centroamérica. Que esta solo se podrá controlar ayudando a promover el desarrollo y la eficiencia en nuestros países. Y nunca apoyando gobiernos corruptos e incapaces. Por desgracia, el historial de Biden no ha sido bueno para América Latina. Y los hondureños, como siempre, estamos conscientes de que no podemos esperar nada de ningún gobierno norteamericano. Solo, tal vez, que no impidan que hagamos lo mismo que ellos y echemos de la presidencia a nuestro Trump. Como lo hicieron en el 2017 avalando el descomunal fraude que don Juan Orlando montó para entronizarse en el poder.

Y mientras esto ocurre en los Estados Unidos. Qué significado histórico tendrá que justo cuando estos se precipitan a esta suerte de segunda guerra civil, que podrá ser definitiva para redefinir su destino, la otra guerra que Trump desató contra China haya pasado a un nivel superior. En efecto, cuando las redes del revolucionario sistema 5G, que se halla en el centro de la disputa, aún no han sido totalmente desplegadas en el planeta, China pone una distancia sideral con su rival al lanzar al espacio el primer satélite de tecnología 6G del mundo. ¡Cien veces más rápida que la 5G!

Tegucigalpa, 9 de noviembre del 2020.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.