El Trumpismo después de Trump

El Estado fantasma en la Honduras del coronavirus

Por: Erick Tejada Carbajal

Para mí, Donald Trump es la condensación metafórica de algunos de los vicios y antivalores más abyectos de la cultura yankee, que —vale aclarar— también ha dejado notorios aportes en diversas artes y ciencias a lo largo de la historia. Sin embargo, al momento de escribir estas líneas, no puedo dejar de observar con algún dejo de repudio como todo el establishment y sus actores fácticos, se han unido para tratar de instalar la matriz mediática de que la elección ya se decidió y que no hubo irregularidades en el proceso.

Los cambios de tendencia en Michigan, Wisconsin, Pennsylvania y Georgia dejan algunas dudas, además, las diferencias porcentuales son exiguas y menores al 1% en los estados de Georgia 0.2%; Nevada 0.4%, Arizona 0.5%, Pennsylvania 0.6%, Michigan 0.7% y Wisconsin 0.7%. Es obvio que cualquiera pediría recuento de votos en esos estados dados los márgenes estrechos. Cabe resaltar que al sol de hoy el magnate tampoco ha aportado evidencias del supuesto fraude que clama.

La NBC, CBS, CNN, ABC y otros medios corporativos censuraron una alocución del magnate alegando que estaba diciendo «fake news». Rafael Correa expresidente ecuatoriano llama a nuestros sistemas políticos «democracias mediatizadas». Esa caracterización me parece muy exacta. ¿No es acaso una farsa la democracia de un país donde los grandes medios y los dueños de las redes sociales deciden quién dice la verdad y quién no? ¿En un entramado político donde el voto popular no decide al presidente sino un anacrónico sistema de colegios electorales?

Los seguidores de Trump salen a las calles azuzados por las redes sociales creyendo que Biden va a implantar el socialismo bolchevique en su país, algo ridículamente absurdo y, muchos votantes de Biden ven en el magnate la encarnación maléfica de satanás mismo. Todos hablamos de polarización, de fragmentación cultural y de aislamiento tecnológico, pero no sabemos cómo enfrentarlo. Lo cierto es que cada día más, con mayor emotividad, enjundia y dramatismo, se grita más y se piensa menos.

Se le podrá tener encono al magnate por su constante actitud pendenciera, racista y xenófoba —yo se lo tengo fervientemente— pero ningún político gringo desde Reagan había leído con tanta exactitud a ese Estados Unidos profundo; obrero, conservador, racista y fundamentalista religioso. A todo ese porcentaje de la población que ha sido excluido y ninguneado por el sistema. Hollywood nos ha querido vender un Estados Unidos progresista, de libertad sexual e integración cultural. Eso no es totalmente cierto, amplias capas poblacionales existen que desdeñan la ciencia y el esnobismo progre de estas castas educadas en Yale, Stanford o Harvard. El país con el mayor gasto militar del planeta y potencia hegemónica aún cuenta con amplísimos sectores rurales y poco educados. Así lo demuestran los mapas electorales del 2016 y el 2020.

Trump no ganó en ninguna ciudad más grande de 250 mil habitantes y los estados con mayor porcentaje de personas con educación universitaria (Massachusetts, New York y California) votaron masivamente a los demócratas. El trumpismo va más allá de Trump, es toda una cosmovisión que funda su capital político en la ilusoria grandeza de las clases medias de los 50s, en un país donde el blanco obrero puede aspirar al sueño americano, el derecho a buscar la felicidad como lo dice la carta fundacional estadounidense. Con líderes históricos republicanos como los Bush y McCain en contra, con los medios socavando su mandato día tras día, con Hollywood politizándose como nunca y la élite globalista y tecnológica censurándolo, Donald hizo una magnífica elección alcanzando casi 70 millones de votos, superando los votos de Obama el 2008 y el 2012. ¿Por qué? Pues porque esa gente marginada y excluida ya no cree en los grandes medios ni en los políticos de larga data y tradicionales como los Clinton, los Obama y los Biden.

El gran perdedor de la elección del pasado 3 de noviembre no es Donald, sino todo el entramado sistémico yankee incapaz de manufacturar consenso, incapaz de conectar con la mitad del país. La derrota moral del establishment es contundente, el Trumpismo sigue latente y vigoroso, aún si el magnate es sacado del juego, allí estará, esperando a otro líder que movilice a sus masas.

Biden promete una reforma integral migratoria y acciones más contundentes contra el COVID. A lo interno esa visión amplia e incluyente de la nación movilizó a buena parte de las minorías y parece que en general hay una idea de que había que salir de Trump a como diese lugar. A mi juicio, si se consuma la elección de Biden, su tibieza moderada culminará de desgastar al bipartidismo, abriendo la grieta social y dejando espacio para alguna figura más a la izquierda que capitalice toda la base de Bernie Sanders, Occuppy Wall Street, antifa, las panteras negras y ambientalistas; o, el trumpismo sin Trump volverá a emerger con brutal vitalidad con otro líder de derecha populista y con las mismas nefastas ideas. Estados Unidos está sumergida en una crisis orgánica que Joe no tiene capacidad para resolver.

Mientras esa crisis no sea abordada con genuina participación democrática de varios sectores, la polarizada sociedad estadounidense seguirá siendo caldo de cultivo para que germine el odio y el racismo.

Erick Tejada Carbajal
Zacatenco, Ciudad de México
9/11/2020

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