Dictadura, autoritarismo y totalitarismo

Populismo

Por: Mario Cooper

Dictadura, autoritarismo y totalitarismo son términos de uso común en el lenguaje político del campo opositor de parte de actores políticos y ciudadanos para referirse a la ausencia de democracia, que hoy en día aún permanecen en los escenarios de nuestra región. ¿Pero qué significan, desde la teoría política estas formas de gobierno? Desarrollando una síntesis existen varias maneras de conocer sus significados y alcances en relación a las coyunturas políticas contemporáneas.

Según el Diccionario Político de Bobbio, la Dictadura en la república romana era un modo de suspender de forma temporal su orden constitucional, creando un sistema de gobierno o régimen gubernamental donde todos los poderes del Estado se concentran ilimitadamente en un individuo, un grupo o un partido con una  precariedad de reglas de sucesión del poder, así por ejemplo el Pinochetismo en Chile, Stroessner en Paraguay, Somoza en Nicaragua o el Cariato en nuestra Honduras.

De acuerdo a H. Arendt, el Totalitarismo es otra forma de gobierno dictatorial, en que el poder es ejercido enteramente por un segmento social o político, ya sea una cúpula social, un partido específico o una agrupación militar, sin que permitan la intervención de ningún otro elemento de ninguna clase excepto aquellos que se encuentren bajo su control. Otros autores como Friedrich y Brzezinski señalan que una de sus propiedades es el monopolio de un partido basado en el control de los medios de comunicación e instrumentos de la lucha armada, y control y dirección de la economía, así como fue la China Maoísta, la Alemania nazi, la Italia fascista y lo que es ahora Corea del Norte.

El Autoritarismo por su lado, según la Guía Dictada sobre Cultura Democrática, se entiende con este término a los regímenes de gobierno en que una sola persona dicta las medidas a tomar y decide por la mayoría, conocidos también como “autocracias”. Unos de sus rasgos son prohibir el pluralismo de los partidos o reducirlo a un simulacro sin incidencia real, restringir la expresión de ideas políticas opuestas, destruir la independencia de los demás grupos políticamente relevantes o tolerarlos mientras no perturben la posición de poder del jefe o de la élite gobernante, como lo fue el gobierno de Mugabe en Zimbabue, el Trujillato en República Dominicana, el Franquismo en España o como se les ha denominado a los presentes mandatos de El Salvador y Brasil.

¿Cómo se han justificado estas formas de gobiernos? Históricamente, las justificaciones y las experiencias de estos fenómenos han estado asociadas a circunstancias excepcionales como una revolución, una guerra, un estado de emergencia, un escenario de anarquía o fragmentación del territorio nacional. Sin embargo, en la mayoría de los casos, esas condiciones «excepcionales» se han visto dilatadas artificialmente con tal de encubrir la voluntad de un segmento o élite.

Todos los dictadores de la historia moderna occidental en su caso, basaron sus poderes unipersonales y permanentes en coyunturas críticas o excepcionales. Cromwell y Bismarck, por ejemplo, aunque actuaron en momentos de revolución parlamentaria y riesgo de fragmentación territorial de sus respectivas naciones nunca cedieron a la tentación monárquica. Napoleón sí, con la coronación imperial de 1804, aunque desde 1799 ejercía una dictadura republicana.

El politólogo español, Juan Linz, uno de los autores que más ha contribuido a caracterizar el autoritarismo. Señalo que los regímenes militares que existieron en Honduras en la década de los sesenta y setenta tenían características autoritarias, llenos de represión e intolerancia, se auto justificaban por la búsqueda del orden, en el contexto de un país de modernización débil, escaso desarrollo económico y una baja cultura cívica y política.   

¿En cuál de estos términos encaja nuestra forma de gobierno en la modernidad? Según el periódico británico The Economist en su índice anual sobre el estado de la Democracia 2020, Honduras obtuvo una puntuación de 5.6, lo cual implica que es considerado un régimen híbrido entre el autoritarismo y dictadura, es decir, resultados electorales controvertibles, una reelección constitucionalmente cuestionada,  presiones sobre los partidos o candidatos opositores, una baja intensidad de la cultura política, control total sobre las fuerzas armadas y la falta de equilibrio y división de los poderes del estado.

Así mismo, durante el foro “Estado de la Dictadura”, convocado por la Coalición contra la Impunidad en 2019, expertos coincidieron que Honduras está a un escalón de convertirse en un régimen Totalitario, debido a su débil institucionalidad democrática, la falta de independencia judicial y la cooptación de los tres poderes del estado.

A pesar del progreso en la democratización de América Latina en las décadas recientes, muchos países en la región tienen democracias frágiles. Esta fragilidad reside principalmente en los bajos niveles de participación, culturas democráticas, deterioros en áreas como la libertad de prensa e independencias de las instituciones.

Para Gabriel Almond, es importante reflexionar que una democracia es estable en la medida que predomine una cultura política más participativa y más abierta en dicha sociedad. Por el contrario, aunque se cuenten con las instituciones y las leyes adecuadas, si la cultura política tiene rasgos autoritarios o de algún otro, dicha democracia será frágil y tendrá pocas probabilidades de consolidarse. Dicho de otro modo, nuestro sistema político es un reflejo de la cultura que subyace en él. De ahí, la importancia de promover actitudes democráticas entre los diferentes grupos de nuestra sociedad para así construir gobiernos fuertes y sólidos.

 

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