Moralejas ilustradas de la historia total de las pandemias, y la incógnita

Los guarismos y la política de la peste en Honduras

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

Foto portada: wikimedia commons

  A Argueta, para pensar en mañana y combatir errores

El Coronavid 19 va a repercutir profundamente en nuestro devenir aunque no sé exactamente cómo, aparte de empobrecer a muchos, mientras enriquecen unos pocos. Antes hay que sobrevivirlo. Confío se pueda. Aún estamos aquí, pese a la evidencia de pandemias desde el Neolítico, cuando el primer hombre empezó a desplazarse y se insertó en un sistema sociobiológico. Un colega valiente ha usado los restos de una tumba apestada en una cueva de entonces en Europa para explicar un despoblamiento centenario posterior. Ojalá tampoco llegue a tanto.

Hay noticias escritas de las pestes en los albores de la civilización. La antigua escritura hebrea registra, como se sabe, las epidemias causadas a los egipcios, supuestamente por el dios de Moisés. La arqueología egipcia ha recuperado evidencia de que hubo peste bubónica en el Egipto imperial, que comerciaba con la gran Mesopotamia y acaso más allá, con el Indus.

A inicio de nuestra era varias epidemias llevaron los nombres de los emperadores reinantes en Roma, que expandieron grandes formaciones políticas y redes de intercambio a larga distancia, incluso con China, la que se decía que era la tumba del oro romano. Marco Aurelio Antonino murió en 180 AD, de la llamada Peste antonina. Ya entonces, las epidemias afectaban a las áreas comunicadas, por mar, de modo que, por ejemplo, al mismo tiempo cundía la peste y la mortandad en Cartago, en Roma y en Tebas, Egipto, los puertos más populosos del imperio. Una oleada de brotes llamados la Plaga de Cipriano (por el obispo de Cartago que la describió e interpretó como fin del mundo) fue tan devastadora que, en su peor momento, hacia el 270 AD mataba a 5 mil personas por día en Roma, incluyendo a dos emperadores mas. Al mismo tiempo que se incineraban masivamente cadáveres -antes recubiertos de cal viva- en Tebas. Se replicaron luego varias oleadas. Y el Imperio se vio severamente dañado de modo que, con sus ejércitos diezmados, Justiniano no pudo restaurar su control del Mediterráneo y, en la siguiente generación, Roma no pudo defenderse contra las invasiones que la desarticularon.

Varias obras de la antigua literatura griega se fundamentaron en la memoria de grandes epidemias. En el Edipo Rey de Sófocles, la esfinge instaura la plaga como castigo porque estaban impunes varios asesinatos y un incesto en la casa real de Tebas. Siglos antes, Tucídides había descrito como una epidemia mortífera, supuestamente proveniente de Etiopía, atacó en el 428 AC a Atenas, que quedaba así debilitada al inicio de la Guerra del Peloponeso, la cual perdería veinte y cuatro años más tarde. Las noticias de las pestes en la antigüedad romana se repiten hasta el siglo quinto. En el Séptimo siglo se registra la peste que precedió el triunfo de los guerreros musulmanes, que conquistaron el Medio Oriente, después el Norte de África y la Península Ibérica. Pareciera que el gran dominio musulmán de cierta forma aisló a Europa, y la protegió de nuevas epidemias entre los ss. VIII y XI. Aunque el registro es deficiente.

Las epidemias eran enfermedades nuevas, de las que no había un archivo o conocimiento acumulado y los médicos eran los primeros en morir. Los relatos de la Peste negra, bubónica venida también del Asia menor en los siglos XIII y XIV, culparon de ese mal al judío. Aunque quizás tuvieron más culpa las cruzadas cristianas que reestablecieron el comercio de caravanas con Oriente en las que, a lomo de camello y en el pelambre de las ratas del barco costanero, viajaba la enfermedad a los puertos europeos. Los especialistas dicen que la mortalidad de la Peste Negra estuvo asociada 1. al final del feudalismo en el Occidente de Europa, 2. a una nueva tecnología y productividad después de la crisis agrícola, 3. el despegue de una novel urbanización, 4. la decadencia del Sacro Imperio, 5. el nacimiento de los primeros estados nacionales y acaso 6. una modernización cultural. Mientras que, aunque no entendían bien cómo, a base de contagiarse y generar anticuerpos, que era la única forma, los sobrevivientes europeos domesticaron a la varicela y al sarampión, que devenían enfermedades infantiles.

Sin que desaparecieran nunca las ideas míticas (aquí están aún, en forma de teorías conspiratorias, son parte del delirio ideológico) con el humanismo renacentista y la nueva sistematización del conocimiento, empezamos a entender mejor las pestes, los vectores y contagios. El registro se vuelve más confiable. Y en sus viajes de descubrimiento, españoles y portugueses, antes que ingleses y holandeses, primero llevaron los contagios que producían aquellas epidemias al África y luego a la América, un Mundo en efecto nuevo para los patógenos y cuyos pobladores no tenían inmunidad. Llegaron al mismo tiempo, ¡a la velocidad del viento, en carabela!

Los marineros de Colón provocaron grandes pestes entre los inocentes habitantes del Paraíso perdido del Caribe desde el primer viaje, hasta casi despoblar las islas. Los sucesivos descubridores llevaban por delante las epidemias -se ha dicho- como vanguardias de terror cuando conquistaron los grandes imperios y las formaciones independientes de Mesoamérica, y después del resto del Continente. La primera epidemia de viruelas, pintada en los códices mexicanos, data del 1519 durante la toma de Tenochtitlan por Hernán Cortés. Luego esa epidemia cabalgó y navegó al Sur para acompañar la expedición de conquista del istmo, de Guatemala por Alvarado y Honduras en 1525. Según una estimación razonada, la viruela de 1520 exterminó a 40% de los nativos mesoamericanos. Nada podían hacer sus ídolos y chamanes, sus yerbas y talismanes ni se apiadaron de él los nuevos numenes.

Veinte y cinco años después, una epidemia de sarampión llamada Cocoliztli eliminó al 80% del restante, desarticuló por completo a las comunidades y simplificó su estructura social, exigiendo una reagrupación que la corona ordenó efectuar, por medio de la reducción y formación de pueblos, que agrupaban a los nativos raleados, principalmente para fines fiscales. Y treinta años más tarde, en 1576, otra oleada de Cocoliztli, eliminó a 50% de los indígenas que aún quedaban, pero que no se inmunizaban. Raleándolos al punto de que, por fin, interrumpía la comunicación y la reproducción del “bicho”. Mi maestro W. Borah que lo descubrió, quiso ligarlo a un s. XVII de Depresión. Otros han matizado subrayando la adaptación. Ciertamente la despoblación dio al traste con la explotación de encomienda e impulsó la forja de la hacienda. Las ciudades crecieron desde mediado el s. XVII. Y hubo un repoblamiento con negros que en ese horizonte trajeron malaria y fiebre amarilla, las que solo se controlaron por medio de más africanización. De modo que, a fines del XVIII, esa etnia prevalecía en las islas, los puertos, valles costeños, las minas y obrajes, los sectores estratégicos.

Las revoluciones del Atlántico y guerras de Independencia inevitablemente agitaron de nuevo a las enfermedades epidémicas que los ejércitos traían de Europa y en América iban y venían con ellos sin cesar. Al culminar, hacia 1820, el Imperio español se había desarticulado y -con él- se habían abandonado las rutas de contagio, dejando un espacio sociopolítico muy fracturado de antiguas colonias, mutuamente celosas e incomunicadas, en las que la peste amainó durante un cuarto de siglo.

Mientras que el gran beneficiado de ese desmoronamiento, después de aplacadas las guerras napoleónicas, fue Inglaterra, en cuyo nuevo imperio se empieza a decir que nunca se pone el sol, hacia mediados del siglo XIX, cuando su economía resurge con la segunda revolución industrial.  Entonces dice Wallerstein se forma el sistema mundo, en realidad el inglés.

Sería en este nuevo Imperio y sus contactos (incluyéndonos en 1837) que van a irrumpir y se van a propagar con naves rápidas de vapor, seis oleadas intermitentes del Cólera morbus, desde 1815 hasta la de 1920, las cuales produjeron daños incalculables, al mismo tiempo que se repetían aunque con menor frecuencia, varias oleadas de peste bubónica, que debieron haber matado a más de cien  millones de personas. Hacia 1877 surge una nueva viruela, mientras saltan por primera vez sobre el humano los devastadores Tifus y la Poliomielitis, que aún asolan a quien no aplica diligentemente sus vacunas. Y al terminar la gran Guerra, en 1920, estalla la Gripe española y los ejércitos de alta la propagan doquier, pero especialmente en EUA y el Commonwealth que le cedió a ese virus más vidas que la guerra. Culpan otros a la ciencia, los camaradas al neoliberalismo, Trump al chino. Hay que decir que después de 1920 hubo otro largo hiato de las epidemias conocidas a medida que progresaban las vacunas y el antibiótico.

Pero en nuestro siglo, brotó una nueva generación de epidemias tropicales (que requieren del mosquito trasmisor) el dengue, después la chinkunguya y el zika de origen africano, como también el SIDA y el Ébola que dejaron ya cientos de millones de víctimas fatales. Y, en un mundo globalizado en que, sin ser comerciante, cualquiera amanece en China y cualquier turista desayuna fideos en Pekín y cena pizza en Roma, llegan la gripe aviar 2004-2006 y la influenza porcina 2009, que se expanden por el globo, a la velocidad del jet y del tren bala y, ahora, el Covid-19. Lo demás, que no sucede aún, no lo sé.

 

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