Hoy Ormuz, mañana Taiwán

Por: Todd G. Buchholz

SAN DIEGO—Casi todos los niños aprenden en la escuela que la circunferencia de la Tierra es de unos 40 000 kilómetros. Pero lo que nadie les dice es que la economía mundial depende de más o menos 170 de esos kilómetros.

Hay dos estrechos (el de Ormuz y el de Taiwán) cuyo bloqueo puede llevar la economía mundial al pasado; si no hasta la Edad de Piedra (donde el presidente estadounidense Donald Trump amenazó dejar a Irán a fuerza de bombardeos), por lo menos hasta mediados del siglo XX, antes  que los Rolling Stones empezaran a sonar en las radios.

Durante el último mes y medio, Irán convirtió el estrecho de Ormuz (que allí donde más se angosta tiene unos 38 kilómetros de ancho) en una galería de tiro flotante. El tránsito marítimo se redujo a un mínimo, mientras los barcos petroleros aguardan inmóviles en un clima de nerviosismo y las lanchas rápidas y drones de Irán juegan a los piratas. La parálisis asfixió la economía mundial, ya que gran parte del petróleo y del gas natural licuado que consume el mundo pasa por el estrecho.

Pero este enredo no se queda en Medio Oriente. Esto es un ensayo general y con fuego real para un conflicto en Asia; ofrece a China un plan de batalla para Taiwán. El estrecho de Taiwán, que mide unos 130 km en su punto más angosto, es igual al cuello de botella del golfo Pérsico, pero para los semiconductores. La empresa taiwanesa TSMC fabrica más del 90 % de los chips más avanzados del mundo: los «cerebros» de los centros de datos de inteligencia artificial, de los aviones de combate y de los teléfonos inteligentes.

Alarmado por el riesgo para la seguridad nacional de depender de chips extranjeros, en 2022 Estados Unidos aprobó una Ley de CHIPS y Ciencia, para alentar a los productores a construir fábricas en el país. Pero a pesar de las instalaciones de fabricación planeadas en Texas, Ohio y Nueva York, Estados Unidos (como la mayoría de los demás países) todavía es muy dependiente de los chips importados. De modo que si China bloqueara o invadiera Taiwán, el sistema nervioso de la tecnología del siglo XXI se quedaría sin sustento. Las pérdidas globales podrían llegar a diez billones de dólares. No sería una recesión; sería un paro cardíaco en las cadenas de suministro.

El presidente Xi Jinping no quiere dejar marca en los cuatro milenios de historia china como el tipo que fabricó baterías para auto mejores que las de Elon Musk. Las imitaciones de Tesla son chucherías. Xi quiere cumplir la promesa de Mao Zedong: una sola China, sin nota a pie de página, sin una isla rebelde que se burla del gobierno comunista. Quiere poner fin a 75 años de empate y arrastrar a los herederos de Chiang Kai‑shek de vuelta al redil.

Si Xi cree que Estados Unidos podría vacilar, responder a medias o negociar después de un ataque a Taiwán, el poder de disuasión se evapora. Si la armada más poderosa del mundo no puede ofrecer una escolta fiable que permita a los buques petroleros superar el cerco de una potencia regional maltrecha (de cuya propia flota solo queda un montón de lanchas rápidas), ¿qué motivo tiene Xi para pensar que Estados Unidos va a arriesgar portaviones, submarinos y miles de vidas estadounidenses para romper un bloqueo chino de Taiwán?

En estas circunstancias, Taiwán empieza a parecerse menos a una fortaleza y más a un signo de interrogación. Es un ejemplo de lo que en teoría de juegos se llama «compromiso creíble»: si el oponente no cree que el otro jugador cumplirá sus amenazas, la matriz de pagos se derrumba.

La historia es dura maestra de los indecisos. Cuando Mussolini puso a prueba a la Sociedad de Naciones en Etiopía y demostró su ineficacia, Hitler tomó nota. Cuando en 1956 el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser capturó el canal de Suez, bastó una señal de escepticismo de Eisenhower para que el Reino Unido y Francia se echaran atrás. Más cerca en el tiempo, Putin invadió Crimea después de que Obama no respondió al uso de armas químicas (supuestamente una línea roja) por parte del presidente sirio Al Assad. Para la credibilidad dilapidada no hay repuestos en la tienda de la esquina.

El remedio es sencillo, doloroso y se tendría que haber aplicado hace tiempo. Estados Unidos tiene que reabrir el estrecho de Ormuz en forma decidida y visible: escoltas, dragaminas, ataques contra los sitios de lanzamiento y captura o anulación de las islas que Irán usa como cabina de peaje: Abu Musa, Tunb Mayor y Tunb Menor. Una vez asegurado el estrecho, Estados Unidos debería enviar allí los buques que participan del desfile naval del 4 de julio en el puerto de Nueva York. Qué mejor señal de la apertura del estrecho que ver veleros del siglo XVIII navegando por el corredor marítimo más allá de los nidos de artillería iraníes, todavía humeantes.

A más largo plazo, Estados Unidos tiene que acelerar la construcción naval, reaprovisionarse de munición de precisión y dar apoyo a la construcción de nuevos gasoductos en Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos y otros lugares. En 2020, Grecia, Egipto, la Autoridad Nacional Palestina e Israel (gobiernos que rara vez se ponen de acuerdo en nada) crearon junto con otras potencias regionales el Foro del Gas del Mediterráneo Oriental, para la explotación de yacimientos de gas recién descubiertos. Por desgracia, el gobierno del presidente Joe Biden retiró el apoyo estadounidense a la propuesta de gasoducto entre Israel y Europa. Pero es precisamente el tipo de proyecto que podría reducir la dependencia del estrecho de Ormuz.

La elección es clara: reabrir el estrecho por la fuerza o esperar a que Xi le ponga fecha a la invasión de Taiwán y los diplomáticos europeos expresen sus más enérgicas condenas. Al rechazar los pedidos de apoyo de Trump, Europa reveló su condición de un gorrón renuente a defender la economía mundial. Y esto a pesar de todo el tiempo que Estados Unidos hizo de guardián del tránsito marítimo mundial y mantuvo abiertos los corredores para que países europeos y asiáticos (incluida China) pudieran hartarse de comprar energía barata y vender mercancías en cada continente.

La buena noticia es que Estados Unidos sigue teniendo la armada más mortífera del mundo y poderío económico para superar a cualquier rival. Irán le dio a la administración Trump el equivalente a un examen de práctica. El examen final es Taiwán. Xi y sus colaboradores han estado muy atentos a lo que hacía Trump, antes y después de que estallara la guerra con Irán. Hay mucho en juego, y puede que el carácter voluble e impredecible de Trump termine siendo menos un defecto que un activo estratégico.

Todd G. Buchholz, ex director de política económica de la Casa Blanca durante la presidencia de George Bush (padre) y director gerente del fondo de inversión Tiger, recibió el Premio Allyn Young a la Docencia del Departamento de Economía de Harvard y es autor de New Ideas from Dead Economists (Plume, 2021) y The Price of Prosperity (Harper, 2016) y coautor del musicalGlory Ride.

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