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El Bicentenario y el humanismo del régimen actual

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Por: Gustavo Zelaya Herrera

El significado del bicentenario en Centro América y el sur del continente tienen diferencias. En América del Sur existieron enfrentamientos armados contra la colonia. En las provincias que integraban la Capitanía General de Guatemala, los independentistas, antiguos funcionarios, comerciantes y hacendados, no impulsaron guerras anticoloniales, querían conservar el poder político y el comercio de los grupos ligados a la corona. A pesar de ello, existió un ingrediente ideológico proveniente de las ideas ilustradas y liberales que generaron relativo interés alrededor del civismo, del sentimiento patrio, algo parecido a la noción de identidad y cierta evolución en la conciencia gracias a esas ideas que pusieron a la razón y a la ciencia en altares casi religiosos.

El movimiento ilustrado propuso finalidades para el progreso como la reforma de los individuos como paso necesario para la reforma social y así obtener la felicidad general. Esto se lograría con la difusión de los logros de la razón y con el dominio de la naturaleza. La utopía consistía en llevar a la práctica lo que estaba en el mundo de la idea, que el mundo ideal fuera el modo real de vida de la humanidad, participando todos de beneficios sociales para iluminar la vida; así, frente a la inconsistencia del mundo trataron de buscar y adaptar soluciones novedosas para su circunstancia. Pretendían construir el paraíso en la tierra con la ciencia y la técnica.  Creyeron en un hombre naturalmente bueno, que podía deformarse por los abusos y la ignorancia, pero con capacidad de superarse y avanzar a etapas superiores de convivencia. Es decir, la sociedad podría ser armoniosa y ordenada con las herramientas de la razón; pero en la tradición colonial esas ideas alteraban el régimen establecido y hacían dudar de algo que parecía sólido y bien hecho.

La acción humanista e ilustrada conducía a modernizar la vida y abandonar normas propias del feudalismo, así impactó en ciertas elites de América. Es aquí donde podía construirse el sueño del progreso, ya que no había un pasado con tradiciones rígidas y si amplia recepción de ideas. Tan amplias que ocultaban el genocidio cometido contra los pueblos originarios. Incluso, en Europa forjaron esquemas ideales que hacían del nuevo continente la tierra providencial para realizar los planes utópicos. Pero las ideas ilustradas también fueron tomadas por círculos conservadores, esto dio lugar a otra forma en el pensamiento político: el hecho de que la ilustración no hizo que todos se alejaran de la religión, aunque vacilantes, convenientemente algunos permanecieron fieles a la tradición y a España.

En América, la ilustración y el humanismo llegaron, como ha sucedido con las ideas avanzadas desde el siglo XVI en adelante, en forma tardía. Los independentistas fueron ilustrados y sus criterios se mezclaron con la filosofía política liberal. A través del liberalismo la ilustración se hizo presente en casi todas las corrientes políticas del siglo XIX. Liberal era el que había dejado de ser servil y había conquistado su libertad; la lucha por la libertad señaló el camino a los gobiernos independientes. Pero buena parte de ese pensamiento estuvo concentrado en reducidas elites que suponían que se podía avanzar desde el poder y sin la participación de grandes grupos de población. Ese fue el objetivo de los que firmaron el Acta de Independencia de 1821: impulsar el progreso gracias a los más educados que prepararían al pueblo en la ciencia y la política, entonces si se podía hablar de independencia y pensamiento autónomo. El mismo sentido expresaba la constituyente de 1823 que declaró la separación de México: “Que la independencia del Gobierno Español ha sido y es necesaria en las circunstancias de aquella Nación y las de toda la América: que era y es justa en sí misma y esencialmente conforme a los derechos sagrados de la naturaleza: que la demandaba imperiosamente las luces del siglo, las necesidades del Nuevo Mundo y todos los más caros intereses de los pueblos que lo habitan”[1] .

Puede afirmarse que la idea de educar al pueblo para que decidiera y escogiera en elecciones a los más sabios, era la trampa perfecta para limitar su participación en los procesos políticos; significaba postergar la actuación popular mientras se preparan condiciones educativas suficientes y así favorecer con el voto del pueblo a los más aptos.  Doscientos años después de aquel simulacro liberador, los grupos hegemónicos no impulsaron sistemas educativos públicos de calidad, ni siquiera ahora se representan con personajes que parezcan ilustrados para ejercer el poder, ponen a los más serviles según indicaciones empresariales y dispuestos a ser parte del crimen organizado. Muchos de los candidatos en los actuales tiempos prelectorales son prueba de tal afirmación.  Esto mismo puede ayudar a comprender cómo, desde antes de 1821, el atraso educativo, las pésimas instalaciones escolares, la enseñanza que pone en el centro al educador, han sido parte de los planes políticos de casi todos los gobernantes del país desde inicios del siglo XIX; de ese modo garantizan el crecimiento de sus riquezas personales, la concentración del poder, permanentes condiciones de atraso material y de ignorancia en el pueblo.

Si fueran ciertas las bondadosas ilusiones humanistas e ilustradas en los primeros independentistas, suponer un humanismo en el siglo XXI parece un despropósito cuando hay un sistema capitalista que exige eficiencia y libre mercado; o cuando los políticos más reaccionarios nucleados en el partido nacional enarbolan un humanismo cristiano como primordial sustento ideológico[2].

 En sentido estricto, la noción de humanismo está en los fundamentos de las ideas liberales y es parte marginal del actual neoliberalismo. Pero se puede introducir nuevos contenidos al humanismo y rescatar algunas características de la vieja aspiración renacentista de crear una personalidad total, íntegra, que consideraba a la persona como un ser emotivo, racional, tolerante, solidario y respetuoso. Un humanismo que parece necesario en la insolidaria etapa de la pandemia gestionada por gobernantes corruptos. Esos elementos han sido dejados de lado por los actuales representantes del pensamiento neoliberal que también hablan de humanismo, sin la intención de materializar tal concepción. Del mismo modo hablan de cultura, identidad, valores cívicos y nacionales como lugares comunes, útiles en los discursos tradicionales, entendidos como componentes fijos, eternos, que se imponen en el aula, desde las iglesias o en la familia. Parece que la mención de esas nociones es algo serio, sobre todo en el bicentenario con la pandemia y la narcopolítica con su discurso independentista lleno de alusiones religiosas, dogmáticas, imponiendo su dominio en ciudades, pueblos y aldeas.

Puede afirmarse que, a pesar de la represión, las prácticas criminales del régimen y su sistema de seguridad generador de inseguridad, la discusión sobre cultura y humanismo, la construcción de nuevos elementos de identidad, la lucha por la defensa de los gremios y las organizaciones sindicales, la defensa de los bienes comunes y la conciencia de la historia todavía no pone en su lugar a gobernantes pasados y presentes. Esto lo podemos confirmar después de cada proceso electoral de finales del siglo XX a la fecha.

Más bien, supuestos humanistas conservadores, que no solo incluyen a representantes del partido nacional, que dice ser “humanista, cristiano e incluyente”[3],  han edificado un Estado  autoritario y entreguista,  gobernado por grupos opuestos a  desarrollar en el pueblo ideales democráticos; nunca pudieron expresar algún tipo de proyecto liberador, como sí ocurrió con el programa unionista de Francisco Morazán y se instalaron como clase dominante apoyada en una fuerza militar adiestrada para combatir enemigos internos, es decir, a las organizaciones populares que  pugnan por una Honduras realmente independiente. Es a la sombra de ese Estado en donde se ha formado “nuestra” identidad; o, como afirman empresarios, curas, pastores, militares y políticos tradicionales, “nuestros” valores, ocultando una concepción dominante, universalista, que hace creer que sus ideas son las de todos. La intención de imponer las ideas de los grupos oligárquicos y concebir una identidad homogénea seguirá presente y para tal propósito cuentan no sólo con el sistema educativo o con la religión, sino también con las costumbres, los medios de comunicación, la fuerza de las armas y el poder político y económico.

Un momento significativo del humanismo cristiano del partido nacional se expresa en las cifras de la corrupción. Desde 2013 y en el mayor descaro del gobernante de turno, anticiparon lo que seguía: más de siete mil millones de lempiras fueron saqueados del IHSS, una parte para financiar la campaña electoral del entonces presidente del congreso nacional y otra para depositarlo en cuentas privadas. Luego de 2014 a 2018, el estimado total del fenómeno de la corrupción suma más de 255 mil millones de lempiras[4]. “Las cifras anteriores están asociadas de manera directa a la… “nueva corrupción” donde los tres grandes sectores se consolidan cada vez más, para así juntos asegurar un flujo futuro y creciente de recursos ilegales. La energía de generación privada, a precios tres veces superiores a los promedios regionales e internacionales, las carreteras a precios muy elevados y caros respecto de países como Costa Rica, los concesionamientos a 30 años y las propias construcciones mediante APP son en verdad, el futuro inmediato y mediato en que se desenvolverá el país” [5].

Por ello, la constitución de la identidad nacional y la diversidad de valores y expresiones culturales que la integran sigue forjándose en lucha contra la concepción oficial y el medio son las organizaciones populares, las personas dedicadas a las expresiones artísticas, los intelectuales; las organizaciones debilitadas, manipuladas por conflictos gremiales y por partidos políticos; desde ellas podrían formarse proyectos liberadores que permitan un desarrollo independiente, que posibilite la igualdad como uno de los valores fundamentales de la sociedad; incluso, concibiéndola como valor relativo, transitorio que pueda dar lugar a la equidad. Se trata de equiparar la posibilidad de todos para desarrollarse sin desventajas y con acceso al trabajo, la salud, la vivienda y la cultura, impensables bajo esquemas neoliberales; se trata, entonces, de distribuciones equitativas de la riqueza y ampliación de la protección social sin que signifique obligatoriamente intervención del gobierno con sus politizados programas sociales. En esto jugará un papel cardinal la lucha contra la impunidad, contra la narcopolítica, contra la explotación del trabajo y los privilegios; hasta hacer posible otro momento de alguna propuesta liberadora que profundice la democracia y que no sobrevalore el sufragio ni al presidencialismo.

Cualquier aspiración liberadora no debe servir para ocultar la dura realidad de las consecuencias del bicentenario y que el posible destino de las instituciones nacionales como el congreso, el sistema judicial y el hermético tradicionalismo político sea la profundización del despilfarro de los bienes comunes, la continua entrega a los intereses del capital transnacional y la corrupción socavando todo el sistema político. Superar los legados del bicentenario no solo va requerir una reconstrucción de lo destruido por el régimen corrupto o de liricas proclamas electorales , debe ir acompañado de la transformación material y espiritual de la base económica y de las relaciones sociales que no se logran con decretos ni con emotivos discursos.

[1] Del Blog Historia Crítica. Anarella Vélez Osejo. Declaración de Independencia Absoluta de Centroamérica. DECRETO LEGISLATIVO DE LA ASAMBLEA NACIONAL CONSTITUYENTE, DEL 1º DE JULIO DE 1823

[2]  En el portal digital del partido nacional se lee: “Visión: somos un partido político mayoritario, humanista cristiano e incluyente, con un liderazgo ético, que promueve los cambios para transformar el país, en democracia, libertad e igualdad de oportunidades.” ttps://partidonacional.hn/mision-vision/

[3] Ídem.

[4] Ver publicación del FOSDEH/CNA: Estudio: La estimación del impacto macro-económico de la corrupción en Honduras; 2020.

[5] Ídem, p. 23.

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