No debería ser sorprendente

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Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

Una lengua de hielo… para el Cardenal y el Padre Amaro

No debería sorprenderse nadie, también hay inmensas diferencias entre musulmanes civilizados, que buscan la convivencia pacífica y de otro lado, los fanáticos fundamentalistas, que siendo hijos de mujeres, les niegan derechos universales y las asesinan sin proceso, mientras practican la homosexualidad a escondidas, como el talibán. Hay enormes contrastes entre judíos sionistas, que inventan conspiraciones como pretexto e incitan a la violencia contra los refugiados palestinos en el vecindario, y los judíos ilustres defensores universales de los derechos humanos, que desde siempre denunciaron el racismo y enarbolaron el  diálogo, la paz y reconciliación, confrontando intransigencias intolerantes.

Es lógico igual  que haya cristianos y católicos que exhortan -como los grandes teólogos- a optar por proteger a las víctimas y defender los derechos, dignatarios como el Obispo de Barcelona, exigiendo hoy más diálogo y reconciliación entre contrarios, como también pide el Papa Francisco, que lleva años apelando a la necesidad de convivir pacíficamente, alrededor del globo y que la semana anterior defendía el derecho de los homosexuales a una ley que los proteja. Y por otro lado, que se exhiban de repente los  hipócritas y fariseos, que piden votos de castigo, inventando calumnias para denostar a fieles de otras convicciones. 

El Arzobispo de Tegucigalpa, O. Rodríguez Maradiaga, el mismo que se ha confesado nacionalista, quien callara las violaciones a los derechos civiles en los años 80s, y defendiera abiertamente el golpe de estado de 2009. El mismo que se ha llamado a silencio ante la represión del régimen actual, el que otra vez ha causado centenares de muertes y desapariciones, y la fuga de centenares de miles de hondureños, quien no ha dicho una palabra en amparo a los derechos de los presos políticos, ni nunca estuvo dispuesto a dar los nombres propios de la impunidad. Hoy,  domingo 19 de septiembre, a dos meses de las elecciones ¡ha exhortado en su homilía a sus inermes feligreses, a votar, según alega, contra quienes proponen los antivalores y la muerte de los inocentes! Haciéndose eco de la vil compaña que pretende que LIBRE, el Partido del pueblo, ha publicado un plan en que se  promueve el aborto y el matrimonio homosexual. ¿Esta es la obra de Dios, Satanás? El Señor Arzobispo sabe leer y el Plan que estuvo a su disposición no propone nada por el estilo. Sino que, para proteger justamente las vidas a miles de víctimas del machismo violento, de la represión sexual, de la persecución inmoral y del aborto clandestino, propone resguardar -con las tres causales universalmente aceptadas alrededor del planeta- el derecho de las mujeres a interrumpir el embarazo, cuando pone en riesgo la vida o es el fruto de una violación sexual traumática.

Sin embargo, al Arzobispo, vergüenza de su Iglesia, no le interesan esas sutilezas. Lo que le importa es poner, en el imaginario colectivo, una visión satánica del proyecto, sin importarle que quede en evidencia su devoción partidaria pasional. La defensa de los derechos de las mujeres y de todos nuestros hermanos es un imperativo categórico. Y no tiene el Obispo de Tegucigalpa derecho de juzgar al prójimo, sino el deber de amarlo, como tampoco facultad litúrgica para hacer propaganda partidaria tramposa desde un púlpito.

El ciudadano Oscar Andrés Rodríguez tiene derechos iguales a los tuyos y los míos, paisano. Puede -llegado el momento- incluso usar la campana para congregar a la gente si es valiente en la escalinata de su templo, puede como otro elector cualquiera expresar, como tú o yo –públicamente- sus preferencias políticas y exhortar al voto que le simpatice. Lo que le prohíbe la Constitución, es participar -mientras oficia- como candidato, o hacer de oficio propaganda electoral. A lo que no tiene derecho, según la religión, que es la mía también, porque igual que Xiomara soy católico, es a falsear, y  usar la casulla sobre su alba y su estola ungida, o la ocasión de un ritual de todos y el púlpito del espíritu santo, para vulgarizar sus prejuicios hipócritas entre inocentes. Y puesto que la infracción es litúrgica y trascendente, en ese ámbito corresponde la sanción. Una lengua pesada de hielo es un castigo santo, que también le podrá levantar el diablo, para que no propague engaños por un lapso.

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