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El trasfondo de la guerra de Rusia y Ucrania

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Reflexiones en pandemia (78)

 Por: Rodil Rivera Rodil

Como lo prueba la historia, en los grandes conflictos armados se halla, invariablemente, un componente económico, unas veces más determinante y otras menos. Y como también está comprobado, estos no siempre comienzan entre los principales adversarios. Este es justo el caso de la guerra de Rusia y Ucrania, en la que los mayores rivales no son ellos dos sino los Estados Unidos y China, o para ser más exactos, los Estados Unidos y el binomio China-Rusia 

¿Por qué el binomio China-Rusia? Porque la alianza entre ambos, o si se quiere, su mutua dependencia, les es indispensable para enfrentar con muchas posibilidades de éxito los planes de Estados Unidos para impedir que la primera le arrebate la hegemonía mundial y recupere Taiwán, y que la segunda sea debilitada al máximo y deje de ser su competencia en el campo militar. 

La coalición entre China y Rusia es, pues, extremadamente difícil de romper, sino imposible, como lo saben mejor que nadie los Estados Unidos y la Unión Europea, por lo que las advertencias que le hacen a la primera para que se mantenga neutral únicamente sirven para fines publicitarios. Esta no solo no está observando ninguna neutralidad, sino que su ayuda para reducir sustancialmente el impacto de las sanciones contra su aliado se ha vuelto tan crucial como las armas nucleares rusas para evitar que sea intimidada por ello. 

La mejor interpretación de la pantomima que representan los Estados Unidos y Europa la ha brindado la presentadora de noticias china Liu Xin, quien “ironizó sobre las conversaciones entre el presidente Joe Biden, y su homólogo chino, Xi Jinping, afirmando que Washington está ofreciendo a Pekín derrotar a Rusia para luego acabar con el país asiático más fácilmente”: “¿Puedes ayudarme a luchar contra tu amigo para que pueda concentrarme en luchar contra ti después?».

Lo anterior significa que no se equivocan los que aseguran que estamos presenciando la culminación de una etapa que se inició en la década de los noventa de siglo pasado con la debacle de la Unión Soviética de un enfrentamiento global que podría o no conducir a una tercera guerra mundial y cuyos efectos ya se están haciendo sentir en todo el planeta. 

Aunque, según algunos expertos, esta nueva conflagración pudiera no ser tan destructiva y generalizada como siempre se ha creído, si, como luce probable, solo fueran utilizadas las bombas atómicas “tácticas” de menor potencia, de 1 a 10 o 15 kilotones, como las que Norteamérica lanzó sobre Japón, y que justamente para este fin se han seguido fabricando, las que permitirían limitar el campo de batalla a unos pocos países, como Polonia y Alemania. “Lo que podría verse como un uso de fuerzas convencionales» según Patricia Lewis, jefa del programa de seguridad internacional del grupo de expertos Chatham House.

No sería descabellado pensar en una confrontación nuclear de “baja intensidad”. cuyo pronto fin pudiera ser “negociado” por Norteamérica y Rusia, y posiblemente también por Inglaterra y Francia, que tienen cierta capacidad nuclear pero que, llegado el caso, antepondrían la seguridad de sus poblaciones a cualquiera otra consideración, y en lo que, inevitablemente, se mezclarían intereses de distinta índole, mayormente económicos, tal como antes ocurrió, en particular, en la Primera Guerra Mundial. ¿Se molestarían demasiado los capitalistas de Inglaterra y Francia porque sus pares de Alemania dejaran de ser los más poderosos de Europa? Hay en esto, ciertamente, una lógica despiadada, pero ¿Cuándo no la han tenido las matanzas entre los hombres?  

Al margen de esto último, la crisis internacional de escasez e incontrolada escalada de precios no se debe tanto a la guerra de Ucrania como a la infinidad de penalidades económicas que se le han impuesto a Rusia, en las que, paradójicamente, todavía no está muy claro cuál de los bandos saldrá más perjudicado, sobre todo, si la lucha se prolonga. “La guerra en Ucrania nos empobrece a todos, por ejemplo, porque tenemos que pagar más por la energía importada», declaró Christian Lindner, ministro de Finanzas de Alemania, la Organización Mundial del Comercio (OMC), por su parte, ha rebajado casi a la mitad su pronóstico de crecimiento del comercio mundial para el 2022 y en los Estados Unidos la inflación y los precios de los combustibles, entre otros, están llegando a niveles nunca vistos.

Me pregunto: ¿Qué sentido puede haber en unas penas que castigan a los mismos que las aplican y, de paso, al resto de los pueblos del mundo y, especialmente, a los más pobres, que nada tienen que ver con el conflicto?  

La respuesta, sin embargo, no puede ser más reveladora. Detrás de los gobiernos que las imponen se encuentran las grandes transnacionales, principalmente estadounidenses, que están haciendo colosales negocios con la venta de armas, de gas, petróleo, trigo, fertilizantes, metales, vehículos, y, en fin, de todos los demás productos afectados por las sanciones. Es decir, las corporaciones que conforman lo que el presidente Eisenhower, en su histórico discurso de despedida del 17 de enero de 1991, llamó el “complejo militar-industrial” y contra cuyo creciente y pernicioso poder alertó al pueblo norteamericano: “Nunca debemos permitir que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestras libertades ni nuestros procesos democráticos”.

Me parece que aún es prematuro vaticinar cuándo y cómo callarán las armas en Ucrania. Pero tal vez no sea muy inteligente subestimar a Putin y a Jinping. Porque en la contienda hay mucho más de fondo. Se trata, ni más ni menos, que de la continuación de la confrontación -tal vez definitiva-  que caracterizó el siglo veinte, entre el capitalismo clásico de occidente y el socialismo soviético estalinista. Tal como la Segunda Guerra Mundial fue una mera segunda parte de la primera. Pero que ahora se está dando entre el degradado modelo neoliberal que surgió por y después del desplome de la URSS y la modalidad china de socialismo que se inició casi al mismo tiempo, que combina el dominio estatal sobre los medios de producción estratégicos con un capitalismo controlado para impulsar al máximo el desarrollo de las fuerzas productivas, como requisito previo para pasar a un socialismo pleno, tal como reza la teoría marxista,

El “socialismo con características chinas”, según se lo denomina, tampoco es original de este país, ni, concretamente, del ex primer ministro Den Xiao Ping, como algunos piensan y de manera paladina lo reconocen los mismos chinos. Significativamente, fue adoptado con buen suceso por Lenin en la Unión Soviética en 1921 con el nombre de “Nueva Política Económica” (NEP) y se mantuvo durante siete años, hasta 1928, en que Stalin lo suprimió y sustituyó por su primer plan quinquenal, retornando así al socialismo real que sucumbió en 1991.

Poca gente conoce que tan pronto la revolución china tomó el poder en 1949 instauró una variante de la NEP soviética con el nombre de “Nueva Democracia” y que, al igual que aconteció en la Unión Soviética, marchó con éxito también por siete años, hasta 1956, en que el general ultraizquierdista Lin Piao, asumió el control de la nación y la reemplazó por la más cruda versión del colectivismo estalinista. En palabras de un antiguo dirigente chino: “Se expropió todo a todos y la economía se planificó al 100%. La actividad mercantil privada se prohibió y, como dato curioso, también la música clásica a la que se calificó de burguesa”.

El camino seguido por el socialismo chino, aseveran sus dirigentes, constituye una adaptación a las peculiares condiciones de su país del escogido por la Unión Soviética en su primera década, pero el objetivo final es el mismo: el socialismo que anunciaron Marx y Engels, y el cual, según la constitución de China, será alcanzado a más tardar en el año 2078, cuando se cumplan 100 años desde que Xiao Ping reimplantó un esquema similar al de la Nueva Democracia.

De ahí que la contradicción fundamental en el ámbito internacional del siglo XXI siga siendo entre el capitalismo y el socialismo. Y la razón fundamental por la que China necesita de Rusia, sin cuyo respaldo militar es seguro -nadie lo dude-   que ya tiempos hubiera sido doblegada por los Estados Unidos. Al menos mientras se transforma en la primera potencia del orbe en todos los campos.    

En 1867, Carlos Marx predijo el fin del capitalismo. Pero 125 años después, en 1992, el politólogo estadounidense de ascendencia japonesa, Francis Fukuyama, en su muy publicitado libro “El fin de la historia y el último hombre”, proclamó que había resultado al revés, que la disolución de la Unión Soviética había significado el irreversible triunfo del sistema capitalista y, como corolario, el fin del socialismo. Más aún, en sus propias palabras: “el fin de la historia”.

Aunque quizás explique un poco la teoría de Fukuyama recordar que hasta no hace mucho se desempeñaba como subdirector de planificación política del Departamento de Estado de los Estados Unidos y que antes fue analista de la Corporación Rand, uno de los llamados laboratorios de ideas, un “think tank”, que imparte capacitación política a las fuerzas armadas norteamericanas.

Como sea, la idea del “fin de la historia” no es nueva, se trata de un viejo concepto histórico filosófico cuyo principal exponente fue probablemente Alexandre Kojève, filósofo y político de origen ruso que vivió la mayor parte de su vida en Francia y ejerció fuerte influencia sobre la filosofía francesa del siglo XX. Kojève, considerado un destacado hegeliano, escribió que para Hegel la batalla de Jena, en la que Napoleón derrotó al ejército prusiano en 1806, había significado “el fin de la historia” con la consagración de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad, que le habían hecho “comprender que la historia había permitido la realización de la razón filosófica y, por tanto, derecho y filosofía habrían llegado plenamente a su fin”.

Dado que, aparte de una nueva concepción del derecho y la filosofía, la Revolución Francesa trajo consigo la consolidación del modelo de producción capitalista, sus ideólogos aducen que Fukuyama no habría hecho más que ratificar la tesis de Hegel. Y que el período de 70 años de socialismo real en la Unión Soviética en el pasado siglo tan solo habría sido un accidente histórico que ya había llegado a su definitivo término.   

Pero he aquí que, si las cosas siguen conforme lo planificado por el Partido Comunista chino, el socialismo cuya defunción decretó Fukuyama no solamente seguirá vivito y coleando, sino que en un próximo futuro será de nuevo puesto en total vigor, pero ahora en una sociedad en la que, a diferencia de la antigua URSS y de los propios Estados Unidos, la pobreza habrá desaparecido por completo y será incomparablemente más rica que la que nadie soñó jamás.

Rusia, es verdad, dejó de ser socialista hace 30 años, pero es obvio que se siente mucho más cómoda con su vecina China que con quien fueron enemigos a muerte por más de 70. Demás está decir, entonces, que, por su trasfondo ideológico, el choque que estamos viendo entre las tres potencias, que hasta el momento se está librando en el terreno militar solamente en Ucrania, es mucho más complejo y peligroso de lo que pudiera parecer a primera vista, y no digamos bajo la avalancha de desinformación que estamos recibiendo a diario.

Tegucigalpa, 5 de abril de 2022.

Un comentario en “El trasfondo de la guerra de Rusia y Ucrania

  1. Comentarios objetivos y claros para cualquiera que no entienda de política y para cpmprender lo que pasa en el mundo y en Honduras.

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