A 46 años de su declaratoria como Parque Nacional, la montaña que provee alrededor del 30% del agua potable a Tegucigalpa enfrenta incendios recurrentes, invasión urbana y una administración que, según auditorías oficiales, arrastra deficiencias estructurales
En las estribaciones que separan el valle de Tegucigalpa de los llanos de Olancho, la montaña de La Tigra se alza como un bastión verde. Desde 1980, cuando la Junta Militar de Gobierno dictó el Decreto Ley 976, este macizo de 24,040 hectáreas se convirtió en el primer parque nacional de Honduras. Pero mucho antes de esa fecha, sus bosques ya guardaban agua, historia y biodiversidad única en Centroamérica.
Hoy, ese patrimonio natural enfrenta un acoso que no cesa: incendios forestales que se repiten año tras año, proyectos habitacionales que avanzan sobre su zona de amortiguamiento y una gestión que, pese a los esfuerzos, ha sido señalada por entes fiscalizadores como deficitaria en planificación y control.
Un museo vivo bajo la niebla
La Tigra no es un bosque cualquiera. Es un bosque nublado, uno de los ecosistemas más raros y frágiles del trópico. La humedad que traen los vientos alisios del Caribe choca contra las laderas superiores a los 1,800 metros y se condensa en forma de niebla, que luego es atrapada por las copas de los árboles, los helechos arborescentes y las bromelias. Ese fenómeno, llamado precipitación horizontal, es el secreto de la abundancia de agua.
Los inventarios científicos recogidos en los planes de manejo del parque registran más de 200 especies de aves, entre ellas el majestuoso quetzal (Pharomachrus mocinno), cuya presencia es indicador de bosque saludable. También habitan ahí el puma (Puma concolor), el tigrillo (Leopardus wiedii), el venado cola blanca y el cerdo de monte. En cuanto a flora, destacan seis especies de helechos arborescentes —auténticos fósiles vivientes— que figuran en los apéndices de la Convención CITES por su alto valor de conservación.

Pero quizás el servicio más tangible que presta La Tigra es el agua. De acuerdo con estudios hidrológicos del SANAA y de la consultora SOGREAH (1997), el parque produce en promedio 950 litros por segundo desde sus 23 represas de captación distribuidas en la zona núcleo. Ese caudal equivale aproximadamente a 30 millones de metros cúbicos anuales, y representa entre el 30% y el 40% del agua potable que consume el Distrito Central.
Historia bajo el musgo: la fiebre del oro y el billete de 500 lempiras
Antes de ser área protegida, la montaña fue un hervidero industrial. Entre 1880 y 1954, la New York and Rosario Mining Company explotó vetas de oro y plata en lo que hoy es la comunidad de El Rosario, dentro del parque. La compañía no solo extrajo minerales: construyó la primera planta hidroeléctrica de Honduras, instaló el primer telégrafo, levantó un hospital, un campo de golf y hasta un consulado estadounidense. San Juancito, el pueblo minero, tuvo luz eléctrica cuando Tegucigalpa aún se alumbraría con velas y querosene.
La actividad minera decayó a mediados del siglo XX, pero su legado quedó grabado en la memoria nacional. Tanto es así que las antiguas instalaciones de San Juancito —y la icónica imagen de sus montañas— aparecen en el reverso del billete de 500 lempiras, un guiño a la importancia histórica de esta zona.
Las cifras de una administración cuestionada
Aunque la belleza escénica y el valor ecológico de La Tigra son incuestionables, la gestión del área ha sido objeto de señalamientos. En 2012, el Tribunal Superior de Cuentas (TSC) emitió una auditoría de gestión ambiental que revisó el período 2005-2011. Las conclusiones fueron contundentes: el Instituto de Conservación Forestal (ICF) no había firmado un convenio de co-manejo actualizado con la Fundación Amigos de la Tigra (AMITIGRA), los planes operativos anuales carecían de indicadores medibles y no se presentaban informes de ejecución, y las microcuencas abastecedoras de agua del parque no estaban declaradas legalmente.
La auditoría también reveló que el parque no estaba inscrito en el Catálogo de Patrimonio Público Forestal Inalienable, una figura legal que blinda los terrenos estatales contra la venta o el embargo. Además, se detectó que aproximadamente un tercio de la zona núcleo —7,571 hectáreas en total— es de propiedad privada, lo que ha permitido actividades agropecuarias dentro de los límites protegidos y ha generado conflictos por tenencia de tierra que se arrastran por décadas.
«La falta de supervisión y evaluación de las actividades definidas en el plan de manejo impide medir la eficiencia y eficacia de la administración», señaló el informe del TSC. Entre las actividades incumplidas estaban la rotulación completa de los límites, la capacitación sistemática de los guardarrecursos y la realización de auditorías ambientales a industrias contaminantes dentro del área.
El fuego que no cesa y los intereses detrás del humo
En los últimos años, los incendios forestales se han convertido en el enemigo más visible de La Tigra. Las estadísticas oficiales indican que anualmente se pierden entre 200 y 1,000 hectáreas de cobertura vegetal por esta causa. La sequía prolongada, el cambio climático y las prácticas tradicionales de roza y quema en comunidades aledañas alimentan las llamas. Pero hay un factor más oscuro: la inmobiliaria.

Voces del movimiento ecologista han señalado que algunos incendios no son accidentales. Quemar el bosque abarata el suelo y facilita el cambio de uso de tierra para proyectos urbanísticos. La presión sobre la zona de amortiguamiento del parque es enorme, especialmente en los sectores más cercanos a Tegucigalpa, como El Hatillo, Los Jutes y El Chimbo.
Un estudio de la investigadora Claudia Lardizábal (Ibioanh-UNAH-VS) estima que, tras un incendio severo, se requieren más de diez años para restaurar los procesos ecológicos básicos, y décadas para recuperar la estructura y diversidad original. «No es solo plantar árboles —explica—, sino restablecer los ciclos de nutrientes, la capacidad de infiltración del suelo y la complejidad del hábitat».
Mientras tanto, la capital sigue creciendo hacia la montaña. Los proyectos de vivienda no cesan. Los incendios, tampoco. La Tigra, ese viejo pulmón que alguna vez fue mina, sigue dando agua y vida. La pregunta es por cuánto tiempo más.





