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huracán Julia

Los puentes, el techo de los afectados por Julia en la zona norte de Honduras

Tras una semana de elevadas temperaturas, algunas familias han regresado ya a sus hogares, pero cientos de ellas siguen a la espera que las aguas bajen.

Por: Rubén Escobar

San Pedro Sula, Cortés.-El sol ha estado brillando sobre la zona norte de Honduras, específicamente en el Valle de Sula, desde el lunes 10 de octubre, con temperaturas superiores a los 30 grados Celsius, lo que ha permitido a cientos de familias afectadas por las lluvias, ir regresando poco a poco a sus maltrechos hogares en aquellos lugares que lo permiten, pero aún hay quienes permanecen albergados en escuelas, especialmente de La Lima, El Progreso, Pimienta o Potrerillos. 

Otras familias han tenido que conformarse con quedarse debajo de un puente o sobre el bulevar que conduce hacia El Progreso, porque sus viviendas siguen anegadas, sus comunidades están incomunicadas o simplemente porque no tienen dinero para regresar a sus hogares.

El huracán Julia no llegó a Honduras, pero sus bandas lluviosas, el 8 y 9 de octubre, provocaron afectaciones que obligaron al desplazamiento de al menos 60 mil personas solo en el Valle de Sula, según datos de la Comisión Permanente de Contingencias (Copeco).

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María Solórzano, cargando a su pequeño Delmaro, relata que para su familia, evacuar su vivienda ha sido una historia de toda la vida. (Foto: Criterio.hn/Rubén Escobar)

Juntando dinero para regresar

Doña Juana Hernández, de 69 años, tiene ocho días de permanecer bajo el puente de la 27 calle y Bulevar del Este, en San Pedro Sula. Ella y su esposo, don Oswaldo Osmán Interiano, de 79, viven desde hace tres años en las cercanías de los bordos de Asentamientos Humanos, sector Rivera Hernández, al este de la ciudad.

“Nos salimos por prevención, porque el río se estaba filtrando por el bordo. Un señor nos trajo las ‘cositas’ por 500 lempiras”, refiere la señora  mientras muestra su rodilla inflamada a causa de la artritis y se sienta para preparar algo de café para ella y para Karina, una niña de siete años que cuida desde hace dos años, y quien permanecía dormida sobre la cama.

Al hacer alusión a sus “cositas”, doña Juana se refiere auna cama sin cobijas, algo de ropa atada en dos bultos, una estufa pequeña y su chimbo de gas, para cocinar el arroz y los frijoles que compró para pasar la emergencia. Estos días les ha tocado  dormir a la intemperie, bajo el azote de zancudos y otros bichos nocturnos, mientras cientos de vehículos pasan zumbando a toda hora a su lado y por encima, en la rampa superior del puente.

Con don Oswaldo procrearon cinco hijos, “pero ya todos se fueron. Solo vienen de vez en cuando”. Próximo a cumplir los 80 años, su esposo aún debe trabajar en cuadrillas de limpieza municipal para llevar el sustento. “Él se va a trabajar a las 4:30 de la madrugada”, explica.

Además, ella recibe unos 300 lempiras a la semana por cuidar a Karina. “Su papá trabaja por allá por el Merendón y no puede cuidarla”, asegura la señora. El dinero apenas alcanza para comprar algo de comida.

Reconoce que la situación ya “mejoró un poco” en el sector donde viven, pero no han regresado porque no han podido reunir el dinero para contratar el automotor que les traslade sus pertenencias. Lamenta que desde que se encuentra bajo el puente ninguna autoridad se le ha acercado  para brindarle asistencia.

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Apenas perceptible sobre la cama, la pequeña Karina, de siete años, duerme plácidamente pese al fragor de los carros que pasan todo el tiempo. (Foto: Criterio.hn/Rubén Escobar)

Los vecinos 

Bajo el mismo puente hay cinco familias más, emparentadas entre sí, y también residentes del mismo sector de Asentamientos Humanos. Estas descansan bajo tiendas de campaña, una herencia que les dejó Copeco tras el paso de las tormentas Eta y Iota, en noviembre de 2020.

“A nosotros nos sacó (evacuó) mi papí, porque él tiene su carro”, señala María Solórzano, mientras carga a Delmaro, de diez meses, el segundo y más pequeño de sus hijos. 

Su familia albergada debajo del puente se compone de cuatro hermanos, todos adultos, y sus dos padres. Pero en el grupo familiar solo trabajan dos de sus hermanos, que son mecánicos. Ellos ponen el pan en la mesa.

“En Asentamientos Humanos hemos vivido toda la vida, allí crecimos y no nos vamos porque allí está la casita. No tenemos a dónde ir” enfatiza María, quien es madre soltera.

Explica que, tras las lluvias, se apostaron unas 16 familias debajo del puente, pero poco a poco se han ido regresando a sus casas. “Nosotros también estamos viendo si nos regresamos porque ya están reparando el bordo”, apuntó.

Ayer, el Gimnasio Olímpico de San Pedro Sula, ya había sido despejado luego de albergar a unas 300 personas residentes de La Lima.

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Originalmente eran 16 familias bajo este puente, pero poco a poco han ido retornando a sus hogares. (Foto: Criterio.hn/Rubén Escobar)

La emergencia continúa

Pero la situación es menos esperanzadora en otros lugares. El subcomisionado regional de Copeco, Frank Antúnez, informó a Criterio.hn que tras el paso de la tormenta fueron unas 60 mil  personas desplazadas en al menos nueve municipios del Valle de Sula: El Progreso, La Lima, San Manuel, Villanueva, Pimienta, Potrerillos, El Negrito, Choloma y Omoa. Se habilitaron al menos 153 albergues en Cortés.

Aseguró que fueron cuatro mil personas las que participaron en los operativos de rescate, transporte y distribución de alimentos, entre empleados del Estado, bomberos, militares, paramédicos y voluntarios. 

De su lado, el coordinador del Comité de Emergencia Municipal de El Progreso, Ramón Rodríguez, explicó que en ese municipio permanecen unas seis mil personas en los albergues, siendo la comunidad de Urraco Pueblo, a orillas del río Ulúa, la más perjudicada.

El número de afectados alcanzaría las 43 mil personas en unas veinte comunidades ribereñas. Esto incluye a quienes quedaron incomunicados, con sus cosechas destruidas y con daños en sus viviendas, dijo Rodríguez.

Confirmó que el sistema de bordos que protegen a las aldeas de los embates del río Ulúa había presentado al menos 16 boquetes hasta este 14 de octubre de 2022, a lo que se debe sumar el daño en infraestructura vial, puentes y cajas puentes.

Aseguró que las reparaciones a los bordos se han venido realizando tras el daño ocasionado por Eta y Iota y otros fenómenos climáticos, pero no hubo suficiente tiempo para que tales obras se compactaran, lo que dio origen a los boquetes.

El subcomisionado Antúnez reconoció que aún falta más de un mes para que termine oficialmente la temporada ciclónica, por lo que “es una obligación estar preparados”. 

Mientras tanto, alguna gente sigue a la espera de que bajen las aguas para ir a ver lo que quedó de sus hogares; otros, con la esperanza de recoger algo de dinero para volver a sus viviendas y a la normalidad de sus vidas.

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