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Caos total o el fin de una tiranía

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Por: Erick Tejada Carbajal

Buscaba entre mis libros “Las meditaciones del Quijote” de Ortega y Gasset, tratando de cimentar bien esa idea de que el ser humano es él (ella) y su circunstancia; sin embargo, recordé que ese libro lo tengo aún en la Ciudad de México y un milímetro de desesperanza me invadió impunemente. De pronto, me saltó en la web una frase atribuida al filósofo español en la que -parafraseando- menciona que para que exista decadencia en un país debió en algún momento dicho país haber alcanzado una cúspide.

Teniendo lo anterior en cuenta, es difícil hablar de decadencia con respecto a Honduras conociendo la calamitosa situación que siempre ha tenido nuestra pequeña nación. Ahora, la mayoría de hondureños estamos claros que los últimos 11 años con el Partido Nacional en el poder han sido una verdadera pesadilla que condujo a la sociedad catracha por una infinita espiral descendente en todas las formas que podamos imaginar.

La pregunta es si puede profundizarse esta decadencia y pauperización que ha sufrido Honduras en la última década bajo el infame dominio del orlandismo; y la respuesta es que sí, allí está Haití como espejo (teniendo en cuenta obvio todas las diferencias étnicas, históricas y de contexto). Cuando Ricardo Maduro ascendió al poder en el 2002, Álvaro Uribe Vélez en Colombia lo hizo el mismo año en el país andino imponiendo su famosa agenda de “seguridad democrática”.

Básicamente hubo una política regional por parte del hegemón —como reacción a la creciente influencia de Chávez en la zona y al golpe de Estado fallido en su contra— para apuntalar a Honduras y a Colombia como sus principales tentáculos de la injerencia yankee en el hemisferio. La política de seguridad democrática en Honduras partió de una falsa idea de que la policía nacional iba a ser la punta de lanza del combate a la delincuencia y que la ley antimaras iba a ser la panacea para todos los problemas nacionales. En realidad, se iniciaron a mover grandes recursos del presupuesto nacional a defensa  y seguridad ciudadana mientras el gobierno hacía alarde de sus “sanas” finanzas públicas.

En las calles, los maestros luchaban por el estatuto del docente y el bloque popular contra el tratado de libre comercio. Lo que intento plantear, es que Honduras vivió a instancias de sus élites y la influencia hegemónica de Estados Unidos; primero, un proceso de colombianización que fue abortado por la inesperada llegada de Manuel Zelaya Rosales al poder y su giro diametral hacia el proyecto del poder ciudadano y, posteriormente, un proceso de haitización inaugurado con el Golpe de Estado pero que se ha mantenido latente durante la larga noche orlandista.

El mismo diseño administrativo de JOH trató de emular finalmente al de Uribe Vélez y el paramilitarismo se recrudeció en nuestra pequeña nación. Con haitización, me refiero a la aplicación severa, crónica y profunda de la doctrina del shock que delineó magistralmente la escritora estadounidense Naomi Kline; o sea, de políticas públicas lacerantes para el bien común aprobadas en estados de emergencia, convulsiones o contingencias naturales. La privatización de la tragedia y el autoritarismo pues.

Una intentona de JOH de extender su mandato o quedarse en el solio presidencial un día más del 27 de enero del 2022, llevaría casi irremediablemente al país a una crisis política profunda y a niveles de desestabilización agudos propicios para reforzar el autoritarismo salvaje y cruento de la narcodictadura. Sería un caos de ingobernabilidad que devendría en migraciones masivas, exilados, torturados y hasta en una posible guerra civil. Este escenario debido al recrudecimiento del éxodo masivo, no le favorece al hegemón y eso por ende juega en contra de las pretensiones del dictador tropical de perpetuarse en la silla presidencial. Sin embargo, el hombre fuerte del Partido Nacional está desesperado y contempla esta opción como otra de sus jugadas temerarias para prolongar su casi inexorable viaje a la corte del distrito sur de Nueva York.

En función de lo antes expuesto, ciertos poderes fácticos nacionales e internacionales, contemplaron la opción de levantar a un movimiento de derechas que viniera a oxigenar el putrefacto bipartidismo y pensaron en Salvador Nasralla como el adalid de esta misión. Trataron de reunir en un solo polo a la derecha catracha en teoría no narcotraficante e investida con una especie de sábana moral tejida con el pulcro hilo de la anticorrupción. Desde Washington, se pretendió hilvanar una transición tutelada, operación mediante la cual se cambiarían los rostros en el gobierno y las banderas, pero poco cambiaría en realidad en la práctica. El régimen y modelo neoliberal permanecerían casi intactos y Salvita con voz de locutor y fanfarria en ristre anunciaría sus éxitos diarios en su lucha contra la corrupción gubernamental. La transición tutelada por Washington hubiese matado tres pájaros de un tiro: uno, evitaría que LIBRE llegara al poder y lo dejaría debilitado; dos, mantendría sus intereses geopolíticos y económicos en Honduras inmaculados y tres, estabilizaría al país con un gobierno con plena legitimidad y eso frenaría parcialmente la rolliza migración catracha hacía las tierras del Tío Sam.

Pero Salvita no levantó, y la gran mayoría de encuestas muestran que agosto, septiembre y octubre han sido pésimos meses para el señor de la televisión y es probable que haya perdido entre 5 y 8 puntos porcentuales en la carrera presidencial. Hay cuatro encuestas relativamente serias o al menos con procedimientos estadísticos adecuados hechas en los últimos meses: TR research del 7 al 9 de septiembre en la cual Asfura obtuvo el 30.9%, Doña Xiomara 31.8% y Salvita 15.8%. Del 1 al 4 de octubre los resultados de Tecknimerck fueron los siguientes: Asfura 23.4%, Doña Xiomara 31.6% y Nasralla 13.0%. Paradigma coloca a Nasry arriba por 4 puntos y a Salvita apenas con 10.1% de intención de voto y, Cid Gallup, coloca al PN levemente arriba de Libre en la carrera presidencial y el señor de la televisión en tercer lugar.

Hay varios factores a los que atribuyo la espiral descendente de Salvador en los últimos meses; primero, la impronta en el pueblo hondureño de sus posturas tibias en el marco de la crisis poselectoral. Segundo, su bipolaridad crónica y mal manejo a lo interno de su partido y tres, la consolidación   de LIBRE como principal bloque opositor y con estructuras a nivel nacional lo cual lo proyecta como el único partido capaz de derrotar al PN. Es lo que he denominado en otros artículos como la captación del voto útil y de castigo al régimen cachureco.

Mientras escribo estas líneas una noticia ha sacudido a la opinión pública nacional. Salvador Nasralla ha declinado su candidatura en favor de la candidata Xiomara Castro de Libre y una gran alianza opositora nace con el objetivo de vencer a la narcodictadura. Lo que ha sucedido, es un gran pacto de gobernabilidad entre la mayoría de fuerzas políticas en Honduras, fácticas y no fácticas. Ese acuerdo, incluye a sectores disidentes del orlandismo en las FFAA, empresarios de la zona norte, televisoras otrora rojiblancas y al gran orquestador de consensos en Honduras:  la embajada gringa por primera vez en nuestro país   cediendo ante una fuerza popular de izquierda. Es prácticamente el fin del bipartidismo como eje central de la política partidaria y el advenimiento de una nueva dinámica política-institucional donde LIBRE, PSH y PINU emergen por ahora, como las fuerzas beligerantes.

El gran pacto de gobernabilidad cuaja por la necesidad de todos los sectores por deshacerse de JOH y la impronta delincuencial nacionalista en el gobierno. Sin Salvita y el PSH a Libre le hubiese costado lograr una mayoría contundente para derrotar al fraude cachureco. Nasralla prácticamente no tenía posibilidades reales de triunfo ante la ausencia de estructuras nacionales —varias encuestas lo certificaban como ya se mencionó en este artículo— y con esta alianza obtienen cuotas de poder y a la vez frenan en teoría un programa de LIBRE más a la izquierda. Ambos ganan algo y ambos pierden algo. Es la perpetua dinámica de la política y las alianzas. Nada de que extrañarse.

Para la gran alianza el reto es defender cada voto en las urnas en cada rincón del país. Sostener una postura sólida en el CNE y atajar el fraude en todas sus versiones. Veremos si JOH y sus secuaces, tendrán la fuerza como para caotizar el país, imponer otro inmenso fraude electoral y desatar una matanza fratricida entre hondureños. Hoy, más que nunca, la consigna debe de ser defender cada voto de la gran alianza con nuestras vidas. Por larga que fue la noche, parece que una brizna de luz se ha posado sobre el futuro de nuestro país.

San Pedro Sula, 15 de octubre de 2021.

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