La resistencia a los antibióticos: una pandemia silenciosa

Por: Patricia Geli y Otto Cars

WASHINGTON DC/UPPSALA – Cuando la Organización Mundial de la Salud lanzó el año pasado la “Semana mundial de concienciación sobre el uso de los antimicrobianos”, amplió el enfoque de la campaña de únicamente los antibióticos a todos los antimicrobianos, es decir incluyendo los antirretrovirales, los antifúngicos y los antiprotozoarios. La OMS dijo que encuadrar la respuesta a la resistencia a los antibióticos (RAB) dentro de la agenda más amplia de la resistencia a los antimicrobianos (RAM), en la cual se incluye al VIH y la malaria, “facilitaría la sinergia programática y la eficiencia, a la vez que catalizaría acciones a nivel nacional para combatir las infecciones resistentes a los medicamentos”. Pero, si bien hay muchos aspectos en común entre la RAB y la RAM, también existen importantes diferencias que justifican prestar atención específica a los antibióticos.

 La RAB ha sido una pandemia de crecimiento lento, impulsada en parte por un apoyo político relativamente débil para implementar planes de acción nacionales que incluyan el establecimiento de sistemas de vigilancia que cuenten con suficientes recursos. La consiguiente ausencia de datos específicos al contexto sobre la carga sanitaria y económica que representa la resistencia ha creado un obstáculo para las acciones políticas.

Si bien existen cifras agregadas sobre la carga mundial que representa la RAM (la cifra más citada proviene del Reino Unido de la revisión independiente de RAM para el período 2014-16; dicha revisión, presidida por el economista Jim O’Neill, calcula la cantidad de 700.000 muertes por año) dichas cifras sub-representan el problema de la RAB, debido al limitado alcance de las bacterias cubiertas. En realidad, las estimaciones sugieren que la RAB por sí sola cobra más de 750.000 vidas cada año, y que la cifra más alta de muertes  probablemente ocurre entre los niños que viven en los países más pobres. En una encuesta mundial reciente, el 79% de los médicos que tratan a recién nacidos notificaron una tendencia creciente de infecciones resistentes a múltiples fármacos a lo largo de los últimos cinco años, mientras que el 54% citó la RAB como la principal causa de fracaso del tratamiento para la sepsis neonatal, una infección de la sangre que afecta a los recién nacidos.

En el pasado, el problema de la resistencia a los medicamentos fue abordado típicamente mediante la investigación y el desarrollo (I + D) de nuevos antibióticos. Pero, aunque la I + D es un elemento importante de la respuesta a la RAB, es científicamente desafiante y costosa. En los hechos, se ha producido una carrera armamentista entre el desarrollo de fármacos y la resistencia. Debido a que contamos con pocos antibióticos novedosos en la fase de desarrollo, necesitamos incentivos para estimular la I+D, mientras que al mismo tiempo debemos desvincular los retornos sobre la inversión provenientes de los volúmenes de ventas, con el fin de frenar la evolución de la resistencia.

 Al mismo tiempo, los nuevos fármacos que llegan al mercado deben ser accesibles y asequibles para todos aquellos que los necesiten. El costo total medio adicional de la resistencia impuesto por el desplazamiento hacia los tratamientos de segunda línea puede ser significativo, ya que asciende a 700 dólares por infección. En los Estados frágiles, en los que los pagos del propio bolsillo de las personas representan el 55% del gasto total en salud, ello puede tener consecuencias catastróficas, entre ellas, el aumento de la morbilidad y la mortalidad, así como el empobrecimiento a largo plazo.

Se deben cuantificar los costos sanitarios y económicos de la RAB para convencer a los gobiernos de que intervengan y refuercen los incentivos para el desarrollo de antibióticos. Eso, a su vez, justificará las inversiones y las asociaciones público-privadas necesarias para llevar nuevos medicamentos al mercado.

El hecho de que la RAB parece estar ganando la carrera armamentista hace que sea aún más importante preservar los antibióticos existentes. Pero no hay una manera única para hacer esto. En muchos países, por ejemplo, un mayor acceso a los medicamentos es imperativo para reducir la innecesaria morbilidad y mortalidad por infecciones bacterianas. Iniciativas como el Fondo mundial para la lucha contra el VIH/SIDA, la tuberculosis y la malaria han abordado en parte el asunto relativo al acceso a medicamentos antirretrovirales, antituberculosos y antipalúdicos que sean eficaces.

Pero como se señala en un informe de la OMS: “no existe un mecanismo de financiación o distribución que sea similar para satisfacer las necesidades correspondientes de antibióticos eficaces contra la amplia gama de infecciones bacterianas comunes en los países en desarrollo”. En este contexto, el recientemente establecido Fondo Fiduciario de Socios Múltiples es un paso importante en la dirección correcta. Aunque el alcance financiero del fondo sigue siendo modesto, ayudará a los países a implementar planes de acción nacionales contra la amenaza de la RAM, que incluye la RAB.

Equilibrar la necesidad de preservar la eficacia de los antibióticos, mientras que al mismo tiempo se expande el acceso a dichos antibióticos representa un desafío, debido a que un uso más amplio inevitablemente aumentará la RAB. El problema se agrava en muchos de los países más pobres, donde los conflictos civiles, la deficiencia en cuanto a higiene y nutrición, y los suministros de agua poco confiables hacen que se corra el riesgo de facilitar la rápida propagación de patógenos resistentes. Sin embargo, la magnitud total del problema permanece oculta debido a la falta de sistemas nacionales de vigilancia para controlar el uso y la resistencia a los antibióticos. Un abordaje por parte de los sistemas de salud es fundamental para garantizar que las consecuencias no deseadas del control de la RAB no obstaculicen el acceso equitativo y sostenible a medicamentos que salvan vidas.

África ha logrado recientemente importantes avances en este sentido. En septiembre pasado, los jefes de Estado y de gobierno de la Unión Africana respaldaron una postura común sobre el control de la RAM. Además, África está liderando las iniciativas de colaboración relativas a la COVID-19, incluido el despliegue de tecnologías de vanguardia, como la vigilancia digital y la secuenciación de la próxima generación. Estos esfuerzos podrían convertirse en un componente esencial de la Red de Vigilancia de la RAM en los Centros Africanos para el Control y la Prevención de Enfermedades, cuyo objetivo es conectar a los actores provenientes de los sectores de la salud humana y de la salud animal. Dichos esfuerzos son particularmente importantes en el contexto africano, en el cual se espera que muchos países frágiles y de bajos ingresos sean los que se lleven la peor parte con respecto a las consecuencias negativas de la RAM.

El creciente problema de la RAB no respeta las fronteras nacionales. Es esencialmente el resultado de múltiples fracasos sistémicos, que sólo se pueden superar mediante una urgente acción colectiva mundial.

Los puntos de vista y las opiniones expresadas en este artículo son las de los autores y no reflejan necesariamente la política o postura oficial del Banco Mundial.

 

*Patricia Geli es economista sénior y especialista en salud pública del Grupo del Banco Mundial. Sígala en Twitter: @geli_patricia. Otto Cars es profesor sénior de Enfermedades Infecciosas en la Universidad de Uppsala en Suecia y también es fundador de ReAct – Action on Antibiotic Resistance. Sígalo en Twitter: @OttoCars1.

Esta publicación es gracias a la alianza entre       y   

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