Opinion

Nueva constitución: La tentación latinoamericana

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Por: Guillermo Serrano

Columnista invitado

A las protestas callejeras y a los desencuentros políticos entre parlamentos y poderes ejecutivos, la primera salida de los países es escribir una nueva constitución política. Que busca reescribir, en realidad leyes y reglamentos que satisfagan intereses y deseos de reivindicación que no se han escuchado antes.

Salarios justos, sistemas de salud que cubran las necesidades de todos, jubilaciones dignas, reformas judiciales que busquen en una forma efectiva castigar la corrupción y a los corruptos. Hay otras peticiones, además: conservación del planeta, utilización inteligente de los recursos naturales y que el dinero de lo que se exporta se quede en casa…

Todo suena muy bien, excepto que los gobernantes tienen una segunda agenda: modificar de tal manera la carta magna, que les permita quedarse en el poder o por lo menos asegurar la continuidad del partido político en el poder y de su “delfín” o “tapado” (aquel elegido que tendrá el poder, aunque carezca de las habilidades necesarias para el puesto).

Si tomamos como ejemplo la Carta Magna de Inglaterra, adoptada en el año 1215, declara en su primer artículo “que el rey Juan sin Tierra de Inglaterra se compromete a respetar los fueros e inmunidades de la nobleza y a no disponer la muerte ni la prisión de los nobles ni la confiscación de sus bienes, mientras aquellos no fuesen juzgados por ‘sus iguales’”.

Por su parte, el artículo 1 de la Carta Magna del Paraguay, establece que «La República del Paraguay, es para siempre libre e independiente. … La República del Paraguay adopta para su gobierno la democracia representativa, participativa y pluralista, fundada en el reconocimiento de la dignidad humana”.

En los Estados Unidos Mexicanos “todas las personas gozarán de los derechos humanos reconocidos en esta Constitución y en los tratados internacionales de los que el Estado Mexicano sea parte, así como de las garantías para su protección, cuyo ejercicio no podrá restringirse ni suspenderse, salvo en los casos y bajo las condiciones que esta Constitución establece”.

Hemos tomados estos tres ejemplos para establecer un hecho fundamental: ninguna constitución o carta magna de ningún país le da carta blanca a los que gobiernan para eternizarse en el poder. Todas ellas se centran en los derechos del individuo que forma parte de una nación para defender sus derechos humanos y la protección que, ellos, como personas, necesitan y que debe garantizarse.

Pero claro: algunos presidentes o primeros ministros se creen los elegidos “por la divina providencia” (como los declaraba un dictador de tristes antecedentes) para dirigir los destinos de la nación porque sin ellos viene el desorden y el caos. Lo más triste es cuando los electores (el pueblo con derecho a voto) se lo creen y los eligen, sabiendo o intuyendo que la fantasía ronda por la imaginación de los que los gobiernan es solo eso: fantasía.

“¿Por qué se sublevan las naciones, y en vano conspiran los pueblos?” Esta es la pregunta de un texto antiguo de la Biblia, cuando había anarquía y cuando gobernantes y gobernados buscaban su propio interés. Y el cuestionamiento busca las motivaciones que se anidan en el corazón y en el alma de todo individuo que procura una satisfacción que, al decir de los Rolling Stones, “nunca encuentra satisfacción, aunque aquella se busque…”

Los electores, es decir, los que votan, tienen la oportunidad de cambiar muchas cosas en la nación, pero ese cambio solo será posible, cuando los ciudadanos se informen y cuestionen aquellos programas políticos que no tienen asidero ante las posibilidades y los recursos de un país. Hay que cuestionar no solo los programas, sino también a los que presentan esos programas. Quizá entonces, los electores se ganen el respeto que se merecen.

(guillermo.serrano@ideasyvoces.com

 

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