Reflexiones sobre la pandemia (25)

 

 Por: Rodil Rivera Rodil

El retorno del partido MAS de Evo Morales al poder en Bolivia transcurridos solo once meses desde su caída deja un cúmulo de lecciones de gran provecho para los partidos de izquierda de América Latina. Algunos piensan que también para la derecha. Tal vez esto sea cierto para la derecha tradicional, la moderada, de la que queda muy poca, pero no para la extrema derecha, esa que resurgió con el advenimiento del neoliberalismo en la década de los ochenta del siglo pasado y que gobierna en un regular número de países, incluyendo el nuestro.

La extrema derecha jamás aprende de la experiencia, las derrotas no la hacen reflexionar, se limita, como los semovientes, a rumiarlas, solo confía en la fuerza, en la trampa o en que un golpe de suerte les depare el triunfo. Es probable que Hitler no se hubiera hecho con los destinos de Alemania, al menos no tan pronto como en 1933, apenas diez años desde su fallido golpe de Estado que casi hizo desaparecer el partido nazi, si no hubiera sido por el enorme impacto que tuvo en el país la crisis económica mundial que estalló en los Estados Unidos en 1929. 

El conocido escritor y periodista estadounidense, George Packer, sostiene que si el Partido Republicano pierde las próximas elecciones no cambiará nada, porque  -dice-   “Trump no es un accidente, hay algo malo en nosotros y cuando él se vaya esa cosa seguirá allí. Cuando un partido va tan lejos en la dirección de la corrupción y de cierto nihilismo moral, no puede cambiar de la noche a la mañana. Es un proceso largo, pero no veo que vayan siquiera a intentarlo hasta que sean derrotados, y derrotados de nuevo, y luego quizá una tercera vez”.  De acuerdo con Packer, pues, los que abrazan esta ideología delirante serían malos “per se”, o sea, por sí mismos. Y ese, entonces, sería el caso de los dirigentes políticos de Honduras, de todos los partidos, a quienes el presidente Hernández arrastró a la extrema derecha.

La contundente victoria del MAS puede explicarse por diversas razones. Por la pésima gestión de la presidenta interina, su peor manejo de la pandemia y por su desmesurado afán de quedarse en el poder; por el miedo al ultraderechista Luis Fernando Camacho; por la feliz escogencia de la fórmula presidencial, y por varias más. Pero, fundamentalmente, se debe a los extraordinarios logros del régimen de Evo Morales. Baste decir que no alcanzaría este espacio para mencionarlos todos.

Algunos de los más importantes son: el mantenimiento de una tasa promedio de crecimiento del 5% anual, la más elevada de América Latina. Una importante reducción de la desigualdad, por la que un millón de bolivianos, el 10% de la población, salieron de la pobreza. La tasa de desempleo, del 3,2%, pasó a ser la más baja del continente. La pobreza extrema cayó del 36,7% al 16,8%. Con el programa cubano “Yo, sí puedo” el analfabetismo descendió del 13.3% al 3.7% y la UNESCO la declaró “libre de analfabetismo”. La disminución de la deuda pública, que ascendía al 80% del PIB, al 33%. Se estableció el “Sistema Único de Salud” para proporcionar salud universal y gratuita a todos los bolivianos. El nivel de vida se duplicó y miles de emigrados comenzaron a regresar al país.

Y todo esto gracias a que Evo Morales, inmediatamente que llegó a la presidencia desechó el “modelo neoliberal” y lo sustituyó por el que denominó “Modelo Económico Social Comunitario Productivo”. A partir de mayo del 2006, emprendió la nacionalización de los sectores estratégicos de la economía, los hidrocarburos, la minería y la electricidad. El Estado empezó a percibir el 82% de estos ingresos y las petroleras un 18%. Cabe destacar que las empresas afectadas declararon que aún en las nuevas condiciones la explotación seguía siendo rentable.

Evo Morales incurrió en muchos desaciertos. El mayor, quizás, haya sido ignorar el mensaje del pueblo boliviano con ocasión del plebiscito del 2016 en el que se rechazó su reelección. Evo no se percató de que el desacato a la voluntad popular afectaba, más que a él mismo, al partido que lo llevó al poder. Y ningún dirigente de ninguna agrupación política progresista puede estar por encima de ella. Y menos sobre sus principios y valores.

Ahora se sabe a ciencia cierta que Evo Morales no cometió fraude en las elecciones del 2019. Este solo existió en los planes de Luis Almagro para cumplir las órdenes del secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, y de la extrema derecha latinoamericana. Pero demostró el temple de que está hecho. Su renuncia probó con creces su talento político. De haber permitido o alentado el enfrentamiento de sus seguidores con las fuerzas armadas hubiera hecho casi imposible al MAS recobrar el poder.

De igual manera, lo evidenció la habilidad con que dirigió desde el exilio las negociaciones que garantizaron al MAS conservar el control de la cámara de diputados. Y más todavía, no pudo estar más acertado al seleccionar como candidato a presidente a Luis Arce, su ex ministro de economía y considerado el artífice de los éxitos de su gobierno, ello a pesar de la fuerte oposición que encontró dentro del partido.

Saber escoger un sucesor, cuando en verdad existe tal opción, es de los retos más difíciles para un líder. Solo el genio de Julio César pudo haberle iluminado para preferir a su “demasiado” joven (17 años) y casi enclenque sobrino nieto Octavio, mientras todo el mundo estaba seguro que se decantaría por Marco Antonio, prototipo del soldado romano y su lugarteniente más fiel. Pero este mismo se encargó de acreditar la clarividencia de César cuando frente al promontorio de Accio abandonó la batalla de su vida tras la estela de Cleopatra.

Y otra trascendental lectura que deja la victoria del MAS es la necesidad de vincular los partidos de izquierda con los movimientos sociales. Al solo comenzar su lucha política, en 1997, Evo Morales decidió fusionar la confederación sindical que lideraba con el partido MAS. Y ahora este y su nuevo conductor se encaminan a su máxima prueba. Superar los estragos que dejó el aciago golpe, enfrentar la pandemia con sabiduría y reemprender el camino hacia la prosperidad.  

Tegucigalpa, 28 de octubre de 2020.

Nota

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