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La política estadounidense, entre el escepticismo y la ilusión

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Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

 

                                                                                               a Ode en Hamcham

Primero la historia. Entender con prístina claridad que Estados Unidos no tiene, hace mucho no ha tenido una política hacia, ni menos para Centroamérica u Honduras. ¡Gracias a Dios! La hubo en otro tiempo. De alineamiento entre 1936 y 1948. De contención y guerra fría entre 1954 y 1974. Y de guerra franca entre 1981 y 1988,[1] cuando Honduras se convirtió en eje articulador de su Frente Sur, la Misión en Tegucigalpa estuvo entre las más grandes del Continente, y era encabezada por súper embajadores de la talla de Negroponte, Briggs y Arcos, con altas credenciales académicas y carreras brillantes, previas a su llegada aquí. Había entonces decenas de miles de soldados suyos, en sus propias bases militares, y de vacaciones en las playas y ciudades, entrenando en operativos conjuntos y en los campamentos de la “Contra”, financiados con el narcotráfico organizado desde la Casa Blanca por Oliver North. Se instrumentaba a nuestros militares y nos regalaban cientos de millones en armas al año, para que fuéramos pasto de cañón contra Nicaragua. (¡Gracias Walter!) Y pongo de testigo a Mel que reclamó los atropellos de la contra en Olancho.

Pero pasó. Todo eso ya casi era un recuerdo en 1989 y han transcurrido 33 años, una vida entera, y Honduras y Centroamérica se hundieron en otro abismo. Los EUA aquí ni siquiera tienen embajador, en Costa Rica, en Belice, en Panamá, en El Salvador ni en Honduras, donde hace rato nadie escucha a la discreta Encargada Hoey. Dicen que hay un escritorio para Honduras (Honduras desk) en Foggy Bottom, pero tanta es la discreción, que nadie lo ha visto físicamente. Tampoco hay una política para El Salvador, de repente le retiran al Encargado. Lo que hay, es un pequeño susto con la mara, con el alto costo de controlar la droga y una histeria bipartidista con la migración loca.

Trump -amor de JOH- quería resolverlo todo por la fuerza. Biden, en cambio, está comprometido a respetar derechos inexistentes, y recurre a la diplomacia itinerante. Y entonces, dejando por fuera a Costa Rica, a Nicaragua ¿para vencer al comunismo? y a Panamá, tan útil a la banca global, se ha desarrollado la nueva tesis del Triángulo Norte. El cual comprende la triada de la Guatemala misteriosa e ignota, El Salvador ¡demasiado cercano a China! para tranquilidad de Washington y Honduras, manzana de la discordia entre apaciguadores y fiscales implacables. Ya electo Biden, y aun después de establecido en los juicios de Nueva York, el involucramiento desde 2010, de la máxima autoridad de Honduras en el crimen organizado, los voceros del hasta hace tres meses Secretario de Seguridad Interior, Chad Wolf declararon que ese país es un socio valioso y probado para los Estados Unidos, en la gestión de la migración y la promoción de la seguridad y la prosperidad.[2]

Desde hace años hay gente seria, Kaine, Schakowsky, Leahy MacGovern Johnson, Grijalba en el Congreso de EUA, gente informada, y determinada a incidir sobre la política en (no para) Centroamérica y Honduras. Ellos pueden cuestionar y aun contener, vigilar y proveer. Exigen listas y sanciones. Pero no son quienes formulan política. Y hay gente lúcida, bien intencionada en el Ejecutivo de EU. Para quienes la esperen, declara Kamala Harris, la ayuda está en camino; aunque, la cooperación es lenta para resolver problemas orgánicos, antes en que se conviertan en crisis humanitarias. Pero omite observar que Guatemala y Honduras son zonas de desastre, debido a la injerencia torpe y a la desidia frente a la corrupción que las convirtió en narcoestados, en los que, de la mano de su diplomacia, se ha enseñoreado una alianza corrupta, usando una democracia impostada.

Confiesa otro tanto el Canciller Blinken, cuando asegura que tomarán por los cuernos el tema de la corrupción. Hace rato se argumenta que se puede cortar la cooperación, y últimamente. Los neófitos, anduvieron pregonando que dialogarían y encausarían las nuevas ayudas ostentadas por Harris, con la sociedad civil, por vías alternas y no por el canal del gobierno. Ricardo Zúñiga repite ese mantra que susurra Juan González.  Pero los conocedores no se asustan. De tiempo atrás, la mayor parte de lo que se llama ayuda bilateral se ejecuta mediante convenios, a través de agencias del gobierno estadounidense e institutos u organismos como la FHIA, academias u ONGs filantrópicas. Mientras que la muy sustancial ayuda militar se entrega -desde los ochenta- directamente a los militares. (O ¿es que Uds. creían que era amor libre verdadero?)

Muchas ONGs se sienten apoyadas para hacer sus profundas reflexiones y elucubrar sobre la política sostenible a largo plazo, y de repente los bancos ¿buscan intermediar esos fondos con fideicomisos? Pero lo más urgente es ofrecer seguridad ciudadana contra la violencia, manejar la crisis sanitaria con un servicio público eficiente y prevenir más desastres, por la vía del ordenamiento territorial e inversión en obras hidráulicas.  Esas son tareas mayúsculas del estado y de la institucionalidad pública. Justamente lo que hace falta es un estado responsable y, para conseguirlo, hay que enfrentar la corrupción y la impunidad y respetar la democracia, en vez de instrumentalizar su impostura para soslayarla.

Pero da la impresión de que, los hacedores de la política estadounidense se debaten entre una retórica ansiosa por encontrar castigos contra los gobiernos que indubitablemente califican de corruptos, que son todos, y, por otro lado, y el temor a las consecuencias que pudieran derivar del colapso de la institucionalidad, si se le retirasen los apoyos esenciales. ¿No está ya, colapsada? No, porque en la política, como en el resto del mundo visible, se juzgan las intenciones por los resultados. Por sus frutos, y la retórica cosecha más incautos que impulsos eficientes.

Donde cuentan los apoyos es en la negociación de recursos de las ofis (organismos financieros internacionales), en cuyas directivas y cofres privan los recursos estadounidenses. Los gobiernos locales en efecto sufren la estrechez o gozan de la solvencia de los créditos, del BID, BCIE, Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional. El BID es el mayor donante y donó un hospital de $50 millones ¿permitiendo que se desviaran los fondos después? En diciembre pasado, el Banco Mundial aprobó un programa de emergencia para Honduras de $150 millones, mientras se prepara un plan de inversión, a más largo plazo. Se asignaron $70 millones del BM para vacunación en Honduras y El Salvador en abril. Hace unas semanas, el presidente del BCIE D. Mossi aclamó los más de $800 millones de dólares que dará a Honduras, y él mismo, a causa de la emergencia, se invocaba la semana pasada, a la Misión del FMI, para canalizar al gobierno de Honduras, otros $700 millones de inmediato, según el nuevo acuerdo, mientras Ms. Norma Torres clama en el desierto y Leyla reclama ¿Dónde está el dinero?

Es ser o no ser, dice el bardo. Y al final, el dilema de los EUA es acomodarse o pelear. Robert Mazur, exagente gringo experto, concluye: Si peleamos, la buena batalla y nos adherimos al estado de derecho, existe la esperanza de que podamos ganarnos los corazones y las mentes de los ciudadanos de nuestros aliados y construir sólidas relaciones a largo plazo, que superarán las Apocalípticas Alianzas, que erosionan el estado de derecho.[3] Si no, no.

[1] En medio de la paranoia que les provocó el sandinismo. Véase Honduras key to US role in Central America, del enviado Gordon Mot. en el New York Times, el 14 de octubre de 1984 que describe los escenarios varios de un país ocupado que se había convertido en el corazón de la guerra fría y sucia en el istmo, el portaviones y refugio de sus terroristas.

[2] Robert Mazur, Horrores en Honduras, El Espectador 13 de mayo, 2021.

[3] Robert Mazur, Horrores en Honduras, El Espectador 13 de mayo, 2021.

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