Octubre Morazánico

Emprendedores

Por: Víctor Meza

El profesor, una especie de antiguo sabio griego que dominaba varios idiomas, incluido el dialecto suajili de ciertas tribus africanas, y era experto en derecho constitucional de todo el mundo, nos encargó redactar una pequeña monografía sobre un tema libre que consideráramos importante y proveído de cierto empaque académico-intelectual. Mi compañero de curso y habitación escogió el tema de la Comuna de París, un acontecimiento sobre el cual abundaba la bibliografía y, por lo mismo, el conocimiento en la comunidad académica de la Unión Soviética . Jean Jackes, que así se llamaba, era, además, el sobrino de Frantz Fanon, el célebre autor del libro “Los condenados de la Tierra”, prologado por Jean Paul Sartre y convertido súbitamente en un best seller en Francia.

Yo, acucioso y curioso al mismo tiempo, escogí el tema de la llamada “revolución morazánica” en Centroamérica. Para ello, visité la Biblioteca de lenguas extranjeras y, no sin sorpresa y desilusión, descubrí que apenas si había dos decenas de libros relacionados con mi país, uno de ellos la valiosa biografía del héroe Francisco Morazán, escrita por Ángel Zúñiga Huete. Ese sería el insumo principal para redactar- ¡atrevido yo! – una interpretación “marxista” de la revolución burguesa de Morazán en Centroamérica, en la primera mitad del siglo XIX. ¡Tremendo desafío!

Pero, eso sí, tenía yo una ventaja. Morazán casi no era conocido entre mis profesores de historia y ciencias sociales, a diferencia de los datos  de la región centroamericana que, cada vez, adquirían más y más importancia a los ojos de la comunidad académica soviética y de los estudiosos de los llamados Centros de pensamiento de los países del Este europeo. Hablaban de la región con la cautela del sabio, que teme equivocarse, mientras el atento alumno aporta datos y señales que habrá que tomar en cuenta.

Al final, presenté mi versión de la monografía solicitada y todo quedó en orden, con la excepción de mi venerado maestro de derecho constitucional, Anatoli Pávlovich, que siempre quiso saber más sobre Morazán, sus orígenes, sus lecturas y, en particular, su destino y herencia.

Escribir sobre la Comuna de París, era algo así como un tópico. Los profesores ya lo sabían y no se dejaban sorprender por los alumnos que escogíamos un “tema fácil”. Siempre buscaban algo novedoso, que pusiera a prueba la habilidad investigadora del estudiante, su vocación de topo de la historia, su afán por encontrar raíces más que árboles, su ánimo por auscultar en el fondo, sin sucumbir a la maravilla fácil de la superficie.

La Comuna de París, con toda su fascinación y embrujo, era un tema “ya estudiado”. La Academia soviética de entonces, todavía signada por el determinismo estalinista, consideraba el asunto como “algo resuelto”. En cambio, en el ámbito reducido de mi universidad y a la sombra benéfica de Anatoli Pávlovich, el tema morazánico adquiría una nueva dimensión: la de la épica y el sentido trascendental que venían  desde el subdesarrollo y se implantaban como tema de estudio, con la misma jerarquía y similar vigor teórico que lo hacían las epopeyas de Bolívar y los sueños de Martí.

Desde entonces, lo confieso, he sucumbido siempre, con respetuosa y racional admiración, ante la grandeza de Morazán, el estadista, no el general; el político, no el militar. Un Morazán que trasciende en la historia, se le visualiza allá, en medio de la penumbra, después del combate, contando los muertos pero, también, diseñando el futuro, hijo de ese sacrificio sangrante que yace ante sus pies.

Morazán fue un visionario, uno de esos seres especiales que ven más allá del horizonte engañoso, de los que piensan en el futuro no como mañana posible sino como destino inevitable. Ese es el Morazán que admiro y respeto. Es el mismo que aprendí a querer en los años en que, desafiando las tormentas invernales, asistía, con puntualidad de obseso, a la biblioteca de literatura extranjera de Moscú, para leer sus historias y peripecias. Es el Morazán estadista, soñador y, al mismo tiempo, creador, una especie de soñador infinito, valiente hasta el extremo, lúcido en sus planes y estrategias, creador y necesario, ejemplo que todos los centroamericanos deberíamos convertir en modelo de conducta.

El pasado mes de octubre, el de Francisco Morazán, este es mi homenaje.

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