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El periodismo está siendo atacados por todas partes

El buen periodismo trabaja en la oscuridad en América Latina

Por: Fundación del Nuevo Periodismo Gabriel García Márquez

La opacidad ha convertido a América Latina en una verdadera selva.

La corrupción espolea los erarios y las políticas públicas destinadas a la población vulnerable, lo que provoca la indignación popular.

La respuesta de la autoridad ha sido represión brutal a través de la policía.

La crisis política se revela sin maquillaje, descarada, al punto que el crujido de la democracia se mastica, hace eco. También la asfixia prevalece en las libertades.

Cuando la democracia se debilita, los extremos se encienden.

Cunde el fanatismo, la ausencia de diálogo y las verdades sin fisuras.

Y muchos dueños de medios de comunicación y periodistas cambian el buen periodismo por el silencio de la información relevante para ocultar daños y responsabilidades, y por la entrega de noticias sensacionalistas y no verificadas que denigran a los adversarios y a la gente.

Donde ayer había caminos, hoy hay trincheras.

Para los millones de ciudadanos en la intemperie, la buena y oportuna información es oxígeno.

Es vida.

Y ese oxígeno y vida se hace cada día más difícil pues muchos medios se han convertido en trincheras.

Ese es el clima bélico y oscuro en el que cumple su función una buena parte de nuestro buen periodismo en Latinoamérica.

Lo difícil es hacer buen periodismo cuando falta la ética.

Se observa en los titulares falsos, maquillados, sensacionalistas, partidistas, vociferantes y descalificadores.

Todo eso y más impregna los medios del continente.

¿Qué tan ético es que los medios tergiversen la información a favor de un gobierno o un político?

¿Por qué los dueños de medios usan títulos e informaciones falsas?

Es claro.

Para manipular la noticia y a la población.

Pero la credibilidad de esos medios es cuestionada cada vez más, pues dejan de ser servidores públicos para ser instrumento de propaganda.

¿Por qué los periodistas con ética no hacen respetar su profesión y denuncian a los colegas y dueños de medios corruptos para permitir a la sociedad informarse sin temor de ninguna naturaleza?

¿Cómo hacer un periodismo comprometido en un país donde el poder político domina a la prensa?

¿Por qué un medio o todos viven del gobierno?

¿Cómo luchar para mostrar las injusticias y la hegemonía de las élites que usufructúan los principales cargos políticos?

¿Qué debe hacer un periodista si, pese a su trayectoria brillante y meritoria, no puede hablar sobre el ejercicio ético de sus colegas en el medio en el que trabaja que solo replica información oficial pese a evidencias claras y públicas de mentiras y tergiversaciones?

¿Por qué hay medios convertidos en meros instrumentos de propaganda partidista?

¿Asistimos a la conversión de editores y periodistas profesionales en especie de barras bravas en defensa de la autoridad?

¿O de periodistas que se transforman en activistas de ciudadanos que dicen basta de abusos de delincuentes y soldados del narcotráfico?

Esas preguntas demandan respuestas claras y contundentes ante la creciente desinformación y manipulación de la realidad y la debilidad de la ética profesional periodística.

En algunos casos ha habido cambio de actitud en algunos dueños de medios, pero lo que prima es una matriz ideológica sin matices.

En otros casos, la crisis económica los ha convertido en dependientes de los dineros de gobiernos nacionales y locales, lo cual determina también el control de su pauta y agenda informativa.

Allí no hay espacio para fiscalizar al poder, que es el propósito fundamental del periodismo, ni un buen ejercicio profesional.

No se trata de un rechazo a los sesgos ideológicos que desde siempre han sido marca de identidad de muchos medios de comunicación, lo que no impedía que pudieran desarrollar buen periodismo profesional e incluso investigación.

Un sello que les daba credibilidad y un nicho de audiencia y confianza de una parte de la sociedad.

Un sello que había interés en preservar pues traía consigo ingresos.

El problema es que en esta crisis múltiple –que tiene como eje el desborde de las instituciones democráticas– las falencias económicas han dejado a los medios a la deriva y ahora son presas fáciles del poder de turno.

Y con ello, distintas barreras éticas han ido desplomándose en el ejercicio del periodismo.

Obviar, por ejemplo, titulares falsos y sensacionalistas que buscan captar clics en las redes sociales, que se exhiben después como audiencias cautivas, es omitir el daño que los medios provocan en cualquier sociedad, incluyendo a la honra de magníficos periodistas y personas que denuncian estas situaciones.

Silenciar a quienes se enriquecen con el empleo o la miseria de otros es hacerse cómplice pasivo o activo de la explotación y el riesgo de vida de cientos de miles de personas que deben sumergirse en ese camino para llevar sustento a los suyos. Mantener ocultos los nombres de quienes se han enriquecido en la pandemia, por la vía de la corrupción a costa de la salud y el sustento de la población, es mucho más que una falta de ética. 

La corrupción es la otra pandemia que sigue galopando en impunidad en medio de la opacidad y las trincheras.

Existe una relación promiscua entre el dinero, el poder y la política en toda América Latina.

Los sobornos a políticos, gobiernos y periodistas para obtener millonarios contratos públicos involucra a presidentes y expresidentes de América Latina.

La corrupción está entronizada en todas partes.

Ha permeado a empresarios, sindicalistas, políticos, funcionarios, militares, policías, ONG, etc.

El buen periodismo poco ha podido hacer al respecto. 

El virus de la corrupción está vivo, está en todos lados.

Y en medio de esas trincheras se olvida a veces que ese virus no da tregua.

Combatir la desinformación, la manipulación de los hechos, los testimonios e incluso de las fotografías o videos, ha pasado a la unidad de cuidados intensivos.

Afecta la salud de la sociedad y, por eso mismo, no ayuda a identificar a quienes promueven, instigan y ejecutan las faltas a la ética.

Para combatir tal tragedia social se requiere del mayor número de protagonistas de la institucionalidad democrática de un país.

También de la ciudadanía activa.

Pero somos los periodistas los que tendremos que tomar un lugar en la primera línea del combate a la toxina.

En defensa de la vida, la profesión y la sociedad.

De lo contrario, la civilización que conocimos… desaparecerá sin pena ni gloria.

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