¿Una nación de enemigos?

 

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

Sin signos de interrogación, ese enunciado también es el título de una monografía del politólogo estadounidense A. Valenzuela, también asesor presidencial de gobiernos demócratas, que describe el Chile posterior al golpe de y bajo Pinochet. Herencia de una represión brutal, del miedo y de la conceptualización ideológica de la historia.

En Honduras que -como dice el gremio de ese académico- es un país conservador, tradicionalista, no hubo ejecución atroz por millares, ni una persecución de la misma intensidad, luego del golpe de 2009.

Sí hubo una movilización popular masiva de protesta que se prolongó con centenares de muertos, sin tregua, hasta que Pepe Lobo negoció en Cartagena. Y, toda proporción guardada, el golpe –que económicamente, fue más dañino que el Mitch y que la pandemia- nos heredó una conciencia de conflicto de clases, cuya división antes apenas percibíamos, y que no condicionaba nuestro accionar político. El 2009 transparentó las contradicciones, y no solamente entendió su dilema el pueblo llano, también se alineó la oligarquía en ese enfrentamiento. Sin sentimiento -que no soy sentimental- recuerdo en ese momento al tío Jorge, diciendo que yo era un traidor a mi clase social, como se dijo de Mel.

Después de los reclamos contra el olvido pretendido -en ese sentido- de los líderes populares Tomás Andino y de Rafael Alegría, Efraín Díaz Arrivillaga nos recordaba el caso chileno. En una reunión reciente, en la que una vez más afloraron esas diferencias que están ahí, que no conviene ni es posible negar o encubrir. Pero que es preciso calibrar en forma estratégica. La respuesta del pueblo hondureño contra el golpe fue masiva y contundente, y se reeditó cada vez que el fraude frustró la voluntad popular de cambiar al régimen en 2013 y 2017. Más ha sido insuficiente para botarlo.

Valenzuela recordaba en su libro bien documentado y conmovedor, que mientras persistieron aquellas enemistades no se podía, en Chile, organizar una resistencia eficaz, capaz de derrocar la dictadura de Pinochet. Que aunque estaban muy debilitados, no se podía ignorar a gremios y partidos, y estos no se podían aliar contra el régimen mientras seguían divididos, por sus orientaciones y memorias estereotípicas.

Está claro que aquí sucede algo análogo, aun con el Movimiento Popular masivo que estaba avanzando en su reclamo antes del golpe, y que ha venido de más a menos después. Habrá quien persista en una óptica rosácea. Si somos pragmáticos, hay que aceptar que no se pudo. Once años después, como el dinosaurio, La Resistencia todavía está aquí. No es cuestión de novedades.

Antes de la corrupción de Invest-H estaba la corrupción de Pandora y antes de esa, estaba la del Seguro Social. Antes de los muertos del Covid-19 estaban los del dengue y los de las manifestaciones. Antes de las revelaciones sobre Tony estaban las de Lobo en Olancho, los cárteles cachurecos de Urbina en Yoro y de Ardón en Copán, los mineros de Tocoa. No se necesita más.

Entiendo por qué, la gente que sufrió la persecución por su resistencia puede estar reacia a colaborar con quienes defendían la represión. Es sencillo. Hay un trauma. Los traumas solo se superan enfrentándolos.

También tengo claro que cuando entendemos el origen de este régimen en el golpe como un retroceso, sabemos que no se puede obviar el dilema planteado en aquel entonces, el imperativo de un nuevo pacto social, incluyente, una carta magna que de verdad sea capaz de integrar a una nación diversa y compleja, la que, a veces, se quiere subsumir con mera retórica nacionalista o patriotera. ¿Qué se precisa para superar el trauma con un sentido de proceso? Pues, ¡justamente, una dictadura sin vergüenza ni medida como la actual de JOH! Que tiene salvaguardas y anclajes, sus paniaguados y sus beneficiarios múltiples.

Creo también entender la mala conciencia vergonzante, y que la gente de la clase dominante se sintiera a mediados del 2009 amenazada por la deriva del proceso político. Que le buscaran pretextos al golpe. Porque todo reino se siente amenazado cuando pierde poder. Y pocos renuncian voluntariamente al privilegio. Mientras no se convencen de que sirve para amparar corruptelas, resulta contraproducente y frustra el avance de la integración, que nos puede dar paz social. ¿Qué se necesita para que eso ocurra? Un liderazgo nuevo. Que coincidamos en un programa mínimo.

No es –entonces- cuestión de confusión de clases, ni de egos, ni de ocultamientos. No se precisa fingir. La historia verdadera seguirá siendo la misma después. Pero hay derecho al arrepentimiento, y una funcional obligatoriedad del perdón. No es que ambos lados tengan la razón, sino que hay que juntar a quienes entienden el imperativo de detener el continuismo de JOH, del PN y del modelo que han impuesto. No lo puede ofrecer por sí ninguno de los partidos en particular, somos nosotros quienes tenemos que plantear a los partidos de oposición ese imperativo.

Los procesos internos de los partidos continúan. Adelante. Detenerlos no es nuestro proyecto ni acaso está en nuestras manos. Tengo amigos en casi todos los partidos sustanciales de oposición, unos más listos que otros, aquellos más honestos que los terceros. Tengo compromiso -en mi propio partido- con la pre candidatura de Xiomara a quien admiro y he descrito como la opción moral.  (A nadie he escuchado que ofenda, aunque sobra quien la quiera ofender a ella.) Pero saco mi quipu y no me dan los nudos, y luego el ábaco y después mi regla de cálculo, linear y circular, y ya de perdida, mi calculadora computarizada y no me sale la aritmética, ni cuadra. Ningún opositor gana por sí solo. La oposición dividida pierde en todos los escenarios. Por eso nos tienen así, y aquí contribuimos a la división con los insultos y las fantasías sobre el líder predestinado, las de los fans y las del propio ego, monstruo narcisista.

Si queremos avanzar. Si queremos sumar las causas, reunir las banderas, agregar las fuerzas, juntar los discursos, avalar la idea fuerza que tiene que posesionarse de la imaginación de la gente, para ganar, tenemos que aliarnos. Es sencillo, los partidos y las organizaciones sociales de distintos sectores. Los negros todos estaremos ahí, y los blancos.

Se van a quedar por fuera algunos, siempre sucede, un par de estos y otro de aquellos. Esos, definitivamente no cuentan, ni van a contar después.

Un comentario en “¿Una nación de enemigos?

  • el octubre 13, 2020 a las 8:20 am
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    Señor periodista que tristeza que decepción haberme enterado que apoya la candidatura de Yani Rosenthal, increíble, ni mi abuelita que no sabia leer y escribir lo haría.
    Y usted con toda la capacidade e inteligencia, con todos los libros que ha devorado se atreve, y se dice que hasta darle la bienvenida fue.
    Con razón nos llamamos Honduras, estamos hundidos con la gente como usted al apoyar semejante adefesio.

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