¿Es opaca la sociedad hondureña?: Un debate sobre la dialéctica de la luminosidad

Por: Irma Becerra[1]

Foto portada: Word Press

Ser negativo es muy cómodo y fácil. Basta con decir que todo es una porquería, que no hay nada bueno en el mundo o en la vida y que nada se puede hacer para cambiar las cosas. Por eso cuando Rolando Sierra me dijo, comentando mi ensayo del 17 de junio en Criterio, “La rebelión de la luminosidad: un proyecto contra la opacidad”, que como “yo había dicho que la sociedad hondureña es opaca” pues entonces “de un gobierno y sociedad opacos que se puede esperar…ya que el resultado es la opacidad”, creí necesario escribir un segundo artículo dedicado a esta temática de opacidad y luminosidad con el objetivo de esclarecer algunos conceptos y tesis que se derivan de ella.

En primer lugar, yo decía que tenemos una mentalidad de resignación y acomodamiento que ha conducido hacia la incultura de la opacidad puesta en marcha desde arriba por las élites corruptas y manipuladoras que nos gobiernan, pero esto no significa que la sociedad hondureña es opaca como sostiene Rolando Sierra que yo dije. Voy a explicar más la dialéctica de la luminosidad para esclarecer lo que quise decir en el ensayo anterior.

La conciencia social es un producto histórico y material que surge de la interacción de las personas actuantes que influyen con sus ideas, pensamientos, acciones y conductas en el mundo real y concreto por lo que son “personas que producen efectos en los demás”. Los sujetos humanos, todos los sujetos humanos, son personas que pueden ejercer influencia en el mundo objetivo a través de su acción práctica concreta que tiene lugar, a su vez, en el mundo material concreto. Las ideas son primariamente reproducciones conscientes, resultado, producto y a la vez iniciativa crítica del proceso material e ideal del mundo y del pensamiento en especial, así como su configuración y conformación a través de la experiencia de interacción concreta del sujeto con el mundo objetivo. Por eso las ideas no son demiurgos abstractos ni simples reflejos que surgen de la nada, sino que son concreciones y reproducciones conscientes e ideales volitivas o basadas en la voluntad de la propia existencia humana y sus distintas interpretaciones y resguardos que surgen en la propia dinámica de la naturaleza externa determinada materialmente.

Por eso la conciencia social no se explica desde una confrontación pasiva y contemplativa entre objeto y sujeto, sino desde personas concretas pensantes y actuantes que se encuentran ejerciendo injerencia activa para producir conciencia ubicada históricamente en el tiempo como “vida acumulada, comprendida e interpretada” en el conglomerado de un ser social siempre en evolución y desarrollo fecundo y fructífero. En este sentido, la conciencia es desde el inicio mismo del proceso gnoseológico natural un producto social. Eso significa que las personas piensan lo que actúan y actúan en base a lo que piensan, y ese postulado nos lleva a determinar que nos estamos influenciando culturalmente lo que ocasiona que en una sociedad prevalezcan cierto tipo de creencias y pensamientos que son las creencias y los pensamientos de los individuos que poseen influencia, ya sea política o económica. Son los pensamientos dominantes en una sociedad. Es por eso que desde esta perspectiva el pensamiento de la opacidad y su ideología mediática ha permeado la cultura hondureña haciendo que creamos que nuestra sociedad es opaca por naturaleza.

Ahora bien, la incultura de la opacidad que ha sido apuntalada e impuesta a la fuerza en la conciencia colectiva hondureña desde arriba y desde un Estado opaco, como lo denomina Thelma Mejía, autocrático, manipulador, asesino y criminal es el resultado de relaciones económicas, ideológicas y políticas específicas que han dado como producto una sociedad encubierta por la opacidad, alienada por un fenómeno de extrañamiento que ha hecho que los hondureños desconfiemos unos de otros y nos conformemos con la falta de verdad y transparencia. La sociedad hondureña ha sido artificialmente manipulada por el Estado y gobierno no legítimos y sus “leyes de blindaje” para que se vuelva y se comporte como una sociedad opaca, es decir, una sociedad que se ha acostumbrado a las mentiras de sus gobernantes y aunque ya no les cree nada a éstos últimos se sume en el terror y el miedo que provocan el terrorismo de Estado y su militarización. Pero ¿es la sociedad hondureña realmente una sociedad opaca en sí? ¿Es el pueblo hondureño un pueblo inherentemente opaco, oscuro y sin luz? Justamente porque creo que ni la sociedad ni el pueblo hondureños son opacos sino luminosos es que estoy cuestionando las aseveraciones en su absolutismo de Rolando Sierra, Thelma Mejía, Elliot Lau y Mario Coto que citábamos en el ensayo anterior, cuando señalan que “somos un pueblo simplemente aguantador, acomodado y resignado a la opacidad”, porque creo que esto es algo impuesto y muy relativo, aunque haya en ello también una porción de certeza y verdad.

Y no somos una sociedad y un pueblo de la opacidad porque la contradicción fundamental que da lugar a la luminosidad y que hace referencia, por un lado, a la relación entre la legalidad y la legitimidad de las leyes con el fin de defender la verdad en la historia y la sociedad, y la ilegalidad e ilegitimidad de las acciones y los negocios ilícitos con sus “leyes de blindaje” realizados con violencia, por otra parte, aún no permiten que se vea la luminosidad plena, integral e inherente a nuestra sociedad y nuestro pueblo. Y ello es así porque la dialéctica de la luminosidad no es solo una simple correspondencia o combinación de conceptos, sino un conglomerado de ideas unidas a acciones prácticas universalizables o sea que han abandonado los intereses egoístas y particulares para ser intereses que por eso se pueden universalizar para toda la Humanidad. En Honduras, aún no hemos llegado o alcanzado ese estado universal de la conciencia colectiva e individual, por eso no vemos que la oposición avance y se desgaste sumida en una estructura interna atomizada, como bien señala también Thelma Mejía, en la que reinan muchos grupos y corrientes ideológicas pero poca concepción filosófica de englobamiento de contenidos políticos universales. Ejemplo de ello es su ingenua apología de las dictaduras y las dinastías del socialismo actual. De ahí que tenga razón Eduardo Facussé en su tweet del 16 de junio de 2020 al señalar acertadamente que “el pecado de la izquierda es que dan elogios a presidentes del exterior que no respetan la alternabilidad del poder, mientras a la vez critican a la derecha extrema local por hacer lo mismo. Honduras necesita moverse al centro y que se empiece a respetar la ley. No más ideología barata”.

La reproducción de las relaciones sociales en la conciencia social se puede observar en el papel y la función mediada de los intereses. De una parte, los intereses sociales son ellos mismos reproducciones ideales de relaciones sociales materiales. Los diferentes intereses sociales son resultado y expresión de la distinta posición de las personas afectadas en el sistema dado de relaciones sociales materiales. Y la acción conjunta para lograr intereses comunes determinados objetivamente precisa y exige de la comunicación intelectual y la comprensión acerca de esos intereses. Por eso, la dialéctica de la luminosidad no es un proceso negativo de simple lucha de intereses diversos, divergentes, egoístas y particulares sino un fenómeno cultural positivo de unidad gradual de los intereses individuales con los intereses sociales al formar éstos una relación con la determinación material de la subjetividad no ideológica de los individuos involucrados con la objetividad diferenciada de sus ideas cuando éstas los superan a ellos mismos y ellos están dispuestos a que los superen. Formando de ese modo una unidad entre su conciencia individual y su esfuerzo genuino por darle a ésta manifestaciones concretas más logradas y perfeccionadas por la experiencia que por eso movilicen al pueblo a la lucha y a la protesta social.

Es por ello que precisamos que la conciencia individual se transforme en conciencia social luminosa que dé vida a la unidad de los intelectuales más sensibles e inteligentes y conscientes para que éstos organicen y hagan madurar a la oposición, actualmente dividida en sus diversas tácticas y carente de estrategia a largo plazo. Impulsemos, pues, la dialéctica de la luminosidad al desarrollar, formar y fortalecer a los individuos más sensibles, inteligentes y conscientes, cuyos intereses se puedan universalizar porque no son intereses egoístas ni mezquinos y porque con ello demuestran haber alcanzado una etapa superior de la conciencia social que ya no es opaca, sino que posee una luz interior promisoria y fecunda. De ese modo, tanto el pueblo como la sociedad aprenderán a superar la opacidad y a dejar atrás toda falta de luminosidad que va contra la historia.

[1] Irma Becerra es Licenciada en Filosofía por la Universidad Humboldt de Berlín y Doctora en Filosofía por la Westfälische Wilhelms-Universität de Münster, Alemania. Es escritora, catedrática universitaria y conferencista. Ha escrito numerosos libros y ensayos sobre temas de política, filosofía y sociología.

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