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Por: Víctor Meza

Leo y escucho, a veces con demasiada frecuencia, los reclamos y recriminaciones que muchos compatriotas le hacen al pueblo, calificándolo de indolente, apático, indiferente, cuando no de temeroso o cobarde. Es muy común, sobre todo en este sinuoso mundo de la “comentocracia mediática”, calificar – o descalificar – con sobrada ligereza los defectos o virtudes de ese conglomerado humano agrupado en la gelatinosa categoría de “pueblo”.
Comprendo que la indignación y el hastío no son los mejores consejeros al momento de emitir opiniones sobre la conducta colectiva de una masa humana. Suele suceder que el enojo, la frustración y la impotencia para cambiar el estado de cosas, nos llevan fácilmente a la generalización simplista y a la abundancia inútil en el manejo de los adjetivos. Y la consecuencia de ello apunta casi siempre a descalificar a eso que llamamos pueblo, considerándole como inepto y pasivo, indiferente ante el lamentable estado en que se encuentra la República.
Cada vez que estalla un escándalo de corrupción de alto impacto o cuando el gobierno comete un acto tan arbitrario como indignante, surgen las voces que le reclaman al pueblo y le reprochan su mansedumbre desesperante y su silencio casi cómplice. Es una forma ya usual de canalizar la furia y la impotencia que envuelve a los reclamantes. “Este pueblo es cobarde” dicen, y acto seguido lo comparan con pueblos vecinos a los que consideran más aguerridos y contestatarios.
Es bueno preguntarse cuánta razón hay en esos juicios de valor, cuánto acierto en esas opiniones, cuánta justicia en esos calificativos, al margen de la legítima indignación que las respalda y del comprensible enojo que las alimenta. ¿Será cierto eso de que hay “pueblos cobardes”? ¿Será verdad que hay pueblos tan indiferentes y pasivos que todo lo soportan y todo lo toleran? No lo creo, sinceramente lo dudo.
Hay pueblos pacifistas, sin duda, renuentes a la guerra y la violencia, acostumbrados a la paz y a la convivencia sana y apacible. Pero esas virtudes seguramente no devienen de estructura genética alguna sino de las condiciones materiales y culturales de vida en que les ha tocado existir. Son las condiciones de la historia, de los modos de producción concretos, de las formas culturales, de la idiosincrasia, de las tradiciones, en fin… Es todo eso en su conjunto lo que ayuda a explicar la conducta determinada de un determinado pueblo en una determinada fase de su existencia histórica. El pacifismo de una masa humana no la convierte en cobarde ni la condena a la eterna mansedumbre. Puede llegar un momento de estallido en el que la actitud pasiva se convierta en avalancha violenta, cuando la paciencia vacuna se vuelva furia desenfrenada, turba en movimiento, masa en acción.
Los ejemplos sobran a lo largo de la historia de la humanidad, desde las rebeliones de esclavos como la de Espartaco hasta la Toma de la Bastilla y la Comuna de Paris, no sin antes pasar por la rebelión rumana contra el dictador Ceacescu o la revolución de los claveles en el Portugal de Salazar. Y, para no ir más lejos, aquí cerca, en el entorno regional, podemos ver los ejemplos de la guerra civil salvadoreña o la exitosa sublevación nicaragüense en contra de la dinastía somocista.
Un pueblo aparentemente indolente o excesivamente cauteloso puede, de pronto, al calor de la famosa “chispa maoísta que encenderá la pradera”, cambiar su inicial actitud y convertirse en avalancha de ira, capaz de arrasar con todo y cambiar de raíz el estado de cosas que le oprime y asfixia. Llegado ese momento, lo único que hace falta es el liderazgo adecuado, la vanguardia lúcida, con el coraje debido y la organización apropiada, para ponerse al frente y, libre de banderas sectarias o de poses demagógicas, saber leer el curso de la historia inmediata, detectar el brillo de la chispa y, convencidos de lo posible, lanzarse a hacer lo necesario. Casi nada.

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