Los gobernantes neoliberales frente al coronavirus

Por: Gustavo Zelaya Herrera

Las formas de enfrentar la pandemia mundial toma giros castrenses y, como ocurre en Honduras, no sólo llenan de militares las calles y los montes, también imponen reglas propias de golpes de Estado; y no sólo eso, ponen en marcha compras de emergencia con el pretexto de la enfermedad, les revienta en la cara la práctica habitual de la corrupción y la inutilidad de los equipos y de las  instalaciones militares y sus cómplices, los medios de comunicación, se llenan de supercherías religiosas y ocultan lo que el pueblo exigía en las calles: más hospitales, menos batallones; más libros, menos armas.

 Tal vez tomamos conciencia que los verdaderos héroes, las personas que luchan en la primera línea, visten de bata blanca y están desprovistos de lo más básico: mascarillas y vestimenta adecuada. Mientras que los militares y policías cubren sus bocas y protegen sus manos con los elementos necesarios y, por supuesto, con el fusil y la pistola cargada para matar ciudadanos, perdón, al coronavirus.

 En esta circunstancia un escritor francés, Maxime Combes, responde al lenguaje militarista y guerrerista de Emmanuel Macron; similar al de Donald Trump, a la mayoría de los que mal gobiernan el mundo y, no podía faltar, al ilegitimo e ilegal gobernante hondureño CC-4.

 Dice Combes:  «Esta referencia a la «guerra» también evoca una imaginación viril poblada de heroísmo masculino -aunque desmentido en gran medida por los hechos- y de sacrificio que no tiene sentido. Frente al coronavirus – y cualquier pandemia – son las mujeres las que están en primera línea: el 88% de las enfermeras, el 90% de las cajeras, el 82% de las profesoras de primaria, el 90% del personal de los EHPAD son mujeres. Sin mencionar el personal de las guarderías y jardines infantiles movilizado para cuidar a los niños de todas estas mujeres movilizadas en primera línea. El personal médico lo dice claramente: necesitamos apoyo, necesitamos equipamiento médico y necesitamos que se nos reconozca como profesionales, no como héroes. No es cuestión de sacrificarlos. Por el contrario, debemos ser capaces de protegerlos, de cuidarlos para que sus habilidades y capacidades puedan ser movilizadas a largo plazo.

 No, definitivamente, no estamos en guerra. Nos enfrentamos a una pandemia. Y eso ya es bastante malo. No somos soldados. Somos ciudadanos. No queremos ser gobernados como en la guerra. Pero como en tiempos de pandemia. No tenemos ningún enemigo. Ni fuera ni dentro de nuestras fronteras. Enfrentados durante semanas a un gobierno incapaz de emitir discursos claros y acciones coherentes, somos sólo ciudadanos que poco a poco van comprendiendo que lo mejor es permanecer confinados. Aprender a vivir en cámara lenta. Juntos, pero sin reunirse. Contra todas las exigencias de competitividad y competencia que se nos han impuesto durante décadas. (…) No estamos en guerra porque la pandemia a la que nos enfrentamos requiere medidas más bien opuestas a las adoptadas en tiempo de guerra: ralentizar la actividad económica en lugar de acelerarla, obligar a una proporción significativa de trabajadores a descansar en lugar de movilizarlos para alimentar un esfuerzo bélico, reducir considerablemente la interacción social en lugar de enviar a todas las fuerzas al frente.»

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