
Por: Glenn Flores*
Hay ciudades que se parecen a las personas que las habitan, y La Ceiba se parecía a Guillermo Anderson. Ruidosa sin aspavientos, generosa sin calcular, con ese olor a mar y a mercado que no te pide permiso para meterse en la memoria. La primera vez que lo visité allí a Guillermo fue en la víspera de la Feria de San Isidro, cuando la ciudad entera ardía con una alegría que parecía fabricada en las entrañas del Atlántico.
Anderson me esperaba en una casa de madera pintada de azul deslavado, en un barrio donde los mangos crecían sobre los techos de zinc como si el árbol y la lámina hubieran hecho un pacto antiguo. Tenía en la mano una taza de café negro y una hoja llena de versos a medias. No era hombre de saludos ceremoniales. Señaló una silla de mimbre y dijo, sin preámbulo con su voz caribeña: «Fijáte que esta canción no me quiere salir.»
Nos sentamos a trabajar en ella, o más bien a escucharlo a él, porque Guillermo no componía en silencio sino en voz alta, probando cada verso como quien muerde una fruta para saber si ya maduró. Cantaba un fragmento, lo dejaba caer, meneaba la cabeza, probaba otro. En algún momento de la tarde sacó la guitarra y tocó algo que todavía no tenía nombre, una melodía lenta con reminiscencias de punta que se enredaba con algo parecido al blues. Le pregunté en qué categoría metía eso. Se quedó pensando más tiempo del que esperaba. «En la de Honduras», respondió, y no agregó nada más.
Esa noche fuimos al malecón. La Ceiba de noche durante la feria es un organismo vivo que respira por miles de bocas a la vez. Guillermo caminaba sin que nadie lo reconociera al principio, con esa capacidad que tenía para disolverse en la muchedumbre cuando le convenía, aunque su estatura y aquellas manos enormes lo delataban tarde o temprano. En algún punto entre un puesto de baleadas y una marimba que tocaba sin que nadie la escuchara, una mujer mayor lo tomó del brazo. Le habló en garífuna durante un minuto largo. Él respondió en el mismo idioma, con una fluidez tranquila, como quien conversa en su propio patio. Cuando la mujer se alejó, yo no dije nada. Él tampoco. Pero algo había cambiado en su cara, un peso bueno, de los que no agobian, sino que anclan.
La segunda anécdota que guardo de esos días ceibeños ocurrió en el camerino de un teatro de paredes descascaradas donde iba a dar un concierto para estudiantes universitarios. El espacio era tan angosto que la guitarra y las personas apenas cabían. Había un muchacho, estudiante de primer año, que se había colado con el pretexto de ayudar con el equipo de sonido. Cuando Guillermo lo descubrió afinando su guitarra con demasiada confianza, en lugar de sacarlo le preguntó cuánto sabía de música. El muchacho, colorado hasta las orejas, dijo que nada. Anderson le puso la guitarra en las manos y le mostró tres acordes. Después le dijo: «Ya no es nada. Ya es algo.»
Esa frase me persiguió durante años, no porque fuera filosófica sino porque era exacta. Guillermo Anderson tenía esa capacidad de los grandes maestros, la de reducir lo complejo a lo verdadero sin que se notara el esfuerzo.
Lo último que recuerdo de ese viaje fue el concierto mismo. Cantó El Santo Negro, cantó Así te quiero, cantó cosas que el público tarareaba desde antes de que empezaran. Pero lo que me quedó grabado fue un momento entre canción y canción, cuando alguien desde la oscuridad del teatro le gritó que cantara algo nuevo. Guillermo sonrió, tomó agua, y dijo con esa voz nasal que parecía venir de algún lugar más profundo que la garganta: «Todo lo que canto es nuevo. Depende de quién lo escuche.»
El teatro se detuvo un instante antes de aplaudir.
Sigo pensando en ese instante. En la hoja con versos a medias que dejó sobre la mesa de mimbre. En la mujer garífuna que lo reconoció sin necesitar su nombre. En el muchacho con tres acordes recién aprendidos, que salió de ese camerino siendo ya algo.
Hay artistas que llenan estadios y hay artistas que llenan el tiempo. Guillermo Anderson fue de los segundos, y eso, a la larga, dura mucho más.
*Articulista libre





