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Por: Rodil Rivera Rodil

En los años veinte del siglo pasado, el rebelde hijo mayor de una prominente familia de los círculos políticos y sociales de nuestro país fue enviado a estudiar a una prestigiosa universidad de Londres, en la Inglaterra de Jorge V, aún con resabios victorianos. Al poco tiempo, se vinculó sentimentalmente con una agraciada señorita de la sociedad londinense y transcurridos algunos meses ella y su familia lo requirieron para que se comprometieran y posteriormente se casaran. El joven, con la ligereza propia de su carácter, no puso ningún reparo en acceder al compromiso que tuvo lugar en una ceremonia tan solemne como sería la boda misma.

Llegados a este punto, conviene aclarar que los compromisos o convenios prematrimoniales, más correctamente denominados “esponsales de futuro”, conllevaban en aquellos tiempos una sagrada promesa que solo podía romperse por mutuo consentimiento, por impedimento que la volviera imposible o por causa de muerte. Y su incumplimiento acarreaba, además, la indemnización de daños y perjuicios y, por supuesto, un irreparable estigma para el infractor.

No tardó mucho nuestro joven en cobrar conciencia de la gravedad del paso que tan irreflexivamente había dado, por lo que, con el pretexto de que debía obtener la autorización de sus padres, abordó el primer barco que salía para América y se regresó a Honduras. Como pasaba el tiempo sin recibir noticias suyas, angustiada y segura de que algo grave le había acontecido, su futura esposa apeló al “Foreign Office”, el ministerio de relaciones exteriores de Gran Bretaña, a fin de que, por medio de su embajada en Tegucigalpa, se indagara su paradero, y por supuesto, en el caso de que hubiese desistido del compromiso, fuera demandado ante los tribunales hondureños para obligarlo a su inmediata ejecución.

Muy pronto el embajador inglés le informó que su flamante novio se encontraba en nuestra capital gozando de excelente salud y disfrutando de lleno de su juventud y soltería. Y en cuanto a la obligación contraída en Londres, la mala noticia era que en Honduras la ley no solo no reconocía los esponsales de futuro, sino que expresamente establecía que “ningún Tribunal admitirá demanda sobre la materia, ni por la indemnización de perjuicios que ellos hubieren causado”.

Presa de la mayor indignación, la agraviada tomó la resolución de vengar su honor hundiendo en la deshonra a su ex novio por el resto de sus días, con cuyo propósito le envió el siguiente cablegrama: “You are not a gentleman” … Muchos años después, un querido amigo mío, descendiente suyo en línea colateral, me relató que el asombro y la sonrisa tardaron muchos años en borrarse del rostro de su pariente.

Pues bien. Lo narrado me vino a la memoria con la tan esperada lista Engel y las otras similares que ha publicado el Departamento de Estado de los Estados Unidos. A los mencionados en estas, a semejanza del protagonista de mi historia, no se les ha visto muy preocupados. En efecto. Perder la visa, por ejemplo, ya no provoca el pánico o la vergüenza que antes despertaba en las élites hondureñas. Y menos los debe asustar que a los funcionarios norteamericanos que vienen a Honduras les pueda prohibir que se fotografíen con ellos.

Hoy son tantos los políticos y empresarios a quienes les quitan y al rato les vuelven a dar las visas que ya no les hace ninguna mella. Hasta se ufanan de ello. En el 2006 o 2007, Rafael Leonardo Callejas me contó que nunca podría volver a ser presidente de Honduras desde que “los gringos le habían quitado la visa”. Y estaba en lo cierto. A nadie privado de este requisito se le habría ocurrido en esos días postularse para el cargo. Pero escasos años más tarde, se percató de que ese inconveniente ya no tenía mayor importancia y no vaciló en retomar sus aspiraciones presidenciales.

De otra parte, la diferencia entre los señalados en la lista de cada uno de los países del Triángulo Norte es tan marcada, por no decir sospechosa, que el presidente Bukele se ha burlado de ella. Y no deja de tener razón, pues mientras los de El Salvador son cercanos amigos y colaboradores suyos, en lo que toca a Honduras, inexplicablemente, no aparece el presidente Hernández, a pesar de las varias denuncias en su contra formuladas por la fiscalía de Nueva York, ni casi ninguno de sus más allegados funcionarios y diputados.

Según algunos analistas, el presidente Biden no va a ir más allá de divulgar esas solo mediáticas listas porque está esperando el cambio del régimen hondureño. Y que hasta entonces hará algo verdaderamente eficaz con respecto a la corrupción. ¡Bah! ¿Es que acaso la embajada o alguno de los agentes de la CIA que pululan en Honduras no le ha informado a Biden o a Ricardo Zúniga que hay posibilidades de que el gobierno de Juan Orlando, con o sin él, se quede en el poder por otros cuatro años más por lo menos?

Con todo, la lista Engel tiene el mérito de llevar implícita una fuerte acusación contra Juan Orlando y contra el Poder Judicial, Al primero, por haber ordenado que fueran declarados inocentes una buena parte de los que se hallan en la misma a sabiendas de que eran culpables. Y al segundo, por haber renunciado a su independencia mancillando uno de los atributos fundamentales de la democracia cual es la separación de poderes. Siendo benévolos, pues, quizás podamos ver en esa lista una pequeña retribución de Biden por la intolerable intromisión de su antecesor en nuestros asuntos internos para imponernos el continuismo de JOH durante las fraudulentas elecciones del 2017.  

Entiendes ahora, Fabio, por qué las únicas listas de corruptos que tendrán el valor que queremos serán las que elaboremos nosotros los hondureños cuando acabe esta pesadilla.

Tegucigalpa, 7 de julio de 2021.

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