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¿A qué se enfrenta Honduras hoy?

A qué se enfrenta Honduras hoy

Esta toma se lleva a cabo en el municipio de Marcovia, Choluteca, en la zona sur de Honduras.

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Alianza

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

Derecho a la insurrección y necesidad de transición

                            a mis compas, de cerca y los de lejos

Nadie puede ver la carga que lleva en la espalda, dice antiguo dicho. Y a la gente le cuesta enfrentarse a lo que tiene por delante. Lo ve, fijo lo mira, de repente ¿intuye su horror? y entonces, en aras de un supuesto extraño realismo gótico, lo niega ¿finge demencia para no salir de huida? ¿A qué se enfrenta Honduras hoy? Cuando lo que sale a flote en Nueva York es apenas un barrunto, pálido asomo, y parece condenada su ciudadanía a elegir a sus propios verdugos, dignatarios con poder de horca y cuchillo. No es meramente jurídico ni un problema personal, es de país.

El dictador se refugia en el bunker de su torre, mientras sus enviados viajan a las catacumbas de Washington, a reafirmar su lealtad y suplicar clemencias y recursos. El PIB retrocedió -no 10% como alegan círculos oficiales- sino más de 15%, este año pasado a causa de la pandemia, las cuarentenas y las tormentas. No hay ningún indicio de que ese retroceso se vaya a recuperar en un plazo razonable, puesto que no hay la inversión nacional que se requeriría, pese a que los empresarios defienden al statu quo; ni mucho menos de capital extranjero, que no va a venir a esta Tierra de Narcos. De ahí la desesperación indigna del gobierno por conseguir, sin decir dónde está el dinero de antes, que le den los gringos, la alícuota parte de 4 mil millones de dólares prometidos, supuestamente para un Plan de Reconstrucción, que se ha hecho a nuestras espaldas y de los afectados, quienes no encuentran empleo, y huyen por miles de zonas en que el gobierno ni siquiera ha empezado a reconstruir las obras de mitigación a dos meses de la temporada de huracanes.

Ante la tercera ola del Covid, el gobierno de Honduras no termina de aplicar la vacuna regalada a médicos que a diario enfrentan cargas virales masivas, mientras los la vecindad, que obtuvieron el fármaco a tiempo, avanzan con la vacunación y los países ricos, vacunan aun a sus visitantes. Y quienes pueden -de los nuestros- viajan a vacunarse donde puedan, según, a EUA o El Salvador…. A nadie debería sorprender la trampa de las elecciones ni la atonía del estado. A estas alturas, todos entendemos que, en los albores del siglo XXI, Honduras fue tomada por una hermandad política criminal que dio un golpe en 2009, y con apoyo extranjero se quedó en el poder, que sus sucesores utilizan para su lucro y protección, de espalda a toda ley o interés público.

Sin embargo, la mera alusión a la insurrección que la ley nos garantiza ante la falta de legitimidad, les parece peligrosa, y hasta la mención de la desobediencia civil, despierta un ardoroso celo oficial. Y los corifeos del poder amenazan a quien invoca esos derechos, con acusarnos de traicionar a la patria a la cual ellos han pisoteado, transgrediendo la ley primaria, usurpando funciones, saqueándola y rematándola en pedazos al mejor postor, al tiempo que dan la espalda a las urgencias más elementales del pueblo pobre. Que huye del hambre y la peste, la devastación y la desesperanza, aunque sea hacia desiertos ajenos y ríos tormentosos en el novel peregrinaje interminable de los inocentes.

Hay que despejar un problema semántico, y de traducción. Para los estadounidenses, que no se preocupan de estas entelequias, por insurrección se entiende un tumulto anárquico, que expresa un capricho pasajero e irracional.  En Washington, se usó así ese término infamado, a propósito del motín del 6 de enero pasado, que quiso abortar la certificación parlamentaria de la elección de Joseph Biden como presidente. Se dijo que involucraba violencia contra terceros y se satanizó el concepto, confirmando -al contradecirla- la veta autoritaria que le imputaban a D. Trump.

Pero la insurrección es un fundamento civilizatorio. El caos no admite insurrección. Si el orden político se funda sobre el cimiento de una ley, el incumpliendo de esa obligación por el poder constituido, obliga a refundarlo. Teóricamente, en la tradición latina, la insurrección, se consolida con prístina claridad como un derecho universal de los pueblos, en el pensamiento político de los Padres de la Iglesia, durante el Alto Medievo, se reivindica contra la monarquía absoluta en la Ilustración Europea (Voltaire, Locke), y la propia estadounidense de T Paine. En la China, desde la antigüedad, se acepta el derecho del pueblo gobernado a desobedecer y alzarse contra el poder imperial, cuando este pierde su unción, al darle la espalda al pueblo desentendiéndose de sus necesidades. Así lo dice Mencio y también lo sublimizan los confucianos. E igual, varias veces en su historia, esos principios han sustentado grandes movimientos sociales y cambios políticos y dinásticos. No la inventaron, esos puetas, constituyentes del 82. Forma parte del derecho constitucional hispano desde 1812, cuando se formaron hace doscientos años, las Juntas que nos emanciparon.

Hoy, cuando se está a punto de certificar sin más, la fallida elección del 14 de marzo, la insurrección es el único recurso que queda ya para restablecer un orden constitucional; luego de que, para asegurarse su blindaje y control, la mano peluda del oficialismo ha corrompido el arbitrio de elecciones con un fraude atroz, rehusándose a instaurar las condiciones mínimas de expresión democrática, de respeto al voto y a la abstención.

Y se han posicionado para cooptar el proceso eleccionario viciado que culminará el próximo noviembre. Con todas las incógnitas (imposible augurar quién ganaría la debilísima, frágil, presidencia) salvo una, porque a la vista está, que, si se celebran comicios bajo el actual régimen, con las mismas reglas, esa misma cínica e impávida clica política criminal, refrendará su control del primer poder del Estado. Y desde ahí de la ley, La Corte, La Fiscalía, la Procuraduría, el Tribunal Superior de Cuentas y todas las demás autoridades que ese Congreso deberá elegir a días de su inauguración.  El Pacto de impunidad ante todo reeditará el régimen, de modo que el siguiente gobierno sería, disculpen, sin importar donde queden Juan, Salva, Yani ni Mel, una continuidad perfecta del actual.

¿Podría un nuevo mandatario, luego de superar el fraude montado, cancelar ese poder parlamentario golpista, y convocar a una Constituyente? ¿Podrá el gobernante electo organizar un gobierno eficiente, capaz de resolver las urgencias del país, si continúa el régimen de impunidad y corrupción? La suposición es un absurdo, un autoengaño colosal. Podemos, para conveniencia y comodidad de algunos, continuar por esta ruta suicida; pero el único camino a un cambio real, es la insurrección, que solo pueden legítimamente organizar las fuerzas democráticas y representativas del pueblo y la ciudadanía, lo que, inevitablemente requerirá de una transición. Es ser o no. Atrévase a entenderlo amigo y vamos p´alante. Nos juntamos para dar el siguiente paso. ¿O nos quedamos quietos, hipnotizados por la mirada de la bestia, para su morboso entretenimiento en el siguiente acto brutal del circo?

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