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Crisis de la clase política y de una dominación corrupta

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Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

Cualquiera diría que ¡estamos en el mejor de los mundos con el nuevo gobierno! Cuando ambos presidentes electos en las pistas alternas del circo declaran que harán cumplir el plan de gobierno de LIBRE, proyecto genuino de cambio profundo en el cimiento del pacto que nos hace nación, y una genuina vuelta de timón en la conducción del país. Aunque uno de ellos lo publique sin tener aún los votos para instituir una directiva eficiente en propiedad, y el otro lo declare ¿con el apoyo de 44 salteadores del chueco Partido Nacional, que han estado doce años en el poder y representan justo al sistema que repudia la elección de Xiomara? Más allá de las declaraciones está a la vista una nueva crisis institucional. ¿Rebelión en la Granja? ¿Melodrama cursi, o prueba de conciencia? ¿Circo? Mucho más, una amenaza a la gobernanza

Es un problema político. Las crisis políticas son manifestaciones  del conflicto social profundo y ponen en evidencia y sobre el escenario las tramas y los actores de la comedia,  y son por lo mismo grandes oportunidades para aprender. En un primer  nivel, el más superficial enfocamos rostros, nombres propios, anécdotas, dimes y diretes, personalidades patéticas o nobles, mezquinas y ambiciosas, resentimientos, despechos y  discursos, a veces elocuentes, a veces transparentemente vacíos o torpes. De los señores Calix, Valle y Castro, JOH y socios en torno a quienes se agita un torbellino de pasiones, cuyo brote por lo demás era previsible. Aunque ahora se escandalicen, declaren que no han hecho nada malo y pontifiquen en contra del odio, la violencia, la falta de civilidad e irrespeto. ¡No le reclamas modales de mesa al mozo del que te burlas! Pero lo triste no son los puñetazos del paladín, o los audios de la cantante, los excesos de la turba, idénticos en todas partes, las estridencias y los disfraces, las maniobras de las viejas amistades de familia.

En un segundo nivel, están los colectivos en que se aglutinan esas personas, los movimientos y las bancadas, y atrás de ellas los partidos,  sus maquinarias y facciones declaradas del sistema que aspiran a conducir un proceso. Con alguna legitimidad democrática, juegan pulsos en esa arena o circo, accionan las tramoyas. De modo que mientras LIBRE dispone expulsar a los diputados recién electos que no recapaciten (sin duda un desperdicio) el florismo y el Comité Central les dan la bienvenida oportunista a los disidentes repudiados. Y ambos bandos se disputan La Gaceta. Pero esos colectivos que a la vista se debilitan también representan intereses de grupo social. La lucha por el Congreso hoy es un enfrentamiento entre una oligarquía corrupta posesionada del Partido Nacional, que luego de perder la elección, se propone preservar su poder, contra un partido popular y una expresión política de las clases medias que retan esa dominación. Y se decidirá en la conciencia de la ciudadanía.

Hasta abajo, en el nivel más profundo y oculto, están en efecto las fuerzas del estado profundo, empeñadas en las luchas de intereses creados, las conspiraciones que se juegan con campañas de fakes y desinformación contra el análisis, en la propaganda subliminal y disfrazada de los medios y los templos, que buscan cooptar el estado. Por fuera del sistema institucional, en cualquier tiempo y lugar, hay todo tipo de agentes y factores informales, que inciden en la ecuación del poder. Mafia, Lobby. Personeros de intereses corporativos, gremiales, carteles, argollas de empresarios y redes de esbozados agentes extranjeros. En pugna permanente, perpetua. La actual crisis en El Congreso reedita el vínculo del golpe de 2009 con los concesionarios y proveedores, los grandes bancos, Ficohsa y Atlántida e industrias de la comunicación, OPSA y Televicentro, que repiten como argumentos propios las baladas de los perversos. Los mesmos de antes, ¡que no se dan por vencidos! Y que están determinados a hacer lo que tienen que hacer para detener el proyecto. Esa es la raíz de la mandrágora.

Así el COHEP sin poder sospecharse la inocencia que pudiera atribuirse a los religiosos, quiere que se negocie a partir de cero, en aras de un supuesto equilibrio perdido, para cederle a la reacción la espada de la Corte y la campanilla del legislador. ¿Para que el dueño de la tienda -que es el pueblo elector- a cambio de que se le respete la respiración, negocie con el asaltante, que se va a quedar con el dinero, la mercancía y el escaparate? Porque negociar, hay que negociar y hay que quitarle al ofensor el pretexto para desenmascarar.

La fuerza opositora atrás del golpe es real y es un tope que debemos entender con una visión estratégica.  Pero si pestañeamos, perdemos todo, junto con el sentido de la lucha. Nadie tampoco se suicida en política, salvo bajo promesa de resurrección. Todos han cometido errores, la dirigencia opositora también, torpezas, deslices, eso, ingenuidades y personalizaciones. Bueno que muchos recapacitaron.

En alguna medida, todos los dirigentes y los colectivos nos han fallado, las elites en este caso económicas (porque las otras no aparecen o han dejado de entender) que pudieran jugar un papel responsable y hasta recientemente  nos ha fallado el mismo pueblo, que no parecía dispuesto a movilizarse. Y que respondía únicamente a los llamados del activismo, el gremialismo y el asistencialismo, dando la espalda a su condición ciudadana. La clase política entera ha resbalado en la corrupción. (No solamente en Honduras, o en el bipartidismo.)  

Pero justamente lo novedoso, es que -de repente- la gente, mucha gente que antes era abúlica, que no entendía por completo el problema de la corrupción, la forma en que nos había arrebatado al país, está otra vez indignada, como en 2015, luego del escándalo del Seguro Social, hay un hartazgo generalizado con la corrupción cínica.  Entre religiosos, entre profesionistas, incluso en sectores militares y policías que habían sucumbido. Hasta los gringos parecen haberse hartado de sus protegidos, que justamente ya no les sirven porque hoy impulsan impunidad e inestabilidad. Pero la solución no surge del oráculo de Viera, si no de la negociación madura entre estadistas  con visión de futuro que entienden que necesitan la amplitud.

No hay hombre ni mujer perfecta, ni santo que orine dice el refrán. Para presidente de El Congreso en todo caso necesitamos a una persona que esté fuera de toda sospecha de corrupción y no uno que ande comprando votos. Para nada es difícil saber, en este país todos nos conocemos, sabemos que tenía cada quien antes y después. Necesitamos alguien que sea leal al proyecto y tenga al mismo tiempo dignidad personal y don de gente. A un individuo cuya sensatez respeten los empresarios y los opositores, a quien reconozca el pueblo por su sensibilidad, solidaridad y las bases por su lealtad. Hay que cumplirle al PSH y darle a designar a  una persona que también cumpla, pues hay que cumplirle antes que a otro, al pueblo. Y vencer la conspiración de la reacción.

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