Noticias Destacadas|Opinion

Reflexiones sobre la pandemia (48)

Compartir

 

Por: Rodil Rivera Rodil

Al entrar el pasado año la pandemia del coronavirus en sucesivas olas y aumentar exponencialmente su propagación, y con ella los contagios y los muertos, se hizo evidente que los estragos en la economía mundial iban a ser mucho mayores de los previstos originalmente. Se abrió paso entonces la idea, sobre todo en Europa, de que una de sus inevitables consecuencias sería el debilitamiento casi insuperable del neoliberalismo, si no su definitiva debacle. Ello porque, entre los mil y un males que este ha traído consigo, no puede ser más evidente su total responsabilidad en el desmantelamiento y privatización de las estructuras sanitarias desde su implantación en casi todo el planeta en la década de los ochenta del siglo pasado.

Lo anterior explica que en cuanto se vislumbró la salida de la emergencia con la llegada de las vacunas, los neoliberales se lanzaran a una feroz campaña para frustrar todo intento de cambiar este inhumano modelo económico. Así, los partidos de la derecha y la extrema derecha se empeñan en ignorar su rotundo fracaso y seguir proponiendo soluciones basadas en la “magia del mercado” y en su espurio retoño la “teoría del derrame”.

Esto es, la rebaja de los impuestos a las grandes empresas para que, supuestamente, generen más empleos y más riqueza, tanta que esta se les salga a raudales de los bolsillos de sus dueños y se derrame sobre el resto de la población. La experiencia de cuarenta años ha probado hasta la saciedad que esta seudo doctrina económica no ha sido otra cosa que una estafa para incautos, pues en la práctica solo ha conducido a incrementar la riqueza particular de sus accionistas.

En Ecuador, para el caso, el nuevo presidente, Guillermo Lasso, parece que no aprende de la lección que dejaron las protestas populares en Costa Rica, Colombia, las que comienzan en Brazil ni, mucho menos, el gran estallido antineoliberal que vive Chile, al que toda América Latina debe prestar atención, y se propone insistir en la misma trillada fórmula de reducir los impuestos corporativos en busca del famoso “derrame” económico. Daniel Zovatto, director regional para América Latina y el Caribe de IDEA Internacional, organización independiente que estudia la democracia, ha declarado al respecto:

Hay que ver qué fórmula busca Lasso para conseguir recursos, si va a cumplir o no con el Fondo Monetario. Después del efecto Colombia, sería un suicidio político si Lasso quisiera ir por una reforma tributaria en esa línea. Y agrega: “Los mandatarios que entiendan que en América Latina la población clama por un nuevo modelo económico son los que tienen mayores posibilidades de sobrevivir a una carrera política. Hay que tener un grado de entendimiento más fino porque seguir empujando el mismo modelo ya no es viable”.

Pero el neoliberalismo, cuya rapacidad no tiene fin, también se ha propuesto sacar el máximo provecho de la pandemia. La inflación que comienza a abatirse sobre la economía mundial obedece en gran medida a que las grandes corporaciones, sobre todo de centros comerciales y supermercados, han decidido recuperar las pérdidas sufridas durante la pandemia incrementando los precios sin tasa ni medida llevándose de encuentro sin ningún miramiento tanto a los consumidores como a los comercios de todo tipo que arriendan sus locales. 

La Unión Europea, por su parte, continúa oponiéndose a la suspensión temporal del sistema de patentes de vacunas, y aún más a su abolición, con el único fin de mantener la privatización de los sistemas sanitarios y, por supuesto, los fabulosos beneficios que están obteniendo las transnacionales farmacéuticas con las vacunas, a pesar de que no invirtieron prácticamente nada en su diseño, desarrollo y producción, pues la mayor parte del costo del proceso corrió a cargo de los Estados. En palabras de un experto:

Si hay vacunas, no es gracias a las empresas mencionadas (Astra Zeneca, y en gran parte, Pfizer, Moderna, Johnson & Johnson) sino a las grandes sumas de dinero público inyectadas por los Estados en el sector (hablamos de decenas y decenas de miles de millones de dólares). El escándalo aquí es que las empresas se han embolsado todo y, sin ninguna inversión importante, ya han obtenido miles de millones de beneficios para repartir entre sus accionistas, sin que los Estados y los ciudadanos cuyo dinero público se ha vertido en las arcas de las multinacionales, hayan obtenido ningún beneficio económico directo a cambio. Los Estados han gastado y siguen gastando y las empresas siguen obteniendo beneficios”.

A lo anterior cabe agregar la profunda desigualdad que se ha observado en su distribución. De acuerdo con el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, “Más del 75% de todas las vacunas se han administrado en solo 10 países. «Un pequeño grupo de países que fabrican y compran la mayoría de las vacunas del mundo controlan el destino del resto del mundo».

Y mientras esto ocurre en el ámbito internacional, en nuestro país afrontamos el terrible fracaso de la vacunación que, como en todas partes, es, literalmente, de vida o muerte para los hondureños tanto como lo es para la economía. Y, por si fuera poco, nos enfrentamos, a la vez, al supremo riesgo de la continuación en el poder del gobierno neoliberal y corrupto que a punta de fraude nos impuso JOH desde hace cerca de una década.

Pese a los anhelos de la gran mayoría de la población, no pudo concertarse la alianza de la oposición para los comicios generales de noviembre. Creo que los dirigentes de los partidos pasaron por alto, entre otras cosas, que en política, si bien deben tener cabida en una justa medida las consideraciones morales, mucho más lo tiene, querámoslo o no, la imperfecta naturaleza humana, esa endiablada mezcla de pasiones que gobierna nuestro comportamiento.

Maquiavelo fue, quizás, el primero en captar esta insoslayable realidad como consecuencia de los magros resultados que le deparó su primera misión diplomática ante la astuta condesa Catalina Sforza, soberana del pequeño Estado de Forli. En palabras de uno de sus biógrafos: “El embajador recibió en esta oportunidad otra enseñanza esencial para su formación política. Que tenía razón el viejo Cosme:No es con pater noster” como se gobierna bien un país”.

Con el fiasco de los políticos, toca a las bases de los partidos, a los indecisos y a los sin partido enmendar la falla y sumar votos para derrocar la dictadura. La implacable lógica de los números que arrojan las elecciones del 2013 y del 2017 dicta que la ciudadanía, al margen de las preferencias partidarias, deberá volcarse a votar, al menos en el nivel presidencial,  por el Partido Libertad y Refundación por el simple pero incuestionable motivo de que es el único con posibilidades de derrotar al juanorlandismo, ya que cuenta con el mayor caudal electoral de la oposición, cerca del millón de sufragios, contra un poco más de 600 mil del Partido Liberal  -que podrían ser menos si Luis Zelaya persiste en su respaldo a la alianza de Nasralla con el Pinu-  y la cual, a mi juicio, no puede esperar mucho más de 400 mil.

Y aunque en lo personal soy contrario al llamado voto cruzado, en la actual coyuntura lo considero imperativo. Nadie, que se precie de ser buen hondureño, debe votar por los candidatos de cualquier partido que, siendo diputados, apoyaron la salida de la MACCIH, las ZEDES, el nuevo código penal y las demás leyes antipatrióticas y para la impunidad y la corrupción que aprobó el Congreso Nacional durante este nefasto régimen. O dicho más claro. Por los que vendieron su alma y sus votos a Juan Orlando Hernández. Y que es seguro que volverán a hacerlo.

Tegucigalpa, 1 de junio de 2021.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

El comentario no puede estar vacío
Por favor rellene el usuario
Es necesario escribir un correo válido

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.