Mentiras y autoengaño

 

Por: Víctor Meza

“En boca del mentiroso, dice la sabiduría popular, la verdad se hace dudosa”. La cita viene a cuento ahora que destacados personajes del régimen han declarado a los medios de comunicación su recién adquirida condición de víctimas, una vez que han sido contagiados por la peste del coronavirus. La reacción de la gente ha sido diversa, pero, en términos generales, muchos son los que han sometido a duda o a negación total el contagio anunciado. La gente no cree o, en el mejor de los casos, duda y vacila antes de aceptar la realidad o falsedad de los hechos.

No es casual que así sea, acostumbrados como están a que les mientan y engañen, miles de nuestros compatriotas se decantan fácilmente por la duda piadosa antes que por la aceptación ingenua. No es cierto, dicen, es sólo apenas una mentira más en la larga lista de engaños que el gobierno, cual Penélope burlona, teje y desteje cada día. El régimen político actual ha convertido la mentira en una categoría política de uso cotidiano, un instrumento útil para manipular a la gente y distorsionar sus percepciones y sentimientos. Por lo tanto, no debemos sorprendernos por el escepticismo crítico o el espíritu burlón de la gente.

Los desconfiados permanentes, los que dudan de todo y someten a negación despiadada hasta las verdades más simples, no saben hasta qué punto son víctimas de una campaña permanente de manipulación ideológica que, al final de cuentas, los convierte en ciudadanos inofensivos y desinformados.

José Antonio Marina, el filósofo español que ha estudiado con detalle los laberintos del poder y sus mecanismos mentales, cita al filósofo griego Aristóteles al momento de estudiar los mecanismos usados para adormecer la conciencia de los gobernados y conservar el poder tiránico: “envilecer el alma de sus súbditos, porque un hombre pusilánime es incapaz de conspirar; sembrar entre ellos la desconfianza, porque una tiranía sólo es derrocada cuando algunos ciudadanos confían entre sí; empobrecer a sus súbditos, porque así el tirano puede pagar a su guardia, y de paso impide que los ciudadanos, absorbidos por el trabajo, tengan tiempo de conspirar”. La similitud de estas afirmaciones con los hechos de nuestra vida cotidiana no es pura coincidencia.

La mentira, una vez convertida en categoría cotidiana de relación social y en instrumento necesario de gestión gubernamental, envilece a la gente y deforma su percepción de la vida. Pero no sólo eso: también introduce la desconfianza entre la población, debilitando el capital social y distorsionando la capacidad de resistencia y rechazo. La mentira empobrece la vida cultural del país y recarga el ambiente con el nocivo “pensamiento ilusorio” que todo lo deforma y confunde.

Pero la mentira tiene doble filo, como si fuera sable envenenado. También afecta, más temprano que tarde, al que la usa y manipula, al mentiroso. El gobierno que se acostumbra a mentir se encierra, sin saberlo, en un vacío de engaño, en el que escucha solo su propia voz y se aleja cada día más de la que llaman voz del pueblo o voz de Dios. Al final, prisionero sin saberlo de sus propias mentiras, el gobernante acaba por creérselas y rodar hacia el abismo de una inevitable mitomanía política. Se convierte en mitómano compulsivo, que da fe de su propio engaño, aceptando las mentiras de su entorno como si fueran verdades de a puño. Las defiende con ardor y vehemencia, descalificando a aquellos que se atreven a cuestionarlas. Víctima de su mitomanía, no tiene más alternativa que recurrir a nuevas mentiras para justificar viejos engaños. El mentiroso cae en su propia trampa y ahí descubre la verdad real de su inesperado y auténtico contagio.

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