Burocracia civil y militar. Entre el patrimonialismo y la modernidad

Por: Rafael del Cid

 “Maldita burocracia” aullaba el lobo mientras descendía la loma. ¿Maldita por qué? ¿Por engorrosa, lenta y autocomplaciente? ¿Porque los caprichos personales del caudillo chocaban con el muro de normativas, formalidades y trámites? ¿Por técnica y eficiente? El lobo aúlla con parábolas ¿Qué maldecía el lobo?

Tan antigua como el Estado, la burocracia -ejércitos incluidos- ha acompañado la marcha de la humanidad. A pesar de su prolongada existencia, no fue objeto de estudio sistemático sino desde mediados del siglo XVIII cuando el fisiócrata francés Vicent de Gournay (1712-1759) empleó por primera vez el término burocratie [de buró, oficina o escritorio y cratie o gobierno]. El propósito de Gournay era denunciar un modelo de organización del poder al servicio del monarca y sus empleados. Posteriormente y más con referencia al Estado liberal y al capitalismo industrial en ascenso, la preocupación por el estudio sistemático de la burocracia pública (y privada) se acentuó, como lo muestran los trabajos de A. Smith, J. Stuart Mill, A. Compte, K. Marx, F. Engels, A. Gramsci y M. Weber, entre varios otros. A grandes rasgos, estos pensadores consideraron la burocracia como formando parte de una superestructura asentada sobre y al servicio de lo económico, bien como sistema nacional o como empresa particular. La economía necesitaba de una legislación y un sistema jurídico auspiciador de un clima competitivo y de confianza para los negocios; que expandiera las comunicaciones (carreteras, ferrocarriles, electricidad, etc.), educara a la población trabajadora en las competencias pertinentes, velara por la salud, desarrollara el arte, la recreación e ideas funcionales al sistema, defendiera y ampliara territorios (ejércitos), mantuviera el orden interno (policía) y, para costear todo eso, cobrara tributos. En fin, complementara a la economía para ganar eficiencia (como lo enfatizó Weber, por ejemplo) o para el control social (como lo subrayó Marx, p.ej.) o para ambos propósitos (Gramsci, p.ej.).

Max Weber (1864–1920) es reconocido por su erudita dedicación al tema y por proponer un tipo ideal, un modelo de funcionamiento burocrático, ajustado a las necesidades del capitalismo industrial. Weber observó al capitalismo como un fenómeno económico que revolucionó la forma de producir bienes y servicios y, con ello, las relaciones sociales y el pensamiento. En la sociedad feudal (pre-industrial) el catolicismo había jugado un papel trascendental al alentar la realización espiritual o la búsqueda de santidad. La obediencia de la voluntad divina, el desprendimiento de lo material, el amor al prójimo, fueron valores fundamentales de los que derivaron el respeto al carácter divino de la autoridad, esto es, la monarquía y la institucionalidad feudal. La Reforma Protestante (p. ej. Lutero, Calvino) cuestionó esos valores. Calvino desarrolló la idea de la predestinación, o sea que Dios con su sabiduría y poder predetermina el destino de los humanos, a algunos hacia la salvación y a otros a la condena. Alcanzar la prosperidad material, tener éxito en el mundo, eran señales de la preferencia divina hacia la salvación de una persona.

En la Reforma, pero especialmente en el calvinismo, Weber creyó encontrar la simiente del capitalismo, la ética subyacente, formadora del espíritu pionero e innovador de los emprendedores, tan bien descritos por J. Schumpeter. Los calvinistas buscarían a Dios en el éxito material y, para ello, el cálculo racional, la disciplina y el trabajo duro serían aplicados a sus tareas. Los frutos del trabajo no debían compartirse con los pobres, porque pobreza era expresión de castigo divino. Lo ganado habría de reinvertirse en la actividad empresarial. Conforme avanzó la disolución del feudalismo y la consolidación del capitalismo industrial, la ética calvinista (su fervor religioso) se fue apagando con cada nueva generación. Pero quedó la búsqueda del éxito, el afán de lucro, convertidos con el capitalismo industrial en una suerte de nueva religión, una religión “desencantada”, ajena a la espiritualidad. La nueva ética no estaría necesariamente dictada por la religión, más por principios netamente humanos (seculares, laicos) de retribución material (dar, ceder, negociar para recibir más) o de autosatisfacción (desinteresada o de prestigio y reconocimiento social).

La modernidad capitalista se caracteriza, según Weber, por el desarrollo de (1) organizaciones a gran escala (entre ellas, la burocracia pública y empresarial); (2) entidades sociales especializadas que desplazan a la familia como centro de la formación de la persona en la sociedad (p.ej. el sistema escolar); (3) tareas especializadas (diversidad de ocupaciones y profesiones); (4) disciplina personal (ligada a la eficiencia y el éxito); (5) conciencia del tiempo (agendas, puntualidad y precisión); (6) competencia técnica (conocimiento, destrezas); y finalmente, (7) impersonalidad (profesionalismo). Conforme a estos valores de la modernidad capitalista, la burocracia cambiaría desde su anterior adhesión a monarcas y caudillos caprichosos, que orillaban al burócrata hacia el servilismo y la adaptación al humor del gobernante, a una donde predominaría una jerarquía de autoridad, la división sistemática del trabajo, estandarización y normatividad de rutinas y procedimientos (escritos, reglamentados). Todo en procura de neutralidad, selección por méritos y encauzada en una carrera administrativa (servicio civil). En suma, eficacia (logros) y eficiencia (al menor costo posible). Por el acento en el principio de jerarquía y las particularidades de la profesión, las entidades militares son el prototipo burocrático mejor alineado al modelo ideal de Weber.

Ahora bien, el COHEP dirá que ese modelo de burocracia no lo vemos en Honduras. Dirán que la burocracia criolla todavía está atrapada por el patrimonialismo, por el clientelismo, ¡lejos de la modernidad! Pues si, esta parece ser tragedia en los países con débil industrialización. Tal situación inspiró, allá por los 1950s, sendas teorías del desarrollo, como las de la modernización (de la sociedad tradicional a la moderna; W. Rostow, T. Parsons, G. Germani), dualismo estructural (p. ej. R. Prebish) o desarrollo-subdesarrollo (A. Gunder-Frank). Para estas teorías, Honduras sería todavía una sociedad en tránsito (¡cuánto ha durado!) desde lo tradicional a lo moderno, incluso con frecuentes retrocesos hacia el patrimonialismo. Esto último es entendido como “una forma de gobernar en la que todo el poder fluye directamente del líder” (Wikipedia). “Un tipo de regla en la que el gobernante no distingue entre patrimonio personal y público y trata los asuntos del Estado como su asunto personal” (N. Quimpo). Reclutamiento político basado en la selección de parientes/amigos y altruismo recíproco (F. Fukuyama).

Con todo y que Weber siguió una línea interpretativa diferente a Marx, de lo que menos tenía era de ingenuo. Al igual que su colega alemán, Weber observó que el capitalismo prometió libertad. Cumplió en parte al liberar el pensamiento social del fatalismo religioso. Sin embargo, incumplió al engendrar, irónicamente, formas sutiles de esclavitud, tanto económica (enriquecimiento extractivo) como mental (alienación consumista y despersonalización). Todo en nombre de la eficiencia para asegurar la rentabilidad. Y así la burocracia. El funcionario alcanza una posición privilegiada al sentirse parte de la organización burocrática. Sabedor de esto, hará todo lo posible por conservar la posición. Mantendrá alta la demanda de conocimiento experto, evitará la selección por elección -aunque defenderá el mérito- y cuidará su seguridad económica. El funcionario burocrático puede llegar al extremo de cambiar su relación con el cargo, en vez de servir a este, lo utilizará para su propio beneficio. Si esto representaba peligro en el modelo ideal de Weber, imagínelo en la realidad de un país con una cultura de dudosa modernidad. Como los ídolos, de factura humana, la modernidad se vuelve contra sus creadores. Los esclaviza.

Compartiendo la razón (la lógica) burocrática, los militares de carrera -la cúpula- también defienden su posición social, reclaman privilegios, aseguran y amplían su reproducción, hacen “lo que haya que hacer” por tornarse necesarios. La propaganda consumista hace esto mismo al usar el mercadeo y la publicidad para moldear nuestros cerebros y, de esta manera, generarnos necesidades superfluas y crecientes. Los militares acuden a un medio todavía “más convincente”, han asegurado el monopolio de las armas. No se diga más. Después del conflicto bélico con El Salvador, pudo la ciudadanía hondureña haber restado prominencia a las Fuerzas Armadas, porque ya no se ocupaban tanto. López Arellano, con complicidad civil, impuso -vía golpe el criterio de unas FFAA aspirantes a convertirse en “eje decisivo del poder”, abanderado de la “actualización histórica” de la República. ¿Lo lograron? No, en parte por sus mismas incoherencias y conflictos internos. Aun con esto, la mayoría de los políticos promotores del retorno al orden constitucional, pronto retomaron el tradicional coqueteo con la entidad verde-olivo. La Constitución de 1982, de defensora del territorio y la soberanía, consagró a las FFAA como su garante (Artículo 272). Suazo Córdoba también fue harto complaciente con la demanda de privilegios de la cúpula militar, esta vez, en nombre de la “seguridad nacional”. Con Callejas y, más contundentemente, con Reina y Flores se tuvo un respiro: “un vade retro satana” (Apártate satanás) a la ambición hegemónica de la cúpula militar.

Pero aquí estamos de nuevo, bajo otra aventura verde-olivo por controlar la sociedad. Disfrutar de presupuesto creciente, copar puestos claves destinados a civiles, tornarse indispensables; todo con el uso de la delicada persuasión que infunde la sombra de un fusil. “El fin justifica los medios”, gustan decir algunos, pero ahora ¿estará la cúpula militar empleando el medio adecuado? O, esta vez, ¿serán ellos el medio? Un fantasma recorre Honduras: Certeza para unos. Hipótesis para los escépticos. Una contundente referencia común: la voluminosa evidencia recopilada y juzgada en Cortes del Norte. De allí se desprende la leyenda de un poderoso cartel que, habiendo secuestrado el Estado, junta gobernanza patrimonialista con consorcios empresariales, crimen organizado y militares. De resultar cierto ¿estaría la entidad militar jugando a la ruleta rusa? ¿No desencadenaría, tal hecho, la ira ciudadana al grado de repensar el destino futuro de los militares? A nadie deberían molestar las preguntas. Un país empobrecido necesita aclarar sus prioridades. Especialmente, cuando ostenta sendos récords mundiales de pobreza, de violencia, de corrupción, de impunidad. ¿O es que continuaremos dudando entre avanzar a la modernidad (¡Y ojo! A esta altura los ya “modernos” se sienten en la posmodernidad y algunos en la post-postmodernidad) o retroceder a la época de caudillos de cerro y bandoleros indómitos? ¿Quo vadis Honduras?

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