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Derechos y elecciones, un acercamiento desde la historia

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Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

                   desde lo profundo, a quien entienda

Ha arrancado ayer la campaña electoral, aunque algunos ya estamos cansados. Una de las críticas más fuertes que se ha hecho a la política estadounidense luego de su fragosa caída en Afganistán, es que se atascó en instituir una democracia occidental en un país que no tenía condiciones, ni vocación para ese fin. He dicho que, aun con tantísimas diferencias, ¡algo análogo ocurre aquí! Con antecedentes y contradicciones profundas, al menos desde los 1980s, los EUA se impostan como paladines de la democracia en Centroamérica, a la vez que combaten fenómenos democráticos, como sin duda fueron los movimientos populares y el sandinismo. Incluso cuando ya tornaba añeja la sólida, sí ahistórica, teoría de Barrington Moore, de que la democracia requería justamente una serie de condiciones sociales específicas, un campesinado rico y una burguesía que se reparten igualitariamente el suelo y poder.

Al frente en Viera, los siempre novatos agentes del gobierno estadounidense han estado desde hace rato empeñados en empujar aquí, otra vez, el proceso eleccionario, que antes no dio buen fruto. Y cuentan que los fiscales de Nueva York lo examinan con una seriedad y profundidad novel. La comunidad internacional y últimamente la cooperación está pregonando su expectativa de que habrá elecciones justas, libres, pacíficas y confiables dentro del plazo legal. (Aunque han sido muy discretos para explicar por qué repiten estas declaraciones, tampoco es un misterio que el Partido Nacional desde todos sus ámbitos de poder público, ha venido saboteando y obstaculizando el proceso y que anda libre el delincuente de David Chávez). Y estamos todos de acuerdo, los obispos incluso, el Cardenal, igual, y las patronales se están sumando a esa demanda, el COHEP, la CCIC, la CCC. Las elecciones para escoger a los futuros encargados del poder público entre opciones abiertas, son -por supuesto- un derecho cívico fundamental, desde nuestro concepto de la democracia, el derecho cívico por excelencia.

Cuestionan muchos socialistas que sea el derecho más importante. Señalan que, antes de ir a elecciones, los pueblos necesitan seguridad ciudadana y cubrir necesidades básicas, alimentos, abrigo y techo, medicina y servicios fundamentales: ¡Agua, por ejemplo! ¿Libertad de locomoción, e incluso contratación? Por eso, al tiempo que exige elecciones, la movilización popular del día 30 pasado convocada por CCC, reclamó como fin primordial el respeto a los derechos humanos, contra atropellos consumados.

Tiene mucha fuerza esa tesis, sutilmente contestataria. Nadie, pienso, cuestionaría que haya derechos humanos elementales, a la vida y a la integridad física, por ejemplo, que preceden al derecho al voto. No me sirve de nada disponer del más impecable sistema eleccionario, si me asesinan, como a Carolina Echevería Haylock, o asesinan a parientes o amigos cercanos, si me secuestran impunemente y me desaparecen, como han hecho escuadrones paramilitares con opositores en la vecindad y un puñado de líderes garífunas, en Triunfo de la Cruz. O si me encarcelan por defender el derecho de mi comunidad al agua limpia, contra un concesionario que instrumentaliza -a su favor- las instituciones de seguridad y justicia, como sucede a los presos de Guapinol, a quienes recientemente ha visitado y prometido acompañar el Embajador de España, don Guillermo Kirkpatrick.

No me sirve incluso una nominación a un cargo público, si por ella me amenazan con represalias, me acosan, judicializan en mi contra causas hechizas, o usan el control público (que no ha de ser político) de las instituciones para despojarme de servicios, callarme, intimidarme, inmovilizarme. Tengo amigos y parientes que, con y sin razón, me piden que calle lo que no debo callar como ciudadano, que desista de la lucha cívica y política obligada, alegando que eso repercute -por afinidad- sobre sus condiciones. (Desde mucho antes que desapareciera Diario Tiempo ya cuando en los 80s, mataron a M. A. Pavón y a M. Landaverde, el diario se quejaba de que nuestros pequeños ensayos les causaban inconvenientes). Después de esa censura franca están las indirectas, que imponen los intereses, las complicidades y en último termino, las amistades. De modo que es una falacia argumentar que el derecho al voto garantiza una democracia, peor en un país en donde como dice la amiga Sara Chayes, la corrupción es el sistema operativo

Busco generar conciencia de esta falacia porque atrás hay un problema teórico universal. Aunque en todos lados, al final, priva un afán de corrección política, desde hace rato, tanto desde la izquierda como de la derecha, por supuesto, se pone en tela de juicio el imperativo de un sistema político democrático. Se señala que muchos países han despegado procesos de desarrollo, incluso espectaculares, sin un real sistema electoral. Últimamente la República Popular China es ejemplo socorrido y antes se hablaba de Corea, Taiwán y de Chile bajo A. Pinochet como modelos en la derecha mundial. Según ese argumento habría que postergar los derechos cívicos para alcanzar una disciplina, un piso de estabilidad y una continuidad programática para el progreso. Uno puede contradecirlo, no deleznar el argumento. Es absurdo con tal variedad de experiencias, imponer un modelo político u obligarnos a escoger entre dos, como únicas opciones. Desde el punto de vista histórico tiene la razón quien insiste en exigir el respeto a la autodeterminación de los pueblos que vienen de mil distintas tradiciones y culturas. No es un problema jurídico sino antropológico, no es una traba ideológica, sino de cultura, no es de norma o forma. sino de historia, que hay que entender y hablar.

Todos entendemos, por ejemplo, que hay coyunturas en que es preciso renunciar a ciertas prerrogativas de un ideal utópico, para asegurar condiciones de seguridad mínimas que, a su vez, garanticen los más básicos derechos sociales. Y, por otro lado, todos estamos obligados a entender, igualmente, que hay tradiciones culturales, nacionales y supranacionales, que facilitan la transición a la democracia moderna, y otras que no o que la obstaculizan. He defendido la idea de que el centralismo estructural del actual régimen de la República Popular China, responde a un recóndito patrón histórico fijado allá por la tradición milenaria de las dinastías imperiales, que tenían que controlar fuerzas centrípetas, y que creó una disciplina milenaria.  En Cuba las plantaciones de caña cultivadas por esclavos sobre el recurso básico y rígido de la tierra concentrada más que en otro lugar del Imperio español, parecen relacionadas a un régimen colonial autoritario centralista, que pasó luego por Batista y sus destituidos, hasta el actual régimen post Castrista.

Desde los albores de La Independencia en Nicaragua, la lucha cruenta entre partidos poderosos respondió al conflicto entre intereses arraigados e independientemente de los partidos, esa lucha arrojó regímenes autoritarios como el del liberal José S. Zelaya y el General conservador E. Chamorro, y después de los Somoza y Ortega que, si no son de la misma moneda, son de igual latón.  Los más realistas de nuestros colegas observan que como ha dicho M.C.Z., Tiburcio Carías, fue sucesor y el último liberal reformista ¿pragmático jefe máximo de nuestra rara idiosincrasia?

En Honduras, paradójicamente, donde no ha habido nunca una real democracia electoral, ni en los breves lapsos en que alcanzamos a despegar algún proyecto estratégico de 1950 1980, hay, sin embargo, una profunda tradición cultural democrática. Nacida de la debilidad del conservadurismo y sus instituciones, de la poca polarización social decimonónica, de la abundancia de tierra que hubo para los campesinos hasta los 1930s, acaso en parte de la diversidad étnica y de la falta de marcas, emblemas y signos distintivos legitimadores de una élite.[1]

Esa tradición que se expresó en la formación y contradicción entre los partidos en los 20s. Chocó con el régimen autoritario que requirió la United Fruit Company en los 1930s, y asimismo colisionó con la pretensión de modernización económica de los 1950s y 60s, que exigía expandir mercados y concentrar capital. Y es la misma tradición que últimamente ha entrado en contradicción profunda con la polarización y desigualdad socioeconómica, consecuentes con el neoliberalismo, desde los tardíos 1980s. Esa contradicción es el magma que nos abre grietas en el suelo, nos mantiene en continuo temblor y sobresalto. Y por eso más allá de la fachada y la añagaza, Honduras necesita, refundar una democracia funcional. Para recuperar la estabilidad en que podríamos sobrevivir todos. No es solo que vamos a tener que confiar en el pueblo por fin, sino que el pueblo necesita creer que tiene algo que decir y que puede confiar en, y apostarle al voto para expresar ese anhelo soterrado de democracia. Eso, desde mi punto de vista, es lo que estará en juego el 28 de noviembre. Lo conseguimos o seguimos en la bronca.

El Carmen 04, 09, 2021

[1] No me gusta venir a Honduras decía mi tía Connie, guatemalteca, porque los hondureños son muy igualados. A mi papá, el coronel Aparicio ningún indio le hace reclamos viéndolo a la cara, como al tío Roberto (Fasquelle) y a mi mamá nunca la tuteó una criada, ni la comadreó la chichigua como a la tía.

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