Breve historia de congresos y diputados ¿Padres o proxenetas de la patria?

De cuatro terribles efemérides contiguas

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

                                     a R, que lo compartió en la nube

¡Escoja Ud.! La frase célebre de un buen papa nos recordó que la vocación política -atender la obligación de un servicio público necesario- es la más elevada a que puede aspirar un hombre civilizado. El fundador de la política moderna es el legislador, Solón. Y antes que con otra cosa -salvo el foro abierto a todos- históricamente, la democracia republicana se vincula a los cuerpos representativos de ciudadanía.  A medida que la teoría (de que los ciudadanos libres se gobiernan a sí mismos por mayoría) despuntaba en comunidades más amplias, antes que Francia o USA en las ciudades italianas, Venecia y Florencia, se tornó imposible que todos los ciudadanos participaran siempre en forma presencial. 

El foro antiguo dejó de ser funcional y tomaron su lugar distintas clases de cámaras, consejos, parlamentos o cuerpos de representantes en los que la ciudadanía depositaba toda su confianza. El ideal democrático se expresaba en la rotación de los representantes, por vía de su selección al azar entre iguales, pero ahí nació el estorbo porque ¿quién te representa a ti y a mí?

En muchos países, puesto que representan la entelequia de la voluntad ciudadana soberana, los parlamentarios constituyen aún el primer poder del estado y eligen al jefe de estado, que escoge entre ellos a sus ministros. Por eso se califica de regímenes parlamentarios a las viejas repúblicas europeas, cuyos miembros forman gobierno

Por eso también en EUA se mitificó a los primeros congresistas fundadores y se les llamó padres de la patria, el mayor honor y galardón de la república. Pero ya necesariamente sus conciudadanos elegían -con base a una trayectoria conocida de éxito y honradez- a los encargados de adaptar las leyes con que se evolucionaba, y de supervisar a los otros poderes para asegurar el bien público. Y aun con un sistema presidencialista, los legisladores conservan ahí el poder de, ratificar a los funcionarios y jueces propuestos, deliberar prioridades presupuestarias, controlar apropiaciones, vigilar y equilibrar todo exceso de poder.

Aunque esa también es una idealidad. En cuanto los partidos formaron maquinarias para cooptar e inducir a los electores, la representación devino una profesión y la reelección generó una casta del poder. Entre nosotros, los caudillos procuraron asegurar su base, a través de esa nueva casta legada.

Los criterios son culturales y también evolucionan. No se esperaba lo mismo de un congresista de 1824, que hoy de un congénere suyo a inicios del s. XXI. Más en todo tiempo y lugar, teóricamente los representantes tienen que atender las demandas de electorados amplios y de la opinión pública. Y casi ineludiblemente, esas pulsiones conducen a decisiones comprometidas con intereses particulares. Nuestros diputados dejaron de representar a geografías y a personas naturales y pasaron a depender de esas nuevas corporaciones, y de sus padrinos, lo que incitó la corrupción que hoy pauta su infamia y nuestro desprecio. No es que sea una novedad. Ya había corrupción en el Senado Romano, y, fue notoriamente corrupto el parlamento en la Europa del alba del s. XIX.

En EUA, el complejo industrial-militar, la gran corporación financiera, la industria y comercio farmacéutico, tiene emplazados, en Washington, a los lobistas o cabilderos, que procuran los votos conducentes a su provecho, independientemente del interés general. Así, hace rato, en 1979, Jimmy Carter ya se quejaba de que, por medio del soborno político sin límites, el Lobby había trasmutado a los EUA en una oligarquía. En la mayoría de los países de América Latina, hoy, apenas sirven los congresos para rubricar los dictados de líderes autoritarios o grupos ocultos, a espaldas de sus ciudadanías. Y a cambio de una participación en el beneficio, ya sea por la vía de apropiarse de fondos públicos (como en la red Pandora) o por la común estrategia de recibir coimas para hacer o dejar de hacer, legislar o dejar en libertad rubros lucrativos. Se vende y se compra el poder para criminalizar, legalizar o dejar sin regular, permitir o proscribir los comercios varios, aumentar o reducir los impuestos, sancionar contratos a futuro. Se reparten o mezquinan premios, ascensos y beneficios, condecoraciones, a mansalva.

Aquí, por supuesto, la posibilidad de la corrupción es mayor, abismal, ilimitada. En Honduras, convengámoslo, la exaltada condición y prestigio del legislador están trágicamente venidos a menos, desde hace mucho tiempo.  El último escándalo es el de la manipulación –antier- y prolongación a quince años de contratos de por si ilegales para los generadores de energía, una forma legislativa de obviar las honradas subastas, para favorecer a sus padrinos. Aunque ese es apenas el más reciente de incontables escándalos, incluidos varios aún ignotos, con que se ha escrito la historia de los pasados siete congresos, que la última generación de paisanos ha seguido de cerca. Porque, con todo rigor histórico, la corrupción de nuestros diputados se remonta un siglo, al menos, a la segunda década del siglo pasado, cuando la corporación bananera que procuraba concesiones de tierras y aguas y ferrocarriles tuvieron el cinismo de denostarlos diciendo, como Z. que eran más baratos que una mula. No, por supuesto no fue igual antes, siempre, hubo momentos excepcionales: 1956, 1982, 1985 con diputados valiosos, entre los que excepcionalmente hubo valientes. Aún hay.

Con una generalización injusta, pero de pocas excepciones podría decirse, sin embargo, que son extorsionadores y da vergüenza que aparezcan como tales, en las primeras planas, los mareros, sin llevar, aparejados, a los diputados que aceptan “contribuciones políticas” y extorsionan a los empresarios, que buscan condiciones o favores, o protección para sus abusos, o tráfico de influencias, delito ya común.

Proxenetas de la cosa pública. Correas de trasmisión de los poderes fácticos, de los intereses particulares, desentendidos del bien público, nuestros representantes se han transformado en agentes criminales. Trafican con las contribuciones del crimen organizado y las de empresarios corruptos. Nuestro congreso se ha convertido, lo dice ayer el Washington Office for Latin America, en núcleo y eje de lo que S. Chayes acuñó llamando: el sistema operativo de la corrupción en el país.

Al tiempo que se ha convertido la función legislativa en trampolín para asaltar carreras políticas presidenciales que, a su vez, generan nuevas clicas y avenidas de poder corrupto. Se ha reformado dos veces para prohibir que los presidentes del legislativo aprovechen esa plataforma para lanzar candidaturas presidenciales con la inmensa ventaja de controlar los recursos públicos. Pero siempre se ha derrotado a la opinión pública, con los más inverosímiles ardides.

Con el mismo argumento de que esa prohibición prohibía su humano derecho,

  1. Micheletti primero, logró que se declarase inconstitucional. Y valiéndose de eso JOH, después consiguió que además se declarase inconstitucional la prohibición constitucional de su reelección. Nada puede detener ahora la determinación del Presi del Congreso, Mauricio Oliva, (quien insistió en reclamar inmunidad entre los pandoros y que ha sido mencionado en el Distrito Sur de Nueva York) de convertirse en el candidato presidencial oficialista. También con la connivencia de militares y banqueros, a quienes ha apoyado en detrimento del bien público. Y que, por supuesto ¡arrollaría, una vez más con la democracia!

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