Por: Giovani Funa
En Qatar 2022 las sedes ocultaban sus trapos sucios bajo la alfombra del fútbol, los trapos sucios que exhibe o esconde Estados Unidos como principal anfitrión del Mundial 2026.
La expresión «manchado de sangre» tiene fundamentos concretos que van más allá de una llana opinión. Se sostiene en varias realidades estructurales de Estados Unidos que chocan frontalmente con la imagen de fiesta y unidad que promueve la FIFA.
1. La violencia armada: una epidemia ignorada en Estados Unidos convive con una crisis de violencia armada que no tiene parangón en ningún otro país desarrollado. Los tiroteos masivos —en escuelas, supermercados, conciertos, iglesias— son una ocurrencia tan frecuente que ya forman parte del paisaje informativo. Decenas de miles de personas mueren cada año por armas de fuego (más de 48,000 en 2022, sumando homicidios y suicidios, según los CDC).
Recibir a millones de aficionados del mundo en un país donde el acceso a armas de asalto es un derecho constitucional genera, como mínimo, un escalofrío ético. Es imposible no pensar en la seguridad de las fan zones, los estadios y los espacios públicos cuando la violencia armada es una lotería cotidiana. El “sueño americano” que venderá el Mundial convive con la pesadilla de los simulacros de tirador activo en las escuelas y la parálisis política que impide cualquier control sensato.
1. Brutalidad policial y racismo sistémico
El asesinato de George Floyd en 2020 a manos de la policía. Renee Good y Alex Pretti a manos de ICE mostró al mundo, sin filtros, la brutalidad policial endémica contra la población negra y contra los activistas, e inclusive a ciudadanos de a pie que solo exigen una explicación válida. Pero no es un caso aislado: es un patrón documentado durante décadas. Nombres como Eric Garner, Breonna Taylor, Tamir Rice (un niño de 12 años) y tantos otros llenan una lista que parece no tener fin.
Organizaciones internacionales de derechos humanos han calificado el sistema policial estadounidense como estructuralmente racista.
Durante un mundial, con un despliegue de seguridad masivo y una afición multirracial visitando el país, el riesgo de incidentes violentos con la policía, especialmente hacia aficionados latinos, negros o de países árabes, es un temor fundado. No es un secreto que los cuerpos policiales aplican un criterio racial en sus intervenciones.
1. La frontera y el trato a los migrantes
Mientras se construyen estadios y se invierte en infraestructura para el torneo, Estados Unidos mantiene políticas migratorias de una dureza extrema. Las imágenes de niños enjaulados en centros de detención, las devoluciones en caliente, el muro fronterizo con México y las muertes de migrantes en el desierto de Arizona son la contracara de un país que celebrará la hermandad universal a través del fútbol.
La paradoja es sangrante: México y Estados Unidos comparten sede, pero entre ambos se extiende una de las fronteras más militarizadas y letales del mundo, una fosa común para miles de personas que buscan una vida mejor. La sangre que corre en el Río Bravo es la mancha más literal de este evento.
1. La sombra del intervencionismo
Quizá tu pregunta también apunta a la política exterior. Estados Unidos es el anfitrión, pero también una potencia que ha llevado a cabo invasiones, bombardeos y guerras con un coste humano incalculable en países que estarán presentes en el torneo: Irak, Siria, Yemen (apoyando a la coalición saudí), Afganistán, Libia. Aficionados de muchas naciones llegarán a ciudades estadounidenses mientras sus países de origen sufren o han sufrido las consecuencias directas de la acción militar estadounidense.
1. El uso geopolítico del deporte
La FIFA y el gobierno de Estados Unidos como anfitrión infligen a la selección de Irán condiciones delicadas en la enésima demostración de que el deporte de élite funciona como un apéndice geopolítico del imperialismo. Resulta vomitivo que Washington, que impone asfixiantes sanciones unilaterales contra el pueblo iraní, sabotee la logística, las finanzas y hasta el visado de sus jugadores mientras se envuelve en la bandera del «juego limpio» y la «despolitización» que pregona una FIFA dócil.
La misma potencia que arma a Israel, que ignora el genocidio en Gaza y que pisotea los derechos humanos dentro de sus propias fronteras, se erige ahora en juez universal del código de vestimenta y de las expresiones políticas de los futbolistas persas, con la complicidad del máximo organismo del fútbol. No buscan la inclusión; buscan criminalizar la mera existencia de un país que se niega a someterse a su hegemonía, utilizando el Mundial 2026 como un escaparate para el castigo colectivo y la humillación selectiva contra cualquier nación que ose escapar del redil del capitalismo global.
El Mundial 2026 está “manchado de sangre” porque se celebrará en un país cuyas violencias internas (armas, racismo policial, abandono de migrantes) y externas (intervenciones militares) chocan con los valores que el fútbol dice representar. No es un juicio a su cultura o a su gente, sino a la profunda contradicción entre el espectáculo y la realidad, una contradicción que, como hemos visto en los mundiales anteriores, el fútbol ha sido instrumento para ocultar los crímenes de una super estructura hipercapitalista.
La pregunta no es quien ganará el Mundial 2026, si no que se oculta detrás de la pulcra cortina de la FIFA hecha con la bandera de las barras y las estrellas.



