Homenaje a Ralph Lee Woodward, maestro e impecable caballero

Alianza

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

 

                                   a ojos de S. Webre, M. Argueta y W. Davidson

Así como las culturas y las épocas difieren en el trato que dan a los difuntos, igual nos distinguimos por el reconocimiento que hacemos de los maestros, padres sustitutos que consolidan nuestra vocación y nos dan oficio. Muchos entienden que hubiera sido difícil avanzar -como avanzamos – sin ese impulso original.[1] Pocas veces le hacemos a un maestro total justicia en vida. Yo quiero hoy hacérsela a y que lo sepa, Ralph L. Woodward, Jr. nacido el 2 de diciembre 1934 en New London, Connecticut. Autor de libros legibles, desde el seminal Class Priviledge and Economic Development, hasta su Rafael Carrera and the Emergence of the Republic of Guatemala, pasando por su genial Central America, A Nation Divided, modelo de síntesis, con múltiples traducciones y ediciones internacionales, y al menos dos imitaciones. No haré aquí la reseña historiográfica que le encantaría. Revelaré -a modo de homenaje- un su secreto incómodo.

No que le haga falta al dulce Lee –le dicen sus amigos- mi homenaje personal, habiendo recibido infinidad de reconocimientos de sus estudiantes,[2] de las instituciones y de la comunidad académica, el Alfred B. Thomas Book Award, 1994, La. Humanist of the year 1995. El último de los cuales recibió apenas en diciembre del año recién pasado, el Albert Nelson Marquis Lifetime Achievement Award, que ojalá haya tenido algún metálico proporcional a su pompa y boato. Ha tiempo no lo veo cara a cara, más por las fotos de este evento y esa misma inextinguible sonrisa, caigo en cuenta que Woodward ya está viejo. Cuando fue mi maestro en 1974 tenía 40 años, y veinte de ejercer en el oficio. Profesor de Historia, que lo era en la emérita Universidad de Tulane, de la que fue Fellow, en Nueva Orleans, allá por Audubon, bajo Los Jardines. Donde tuve la fortuna de que dirigiera mi tesis de grado, sobre la colonización española de Honduras y me presentara a otros maestros. Imposible consignar todo lo que aprendí. Todavía aprendo, de recordarlo.

Más tarde, me invitó a una temporada de investigación en Guatemala y me recomendó para el doctorado.  Por supuesto recuerdo a RLW en su rol de maestro, las notas que tomaba cuando impartía su clase de historia de Centroamérica, en la que participaba al final con un par de preguntas. Las sugerencias que él hacía para mejorar mi tesis.

Pero, además –antes- tuve el privilegio de que el profesor me invitara a su hogar, una casa al otro lado del Río Mississipi, en un distrito clase mediero, mucho más humilde que los entornos de la aristocracia mafiosa en las inmediaciones de Tulane. (Ahí, conocí a su esposa Sue, enamorada de las artesanías de la Guatemala, a la que viajaban con frecuencia, a sus hijos Mark, Laura y Matthew que no heredaron una vocación académica, pero si su amor a Centroamérica (FM dixit) y que tenían la inteligencia de ser bilingües y biculturales, como tu S. Laura regresó de adulta y se casó en Guatemala.) Y la suerte, tuve, de que permitiera que descubriera yo ¡un secreto personal!

Ahí en el traspatio de su casa, ¡Lee construía un batel! No una lancha ni una chalupa, un yate, a sea going vessel, 40 ft. con su propia mano. ¡Era un armador! Eso impresionaba a su servidor, que apenas alcancé a graduarme en el taller de carpintería del Maestro Herrera, en La Escuela Pablo Menzel, con una mesa en forma de mango. A mis ojos, aquella nave era una carabela, un épico galeón, un arca de Noé, el sueño de un náufrago, el barco con que regresaría a la civilización Robinson Crusoe, sobre quien RLW Jr. ¡increíblemente, escribió un libro, que no se si pasaría por posmoderno! No creo que haya salido al Golfo. Pero seguro que Lee hizo navegar ese barco, primero en el inmediato Lake Ponchetrain, y después alrededor de la casa de campo con muelle, que compró ¿en Bay Saint Louis?

No es irrelevante el dato porque –precisamente- he pensado muchas veces que R L Woodward ha construido sus libros con los datos de archivo, y con la misma paciencia, arte y pulcritud con que construía aquel barco, a partir de cero, usando madera que compraba, con la calidad requisita en las ferreterías especializadas. ¡Fino artesano!

Por supuesto ¡atrás de esa armadura del barco había una historia! No que me la sepa toda. Recuerdo que el maestro me explicó que le gustaba navegar. (Jamás lo hubiera imaginado si no.) Que su padre y su abuelo es decir por dos generaciones habían sido marines, a saber, oficiales de la marina. No sé si también me confió que alguno había sido un Almirante.[3] Pero sí que habían peleado en el mar. Ralph no. Debe haber tenido once años en 1945 al terminar la guerra. Pero al tiempo de hacer la carrera de historia en la hoy Carnegie Mellon University, estudió para pelear. Se graduó en 1954 como un Marine Corp officer. Condición que ostentó luego cuatro años, hasta 1958, cuando se enroló en el doctorado de la Universidad de Tulane, de la cual se graduó en 1962. Y a la que regresó en 1970, después de ocho años en North Carolina. RLW fue profesor visitante en muchas universidades. Pero recuerdo haberme enterado de que, de en West Point y no se dónde más, en programas para capacitación de la C.I.A. Respondió con otra pregunta ¿Acaso no prefieres que estén mejor informados? R. Un país como Estados Unidos necesita una organización como la CIA, agregó llanamente, unapologetically. Yo no creo en la guerra, pero existe. Tampoco soy anarquista. Desde Platón sabemos que se ocupan guardianes. A card carrying democrat.

Ideológicamente, R.W. es un liberal. Tiene que haber comprendido que yo venía de un país bajo dictadura militar y que había sufrido intervenciones de los marines en 1903, 1907, 1911, 1912, 1919 y 1924. (Supe más tarde, de altos oficiales que participaron en esos desembarcos y repudiaron –luego- el papel que jugaba su gobierno en esas ocasiones.) Pero esa época había pasado. RLW venía de su propia tradición, y no pensaba que tuviera que pedir una disculpa. Pienso en él hoy. Cuando nadie más, pero decenas de oficiales de alto rango, incluyendo un haz de marines, el General r. John Kelly, el General r. John Allen, el General r. James Mattis, el General Mark Millay, Jefe del Estado Mayor Conjunto, el Almirante Michael Gilday, el Comandante de la Fuerza Aérea en El Pacifico C. Q. Brown  y el Ministro de Defensa Mark Esper confrontan al abusivo sicópata Donald Trump, declarando que la protesta es legítima, debe ser escuchada, que ellos están formados para combatir a un enemigo letal con armas de alto poder, y que sus ciudades no son sus campos de batalla ¡Todo mi respeto por estos caballeros!

[1] Yo tuve el privilegio de tener muchos magníficos maestros, Richard Greenleaf, Woodrow Borah, Luis González, Jan Bazan, Alejandra Moreno T., Enrique Florescano, Lorenzo Meyer que me enseñaron a pensar.

[2] Participé en un homenaje colectivo que le hicimos antes que saliera de Tulane, un grupo de sus alumnos…

[3] No explicó si ese abuelo hubiese sido el Contralmirante Clark H. Woodward que, como árbitro, jugó un papel prominente en las intervenciones de los marines y las guerras civiles de Nicaragua, a principios del siglo XX.

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