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La doble moral del hondureño

Por: Edgardo Molina

En un sistema de creencias dañado como el nuestro, en el que las instituciones del Estado están quebradas o son endebles, la sociedad se vuelve menos heterogénea, más volátil y, en consecuencia, desarrolla una doble moral.

Para ningún compatriota es desconocida la contradicción entre los valores que un hondureño defiende públicamente y sus acciones privadas. En este sentido, expondremos algunos ejemplos de esta realidad tan compleja y reflexionaremos sobre el significado de algunas situaciones colectivas que, aunque no son únicas de nuestra sociedad, parecen marcarse como características del subdesarrollo de nuestra población:

  1. Psicópatas funcionales: Son colegas del trabajo que parecen normales y no son agresivos en público. De hecho, pueden ser amigables, exitosos o el alma de la fiesta. Pero en la noche, o en sus relaciones personales o familiares, son abusadores, manipuladores, egocéntricos y violentos. El caso más típico es el de los padres o madres de familia que llegan a sus hogares a golpear o insultar a sus hijos, a su cónyuge o al perro y, de esa forma, ejercen el poder desmedidamente. En esta pantomima, simulan empatía, carisma y calidez, aunque no los sienten realmente; solo buscan anclar a las personas para luego mostrar su doble moral mediante violencia psicológica y, en algunos casos, física o económica.
  1. La falsa víctima: Bajo un subterfugio, justifica una acción dañina para la sociedad. Por ejemplo, hemos visto a madres asesinar a sus hijos y salir libres de la justicia aduciendo problemas mentales y psicológicos o, también, a narcotraficantes diciendo que son víctimas de la injusticia de un sistema judicial. Este perfil siempre elabora una narrativa creíble para embaucar los sentimientos colectivos de nuestra sociedad.
  1. Falsos defensores de derechos: Son líderes u organizaciones que abogan públicamente por la igualdad y los derechos humanos, pero sus decisiones reales favorecen a grupos específicos o promueven políticas restrictivas o abusivas hacia su propio personal o miembros de colectivos. Estos grupos suelen pelearse y abusar constantemente entre sus integrantes mientras que, frente a las cámaras o en la palestra pública, sonríen y emiten discursos de paz y amor.
  1. Las vírgenes de los sicarios: Son los típicos hondureños alcohólicos o drogadictos religiosos que creen tener una relación profunda con Dios mientras sus acciones son autodestructivas o destructivas para su familia. Suelen justificar su doble moral con frases como: “Somos de la muerte, en cualquier momento nos vamos del mundo y hay que disfrutar”.
  1. Políticos corruptos: Suelen denunciar patrióticamente los actos de corrupción, violencia intrafamiliar y narcotráfico de los partidos de oposición, pero jamás denuncian a los de su propio partido; es más, suelen defenderlos a capa y espada como si de querubines habláramos.
  1. Líderes religiosos: Son hondureños que predican la humildad y la pobreza de Jesús, la solidaridad y el desapego material, exigiendo a sus fieles vidas austeras y obedientes, mientras ellos viven en mansiones rodeados de lujos, privilegios y hasta amantes.
  1. Doble moral sexual: Por un lado, como sociedad nos negamos a la educación sexual en las escuelas, pero, por otro, este es el país con el índice más alto de embarazo adolescente de toda América Latina y el Caribe, sin mencionar que la mayoría son niñas víctimas de abusos sexuales en el hogar y estos crímenes quedan impunes.
  1. Élites económicas: Históricamente se nos ha inoculado la idea de que los empresarios son justos e impolutos y que, como recompensa a su buena conducta moral y trabajo duro, poseen riqueza y privilegios. Bajo esta lógica, el resto de la población no tiene permitidas ciertas libertades debido a su supuesta holgazanería y falta de moral. En realidad, estas élites suelen (salvo honrosas excepciones) estar involucradas en lavado de activos, narcotráfico y otras situaciones que no se muestran al público, mientras los pobres nos hemos quedado con nuestra moralidad como única posesión.
  1. Xenofobia selectiva: Los hondureños nos quejamos sobre los malos tratos que reciben nuestros hermanos en el exterior, pero cuando transitan migrantes con rasgos físicos que no complacen nuestras expectativas estéticas o políticas, los tratamos mal y queremos echarlos a patadas.
  1. Estética de la violencia: Mientras lamentamos las muertes violentas en el país, la narcocultura se consume en las fiestas, se escuchan narcocorridos, se admira la estética del «patrón» y se sigue viendo al narcotraficante como un héroe local.

Conclusión

Como consecuencia de una identidad débil, nuestra sociedad no respeta ni siquiera los preceptos mínimos para el desarrollo, sino que rompe con todos los esquemas básicos de convivencia. Tenemos tanto de donde elegir que no sabemos definir qué es lo que realmente nos va a guiar dentro de nuestro sistema de valores.

Finalmente, aunque existe una crisis de valores, esto no es un destino fatal, sino un punto de inflexión. Tenemos diariamente la oportunidad individual de quitarnos las máscaras y tratar de ser mejores esposos, compañeros de trabajo, líderes, hermanos e hijos y, en consecuencia, mejores ciudadanos.

  • Periodismo Amplio e Incluyente, nace el 1 de mayo del 2015
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