Aquí y allá, el COVID 19 y sus detractores

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

         al padre de Matti y Ziggy, que ojalá pueda criarlos

Podría ser y resultaría irrelevante que, de haber sido más sabios, tendría menos costos el evento. Y claro ese ahorro podría haberse mejor invertido, con un beneficio más amplio. En la historia (y yo solo eso hago) el contrafactual no procede. Difícil negar en cambio que el virus nuevo está poniendo en aprietos y aun venciendo del todo a los sistemas sanitarios alrededor del planeta. Y queda expuesta a la luz del día la manipulación que, como de todo lo demás, hacen de la tragedia los medios de comunicación, no se sabe si solo por el morbo de su auditorio o con algotra mala intención. Como también salta a la vista la histeria colectiva y corporativa que ha explotado, en forma diferencial, porque las bolsas de valores del Oriente han reaccionado con más cordura que las de EUA y Europa. Las medidas decretadas podrían ser menos tontas, claro. Aquí ¡el gobierno inicialmente prohibió que circularan las pipas que llevan agua a la población marginal que no la tiene potable!  ¡Pero exige imperativamente que se lave las manos! Compra basura para publicitarse. Militarizar la epidemia, es poner en mayor riesgo la condición precaria de la masa.

Cualquiera diría que, bajo la circunstancia no tiene utilidad exagerar ni tampoco subvalorar el problema, falsificarle un origen o escondérselo. Siempre fue así. Alguna vez las epidemias fueron explicadas fundamentalmente como manifestaciones divinas, y aún queda quien quiera…. Hoy ideologizamos la respuesta, con una compulsión contraria al sentido común y la conveniencia de ser tan objetivos como podamos. De manera que tenemos una derecha que busca valerse del fenómeno para reafirmar su control y en Honduras se ha servido del Estado de emergencia para detener a opositores, y una derecha radical, libertaria que quiere negar la importancia de la pandemia y dejarla pasar. Una izquierda moderada que reclama la responsabilidad del estado y otra que pretende, en el extremo, aprovechar la situación para disolver el orden vigente en el espontaneismo.

Hay que respetar la ciencia y recordar. Las pandemias no tienen nada de nuevo y siempre fueron aterradoras. No hay necesidad de inventar que vienen de los laboratorios de guerra biológica. La Biblia habla en efecto de las antiguas. Hay una abundante literatura que muestra como, en tiempos medievales y modernos, esos contagios se aceleraron, a medida que se fue reconectando el mundo, con las cruzadas del Trecento. Hoy publica Mario Argueta un recordatorio sobre las pestes en Centroamérica 1520 a 1830. Se aceleraron las epidemias con los descubrimientos y la colonización, y aún más con la agilización del intercambio económico que llamamos la consolidación del Sistema Mundo, a lo largo del s. XIX. Desde esa perspectiva parece lógico que, en el siglo XX y principios del siglo actual de la globalización, de la guerra y el comercio mundial, de interconexión sin precedentes, se acelere la pandemia y su expansión luzca aún más amenazante. Tampoco se van tan fácil y rápidamente como llegan, por desgracia. Varias han durado siglos, pese a la vacuna y hoy tenemos varias pestes centenarias acompañándonos en el balcón de la historia. ¡Hay viruela en Nueva York, carajo!

La perspectiva de cada quien es determinante. Claro que la negación es una opción radical. Trump y Johnson de la Gran Bretaña aseguraron que era un timo exagerado fuera de toda proporción. Coincide con ellos Bolsonaro, es sicológico, y falsos científicos que los apoyen. (Como aquellos africanos que se rehusaban a asperjar sus ganados con insecticida para matar la garrapata, como instruía el ilustrado gobierno colonial de su Majestad, aduciendo que sus garrapatas no eran tan grandes como las de los carteles ingleses, sino mucho más pequeñas.) La mayoría de los hombres de ciencia más bien exige que se enfrente la real peligrosidad la cual miden con diversas estadísticas, para construir rangos y varianzas, mientras otros trabajan asiduamente en la confección de vacunas, de las que ¡ya hay tres en ciernes!

Se disputan su morbilidad y su fatalidad. Me ha tocado escuchar a una elegante medico bogotana explicando, no sin sofisma, que el Corona 19 se contagia fácil pero no mata a nadie. Para después cualificar que los viejos y otros enfermos se mueren porque el virus se monta sobre condiciones y enfermedades prexistentes que hacen crisis. Y hay estadísticas muy diversas sobre esos parámetros que aún no han tenido ocasión de tomar en cuenta la diversidad completa de sistemas sanitarios, todos venidos a menos en este medio siglo de achicamiento del estado, pero especialmente en el tercer y cuarto mundo, al que apenas está hoy llegando el contagio. Así como hay distintas proyecciones acaso no todas bien fundamentadas en matemáticas serias. No veo cómo se puede descartar la posibilidad de una catástrofe humanitaria.

Podrá discutirse el orden de los factores o el costo beneficio que tienen distintas medidas que la pandemia inspiró o a que sirvió de pretexto. Pero no negar el peligro, el sufrimiento acarreado y las consecuencias económicas, el empobrecimiento general que pueden acarrear –sumados- los costos de la epidemia y los errores, la imprevisión, la reacción controvertida de los gobiernos y el desconcierto de la clase política, del inmediatismo del capital de inversión y la irresponsabilidad de las empresas que no quieren pagar la invalidez y convalecencia de los contagiosos.

Sergio me reclamaba hoy por la mañana ¿por qué sucumbir a la alarma con el Covid 19 cuando tienen muchas más victimas la violencia criminal, los accidentes de tráfico mayormente por imprudencia o causas prevenibles, no digamos otras mortíferas enfermedades, como la diabetes y el cáncer? No le satisfizo que le respondiera que la mayoría de las víctimas del crimen son pobres y viven vidas precarias, y los pacientes de enfermedades graves terminales también están avisados del peligro, que las víctimas de los accidentes, incluso cuando no lo esperan ni tengan igual responsabilidad, al menos no sufren un preaviso. Pero esta infección afecta por igual a ricos y pobres, inocentes y culpables. Y muchas de las víctimas potenciales del virus, yo entre muchos mayores de 60 años que aquí pujamos por ver si duramos unos pocos años más, para remediar la irresponsabilidad de los juniors, estamos avisados que ¡nuestra tasa de mortalidad es de al menos 10%! Y más para los que llevamos un daño y vivimos donde no se nos va a poder atender entre tanto cliente, con el ventilador adecuado o el medicamento. Ya no había medicina ni mascarillas ni gel en las farmacias de San Pedro antes que se anunciara una víctima, y en cambio, cuando ya se declaró toque de queda, la policía tiene que sacar a los turistas de las playas y a los feligreses de camiseta enrollada sobre la panza, de las cantinas y los billares, e impedir las fiestas multitudinarias cum globos y mariachi en el aeropuerto para recibir heroicamente a remeceros infectados.

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