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Por: Rodil Rivera Rodil

Como suele ocurrir entre los viejos amigos, en un par de ocasiones intentamos con Víctor precisar la fecha y circunstancias en que nos habíamos conocido en la década de los sesenta del siglo pasado. Aunque nuestra adolescencia transcurrió en San Pedro Sula, de donde él era oriundo, tomando en cuenta la diferencia de edad -yo le llevaba cinco años- concluimos en que, muy posiblemente, fue en San Salvador, en donde coincidimos emigrados a raíz del golpe de Estado contra el presidente Ramón Villeda Morales en 1963.

Tuvimos, eso sí, la casi certeza de que nuestro primer encuentro debió haber sucedido en una de aquellas emotivas reuniones de exiliados, las más de las veces bajo el nostálgico ambiente de la bohemia, en donde se mezclaban sin orden alguno la discusión política y la ideológica, la efusión literaria y la añoranza por la patria, y no pocas veces, la improvisada conspiración.

Quizás sea por ello mismo, pero los lazos de camaradería que se forjan en tiempos como esos, tan llenos de tensión y de riesgo, son más perdurables que cualquiera otros. Siempre, desde luego, que se conserven los mismos ideales. Así fue como, no obstante que la vida nos condujo por distintos senderos, como invariablemente acontecía a los que escogían este azaroso destino, la amistad que habíamos iniciado se reanudó, justo como si nos acabáramos de despedir, cuando, pasada una docena de años, nos vimos de nuevo en Tegucigalpa, ahora en inolvidables tertulias con el común y gran amigo que para ambos fue Mario Sosa Navarro. 

Con Víctor, Jorge Arturo Reina y varios otros, formamos parte de la izquierda hondureña y centroamericana de principios de la segunda mitad del siglo pasado, la que todavía leía a los clásicos del marxismo y celebró con gran entusiasmo el triunfo de la Revolución Cubana. A la que el visceral anticomunismo de la Guerra Fría satanizaba sin cesar, le negaba toda oportunidad de trabajo, la hundía en la cárcel, la desterraba o la asesinaba. A la que, en fin, si aspiraba a hacer realidad sus sueños, los militares de la época reprimían sin piedad y no le dejaban otro camino que el de las armas.

El golpe de Estado del 2009, como era natural, nos acercó aún más. A propuesta suya, me incorporé al denominado “Diálogo Guaymuras, Acuerdo Tegucigalpa-San José”, que buscaba el retorno a la constitucionalidad y, poco después, en calidad de asesor jurídico, a la “Comisión de Reforma de la Seguridad Pública” que integró junto con los juristas Omar Casco y Matías Fúnez, creada durante el mandato de Porfirio Lobo Sosa y disuelta por el expresidente Hernández.

Un día, uno o dos años más tarde, recibí una llamada de Víctor invitándome a un almuerzo con el abogado Edmundo Orellana, por quien siempre he guardado una profunda admiración. Tan agradable resultó el convivio, que allí mismo decidimos que se repitiera semanalmente. Y lo que empezó como un simple departir de amigos poco a poco se convirtió en una verdadera hermandad.

De modo tal, que, sin proponérnoslo, y, sobre todo, por la sugestiva forma de narrar sus andanzas y peripecias, Víctor lograba, como si las hubiéramos compartido, que los tres nos sumergiéramos con fruición en aquel lejano pasado de lucha y de aventuras. Y, por supuesto, en esos diez o más años conversábamos de todo, de lo bueno y de lo malo, de lo humano y lo divino. Pero más, quizás, de la dictadura que nos oprimía y de cuándo caería. Y, ahora que lo pienso, me complace sobremanera que hubiéramos podido disfrutar juntos de la inmensa satisfacción que nos produjo su ignominioso fin.    

Víctor Meza fue poseedor de uno de los más grandes talentos que ha dado este país. Y lo mejor, que lo puso siempre y sin dobleces al servicio de las causas justas. Me honró con una amistad que se mantuvo incólume por más de medio siglo. Solo la muerte la pudo interrumpir. Con Mundo Orellana hemos acordado que nos seguiremos reuniendo para fortalecer la nuestra y recordarlo por cuanto nos quede de vida.

Y los dos confiamos en que la esposa de Víctor, Leticia Salomón, tan brillante como él, y sus hijos, Omar y Miroslava, le rendirán el mejor de los homenajes preservando su extraordinario legado, el Centro de Documentación de Honduras (CEDOH).      

Tegucigalpa, 24 de mayo de 2022.   

2 comentarios en “Mi amistad con Víctor Meza

  1. Un talento menos del trio;pero ese duo virtuoso que nos queda, seguro que nos seguiran iluminando con sus discursos hilvanados ,puntuales,llenos de conviccion y profundamente reflexivos. Gracias y adios a Victor. Gracias a Rodil y Edmundo por continuar compartiendonos conocimiento.

  2. … extrañaré sus comentarios cargados de un profundo conocimiento de la realidad nacional… como también su visión de hacer de Honduras un mejor país… gracias don Víctor… lo extrañaré!

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