Por qué esta pandemia es diferente

 

Por: Shlomo Ben-Ami

TEL AVIV – Mucho antes de que personas y bienes atravesaran el globo sin escalas, las pandemias ya eran un aspecto inevitable de la civilización. Y las tragedias que provocan suelen tener un lado positivo: vistos como acontecimientos misteriosos, metahistóricos, los brotes contagiosos masivos a menudo han sacudido viejas creencias y costumbres, preanunciando grandes cambios en la marcha de los asuntos humanos. Pero es posible que la COVID‑19 no encaje en este patrón.

En muchos sentidos, la pandemia actual tiene grandes parecidos con las que la precedieron. En primer lugar, sean predecibles o no, los brotes contagiosos siempre encontraron a las autoridades con la guardia baja, y muchas veces, estas no dieron una respuesta rápida y decisiva.

Esta tendencia la retrató Albert Camus en su novela La peste, y el gobierno de China la encarnó cuando, al principio, suprimió toda información referida al nuevo coronavirus. El presidente estadounidense Donald Trump hizo lo mismo cuando minimizó la amenaza; hasta el mes pasado, todavía equiparaba la COVID‑19 a una gripe estacional, como aquel funcionario de la novela de Camus para quien la peste no era sino un tipo especial de «fiebre con complicaciones».

Muchas veces, la imprevisión de los gobernantes dejó a la gente sin otra defensa real contra los brotes contagiosos que el distanciamiento social. Como señala Daniel Defoe en Diario del año de la peste, su libro acerca del brote de peste bubónica que se desató en Londres en 1665, el gobierno municipal prohibió eventos y reuniones, cerró escuelas e impuso cuarentenas.

Casi dos milenios antes de la Gran Peste de Londres, cerca del fin de la Guerra del Peloponeso se produjo una epidemia que mató al menos a la tercera parte de los atenienses. El historiador griego Tucídides observó que los que visitaban a los enfermos, «perecían», por lo que muchos «morían abandonados» y las costumbres funerarias quedaron «trastornadas»; por la elevada mortandad, «cada uno enterraba como podía».

Durante la crisis de la COVID‑19, cuarentenas y otros protocolos de distanciamiento social también han impedido a la gente visitar a sus seres queridos moribundos y han trastocado las tradiciones funerarias. Se dice que en China a las familias les recomiendan enterrar a sus muertos con rapidez y discreción. Imágenes satelitales muestran que en Irán se están cavando fosas comunes. Las autoridades de Nueva York también han incrementado los entierros colectivos, previstos para quienes no tienen parientes cercanos o familias que puedan pagar un funeral. En algunos cementerios de Londres se acabaron las tumbas.

Otro parecido entre la pandemia actual y las anteriores es la tendencia a adoptar paliativos experimentales. Cuando hace un siglo se desató la pandemia de «gripe española», los científicos la atribuyeron a infecciones bacteriales y diseñaron los tratamientos sobre la base de ese supuesto. Ahora sabemos que la causa de la gripe es un virus, de modo que ninguna vacuna antibacterial podría servir de protección.

Por supuesto, los investigadores que trabajan con la COVID‑19 tienen una comprensión mucho más avanzada de la enfermedad. Pero mientras esperamos que se desarrolle una cura o vacuna específica, se están probando, con resultados mixtos, antivirales ya existentes (como los usados habitualmente para la malaria). Uno de esos fármacos, la cloroquina, despertó inquietud cuando pacientes que la recibieron mostraron signos de complicaciones cardíacas.

Y después están los remedios falsos que aparecen invariablemente («infalibles píldoras preventivas», las llama Defoe). Los charlatanes modernos (con la ayuda de las redes sociales) han pronunciado afirmaciones igualmente falsas y peligrosas, llegando a sugerir que cualquier cosa, desde aspirar cocaína a beber lejía, puede proteger contra la COVID‑19. Trump mismo promovió la hidroxicloroquina como posible cura definitiva (pese a no estar suficientemente probada). Eso llevó a una pareja a intentar automedicarse: el hombre murió, y su esposa sobrevivió a duras penas.

En cuanto a la disrupción económica causada por la COVID‑19, también hay abundantes precedentes. La peste de Antonino del segundo siglo de nuestra era causó una de las crisis económicas más graves de la historia del Imperio Romano. La peste de Justiniano (que brotó por primera vez en 541‑542 y regresó intermitentemente durante dos siglos) le hizo lo mismo al Imperio Bizantino.

Las epidemias no sólo hacen estragos en las economías, sino que también ponen de manifiesto las desigualdades sociales y profundizan la desconfianza en el statu quo. Aunque la enfermedad no haga diferencias entre ricos y pobres, las condiciones de vida siempre aumentan la vulnerabilidad de pobres y marginados. Maquiavelo, que fue testigo (y tal vez víctima) de la peste de 1527 en Florencia, la consideró resultado directo del mal gobierno. Las críticas contra China, Trump, el primer ministro británico Boris Johnson y otras figuras van en ese mismo sentido.

Otros ven las epidemias a través del lente de las teorías conspirativas. Marco Aurelio echó la culpa de la peste de Antonino a los cristianos. En la Europa cristiana, la peste negra del siglo XIV se atribuyó a los judíos.

Algunos de los culpables imaginarios de la COVID‑19 incluyen las radiaciones de la tecnología 5G, el ejército estadounidense, el ejército chino y (por supuesto) los judíos. Los medios iraníes bajo control estatal han advertido a la gente contra el uso de cualquier vacuna desarrollada por científicos israelíes. Publicaciones turcas y palestinas definieron la COVID‑19 como un arma biológica israelí. Supremacistas blancos en Austria, Suiza y Estados Unidos acusaron al financista y filántropo judío George Soros de estar tratando de reducir la población mundial y ganar dinero con una vacuna.

Pese a estas semejanzas, es probable que la pandemia de COVID‑19 se destaque por una diferencia crucial: difícilmente modificará el orden establecido. Las pestes de Antonino y Justiniano facilitaron la difusión del cristianismo en Europa. La peste negra alentó una visión menos religiosa y más humanística del mundo, cambio que llevó al Renacimiento. La gripe española provocó levantamientos, huelgas masivas y protestas antiimperialistas; en la India, donde murieron millones, dio impulso al movimiento independentista.

Pero en el caso de la pandemia actual, lo más probable es que refuerce tres tendencias preexistentes y sumamente destructivas: la desglobalización, el unilateralismo y el capitalismo autoritario de vigilancia. Al desatarse la crisis, los llamados a reducir la dependencia de las cadenas de valor globales (que ya estaban en alza desde antes) comenzaron a intensificarse casi de inmediato. Los intentos de la Unión Europea de idear una estrategia común volvieron a exponer las viejas divisiones del bloque. Ahora Trump decidió suspender la financiación estadounidense a la Organización Mundial de la Salud. Y so pretexto de proteger la vida, autoridades de diversos países (no sólo China y Rusia) pisotean libertades e invaden la privacidad de las personas.

Dos guerras mundiales han mostrado que un orden global organizado en torno del nacionalismo egocéntrico es incompatible con la paz y la seguridad. La pandemia puso de manifiesto la necesidad urgente de hallar un nuevo equilibrio entre el Estado‑nación y las instituciones supranacionales. De lo contrario, la devastación causada por la COVID‑19 sólo aumentará.

*Shlomo Ben-Ami, ex ministro israelí de Asuntos Exteriores, es vicepresidente del Centro Internacional de Toledo para la Paz y autor del libro Cicatrices de guerra, heridas de paz: la tragedia árabe-israelí.

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