Por: Rodolfo Pastor Fasquelle
a M.E.V.P. y a su primo
Hay problemas que parecen más urgentes: la energía, la educación, la salud. Incluso la destrucción de El Merendón debería alarmar mucho más de lo que nos preocupa…
Pero seguimos permitiendo urbanizaciones al pie de la montaña, sellando con concreto y asfalto las áreas donde se infiltra el agua que alimenta los acuíferos de los que depende San Pedro. No se trata de ignorancia o errores inocentes. Seguimos actuando como si las consecuencias no existieran. Y están a la vista.
Aun así, hay una preocupación incluso más profunda y alarmante. Que tiene que ver con la incomprendida naturaleza del Valle de Sula.
Mucha gente cree conocer el Valle. Muchos lo visualizamos cubierto de ciudades, carreteras, parques industriales, infraestructura y plantaciones. Y lo vemos como una enorme planicie firme sobre la cual levantar nuestro futuro. La geología cuenta una historia muy diferente. Esa contradicción es fatal.
Aun sin construcción alguna, el Valle de Sula que conocemos es relativamente reciente. En términos geológicos es casi nuevo. Se formó por el continuado relleno de una gran depresión tectónica mediante millones de toneladas de sedimentos arrastrados por los ríos desde las montañas circundantes, mucho más antiguas.
Por eso encontramos rocas fosilíferas en El Merendón y al remontar los macizos montañosos que rodean la llanura, pero no en el suelo del Valle. Cuando aquellos estratos se estaban formando y emergían del mar, el Valle todavía era fondo marino y quedó encubierto.
Vivimos, pues, sobre una llanura formada por interminables avenidas de agua y descargas de barro, piedra rodada y grava acumuladas a lo largo de miles de siglos. Vivimos sobre una tierra que los ríos todavía están construyendo.
La geología elemental nos ayuda a comprender el origen del Valle. La historia humana nos ayuda a comprender su comportamiento. La lección es igualmente importante.
Durante milenios, el Valle de Sula ha sido corredor de tránsito, región agrícola, espacio de intercambio y punto de encuentro entre el Litoral y el interior de Centroamérica, el Caribe y México. Más tarde, durante la era colonial, se convirtió en eje económico del comercio centroamericano con España y después fue el escenario del único ferrocarril importante del país y del principal polo de crecimiento económico de Honduras.
Su riqueza no es casual. Surge precisamente de las condiciones que hicieron del Valle un espacio fértil, accesible y productivo. Esa productividad atrajo población e inversiones como ninguna otra región del país.
Pero esas condiciones también suponen riesgos.
Existe abundante evidencia geológica, histórica y documental de que el Valle nunca ha sido una estructura estable. No ha evolucionado de forma lineal desde un pasado húmedo hacia un presente cada vez más seco, como suele imaginar la gente. Lo que observamos son largos ciclos de mayor humedad y otros de relativa desecación, cuya duración y recurrencia todavía comprendemos muy imperfectamente.
Los documentos de los primeros españoles describen carabelas ancladas en Ticamaya. La navegación comercial por el río Ulúa durante el siglo XIX está abundantemente documentada, incluso gráficamente. Las lagunas que hoy parecen pequeños remanentes de sí mismas fueron mucho más extensas en otros momentos. Y los habitantes más viejos aún recordamos paisajes que han desaparecido ante nuestros ojos.
Yo mismo pescaba guapotes, con caña y carnada de zorontoco, desde una canoa con mi abuelo R. en la Laguna de El Carmen. En un lugar donde hoy viven varios centenares de familias sobre terrenos que durante generaciones pertenecieron al agua.
Y cada vez que llegan los grandes huracanes, el agua vuelve. Como ha vuelto siempre. Ese es el punto que todavía nos cuesta comprender.
Las inundaciones no son una anomalía del Valle de Sula. Son una de las formas en que funciona el Valle, su mecanismo vital.
Los arqueólogos encuentran las huellas de inundaciones antiguas. Los historiadores encontramos sus registros. Los pobladores conservan su memoria. Mi hermana R sobrevivió al Fifí sobre el techo de su casa en Jardines. Lo extraordinario no es que el agua regrese. Así funciona la hidrología de la llanura. Lo extraordinario es haberlo olvidado y haber llegado a creer que no volvería. Es demencia.
Durante el último siglo transformamos profundamente el paisaje. Drenamos humedales, rellenamos lagunas, cambiamos cauces con bordos, construimos carreteras y urbanizamos zonas inundables. Muchas de esas obras generaron beneficios reales y alentaron el crecimiento económico de la región. También redujeron el espacio disponible para el agua.
Esa contradicción se vuelve cada vez más peligrosa. La pregunta pertinente no es si el Valle volverá a una condición original que ya desapareció, en nuestras manos. No puede.
La verdadera pregunta es otra: ¿estamos planificando la ciudad y el desarrollo del Valle de acuerdo con su naturaleza o estamos apostando en contra de ella y jugando a ciegas?
La naturaleza del Valle de Sula no depende de ideologías ni de partidos políticos. Es una realidad física. La geología no vota. La hidrología no participa en elecciones. Los ríos no obedecen decretos ni ordenanzas. Y cuando ignoramos sus leyes, la naturaleza, la hidrología y la geología imponen consecuencias sin vacilar ni hacer excepciones, matan sin tener culpa.
Toda política pública que ignore esa realidad está destinada, tarde o temprano, al fracaso. La política sabia debe partir de esa visión lucida.
Por eso, este no es únicamente un debate sobre conveniencias ambientales. Es un debate sobre economía. Sobre responsabilidad social. Es un debate sobre seguridad pública ciudadana. Y es, finalmente, un debate político, sobre responsabilidad ciudadana y sobre la calidad del liderazgo que necesitamos. Nos exige seriedad.
Durante demasiado tiempo hemos permitido que las decisiones sobre el territorio se tomen sin exigir suficiente conocimiento, planificación y responsabilidad. Con demasiada frecuencia hemos premiado las obras visibles e inmediatas mientras ignoramos los procesos lentos que sostienen la vida del Valle: los ríos, los humedales, las lagunas y los cauces naturales.
No se trata solamente de gobiernos irresponsables locales y nacionales, de un alcalde heredero de cien años de negligencia o de diputados sospechosos…. Tampoco únicamente de empresarios, urbanizadores o desarrolladores que actúan conforme a la lógica de la empresa. Menos aun de culpar a quienes, sin otra alternativa, ocupan los espacios disponibles.
Se trata de una cultura colectiva que durante demasiado tiempo ha preferido las soluciones instantáneas a la comprensión profunda de los problemas y a una política congruente.
Eso debe cambiar. La ciencia brinda herramientas para entender el Valle. La historia ofrece evidencia de cómo se ha comportado. La meteorología puede hacer proyecciones confiables. La experiencia de nuestros mayores conserva conocimientos inmediatos pertinentes. Los llamados a actuar somos los ciudadanos.
Lo que está por verse es si entenderemos a tiempo. Porque todo parece indicar que estamos preparando una tragedia de enormes proporciones para el día en que regresen —ineludiblemente— los huracanes más intensos que la ciencia prevé para las próximas décadas.
Cuando ese momento llegue, no podremos decir que ignorábamos los riesgos ocultos.
La geología los había explicado. La historia los había demostrado. La experiencia los había recordado. Fuimos advertidos e ilustrados.
La pregunta final será: ¿tuvimos la cabeza y el valor de actuar a tiempo?





