Por: George Papaconstantinou y Jean Pisani-Ferry
PARÍS/FLORENCIA—Cuando el primer ministro canadiense, Mark Carney, observó a principios de este año que el mundo se encuentra “en medio de una ruptura, no de una transición”, describió una realidad que la mayoría de los gobiernos han tardado en aceptar. El orden económico internacional que ha prevalecido desde 1944 ha desaparecido para siempre. La pregunta ahora es qué vendrá después.
La respuesta sigue sin estar clara. Pero ya hay varios rasgos del panorama emergente que son certeros, y estos deberían guiar la forma en que Europa y las potencias medias del mundo transitan este nuevo terreno.
En primer lugar, el sistema de Bretton Woods ya no es un ancla que funcione. Su fragilidad quedó al descubierto durante la crisis financiera de 2008, y su incapacidad para hacer frente a las consecuencias desiguales de la pandemia del COVID-19 socavó aún más su legitimidad. Pero el golpe decisivo vino desde adentro: Estados Unidos, el ancla y principal artífice del sistema, lo está abandonando. La combinación del multilateralismo en decadencia y una administración estadounidense que renuncia a su papel global ha producido una ruptura irreparable.
En segundo lugar, el comercio global no volverá a su anterior nivel de apertura, debido en gran medida a fuerzas estructurales. El superávit comercial de China superó el billón de dólares en 2025, impulsado por la industria manufacturera. El país hoy representa aproximadamente el 35% de la producción manufacturera mundial y puede suministrar casi cualquier producto industrial.
Al mismo tiempo, el presidente Donald Trump ha elevado los aranceles estadounidenses a sus niveles más altos desde la década de 1930, con una proyección de ingresos de entre 2 y 3 billones de dólares durante la próxima década. Dado que estos ingresos proyectados se han utilizado para financiar recortes en los impuestos a los hogares, revertirlos supondría un costo político elevado para cualquier administración futura.
En tercer lugar, la desintegración del orden global tiene implicancias normativas. Al retirar a Estados Unidos de 66 organizaciones internacionales y borrar la línea entre intereses personales e intereses públicos, Trump ha destrozado el código informal de décadas por el que se evitaban los conflictos de intereses, se respetaban las instituciones independientes y se apoyaba a los organismos multilaterales. Las declaraciones por sí solas no reconstruirán lo que llevó décadas construir.
Esto no quiere decir que la gobernanza global sea imposible. Pero debe replantearse como un proyecto más modesto. Un modelo único basado en mercados abiertos, el estado de derecho, instituciones independientes y un paraguas de seguridad estadounidense ya no es realista. Lo que sigue siendo posible es algo más cercano a un condominio, con normas que se adapten a las preferencias nacionales al tiempo que prohíben acciones que impongan costos a otros o dañen los bienes comunes globales.
Un punto de partida útil es el marco propuesto por el economista de Harvard Dani Rodrik, que busca limitar las políticas de “empobrecer al vecino” y proteger los bienes globales compartidos, dejando al mismo tiempo espacio para la diversidad nacional. Si se aplicara de manera efectiva, este marco descartaría gran parte de lo que ha hecho la administración Trump. Los aranceles que perjudican principalmente al país que los impone podrían superar la prueba, pero las políticas que desestabilizan el sistema financiero global o socavan la cooperación climática no lo harían.
El principal desafío, sin embargo, es la implementación. Ante la realidad de un Estados Unidos ausente o activamente hostil, ¿quién establecería y haría cumplir las reglas? Aquí radica la prueba más difícil -y la mayor oportunidad- para las potencias medias y para Europa.
El sistema monetario internacional es un buen ejemplo de ello. El dominio del dólar ha sobrevivido a la desaparición del sistema de tipos de cambio fijos de Bretton Woods en 1971, al auge del euro y a múltiples crisis. Pero con la presión que hoy proviene del propio Estados Unidos, la posición global del dólar ya no está asegurada.
Paradójicamente, el auge de las monedas estables denominadas en dólares ha reforzado la demanda del billete verde. Pero los ataques de Trump a la independencia de la Reserva Federal, el crecimiento explosivo de la deuda pública estadounidense y la fragmentación del comercio global están minando los cimientos de la primacía del dólar. Si el próximo presidente de la Fed redujera las líneas de swap de divisas que han servido como prestamista global de último recurso desde 2008, las consecuencias para la estabilidad financiera serían graves.
Con el tiempo, parece más probable un sistema monetario multipolar que un simple cambio del dólar al renminbi. La moneda china sigue limitada por los controles de capital y la reticencia del gobierno a asumir las responsabilidades de un emisor de reserva. Aun así, el dominio de China en el sector manufacturero hace que un papel regional más importante del renminbi sea casi una certeza. El euro, por su parte, cuenta con los cimientos institucionales y la profundidad de mercado necesarios para ampliar su papel, siempre que Europa pueda reunir la voluntad política para respaldarlo.
Los líderes europeos han comprendido ya hace tiempo que el orden global se venía fragmentando, pero siguieron comportándose como si el sistema anclado en Estados Unidos fuera a persistir indefinidamente. En ese sentido, la segunda presidencia de Trump ha supuesto un duro despertar.
Sin embargo, la respuesta de la UE ha sido inconsistente y vacilante. El bloque se ha conformado con un arancel estadounidense del 15% sobre los productos europeos en lugar de agravar las tensiones con Trump, y recién ahora está ultimando acuerdos comerciales con el Mercosur e India que deberían haberse concluido hace años. En tanto los responsables de las políticas comienzan a considerar un papel internacional más sustancial para el euro, también se preguntan si los bonos del Tesoro de Estados Unidos deberían conservar su estatus automático de “libres de riesgo” según las reglas bancarias de la UE.
Lo que la UE aún tiene que hacer es liderar. En cuanto a la reforma de la Organización Mundial del Comercio, las propuestas de la Comisión Europea siguen siendo vagas y no abordan cómo podría mantenerse un sistema multilateral sin Estados Unidos. Si bien se han difundido propuestas serias sobre instrumentos similares a los eurobonos, estas no se han traducido en un compromiso político. Y lo que es quizá más importante, la UE no ha desarrollado una estrategia coherente respecto a China.
Una mayor autonomía económica y tecnológica no debe confundirse con un retroceso frente a la globalización. Es una condición previa para una participación significativa en un mundo más fragmentado, ya sea con China, una futura administración estadounidense o potencias medias, en línea con lo que el presidente finlandés, Alexander Stubb, denominó “realismo basado en valores”.
La alternativa al orden basado en reglas liderado por Estados Unidos no tiene por qué ser el caos. Lo que Carney pedía es precisamente lo que este momento requiere: una coalición de países dispuestos a actuar como impulsores de la agenda y guardianes creíbles de las reglas en un mundo menos ordenado.
Una coalición de esas características debe dar cabida a diferentes modelos económicos, al tiempo que rechaza abiertamente los comportamientos no cooperativos. Debe invertir en la resiliencia nacional como base para el compromiso internacional. Y debe asumir la responsabilidad de la estabilidad global, en lugar de esperar a que Estados Unidos vuelva a desempeñar su antiguo papel.
George Papaconstantinou, exministro de Finanzas de Grecia que negoció el primer rescate del país, es profesor de Economía Política Internacional en el Instituto Universitario Europeo y coautor (junto con Jean Pisani-Ferry) de New World New Rules: Global Cooperation in a World of Geopolitical Rivalries (Columbia University Press, 2025). Jean Pisani-Ferry, investigador principal del grupo de expertos Bruegel, con sede en Bruselas, e investigador principal no residente del Instituto Peterson de Economía Internacional, es profesor en Sciences Po y coautor (junto con George Papaconstantinou) de New World New Rules: Global Cooperation in a World of Geopolitical Rivalries (Columbia University Press, 2025).





