Clientelismo electoral

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Por: Víctor Meza

“Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos…” dice un verso de Pablo Neruda, repetido hasta el cansancio, muletilla de adolescentes enamorados, refugio de un romanticismo tardío, encerrado discretamente entre las líneas del poema 20.

 Pero, por muy románticos e inspirados que sean o estén nuestros flamantes diputados, esos que se autodenominan “honorables”, ellos siempre siguen siendo los mismos. Al menos, eso es lo que se comprueba al revisar las listas de precandidatos que los distintos movimientos o grupos internos de los partidos políticos han presentado para su debida inscripción, de cara a las elecciones internas y primarias del mes de marzo del próximo año. Un simple vistazo basta para saber que abundan los mismos rostros, las mismas personas, los mismos viejos legisladores que durante tantos años han malgastado el tiempo y los recursos del país en los pasillos y entresijos del Parlamento. Aunque “son los de entonces”, siguen siendo los mismos…

Por supuesto que hay nuevas caras, gente que podría insuflar aire fresco a los apolillados refugios de la mal llamada clase política tradicional. Pero no creo que sean la mayoría o que tengan la fuerza y experiencia suficientes para representar un bloque político novedoso, imaginativo, creador, una bancada plural de verdaderos legisladores.

Los partidos políticos, especialmente los tradicionales y cronológicamente centenarios, parecen condenados a la repetición perpetua. Con escasas excepciones – que siempre las hay, por fortuna –, entre sus filas de precandidatos abundan los de siempre, los que ya todos conocemos y cuestionamos por su lamentable desempeño. Es como si los partidos padecieran de un déficit crónico de capital humano, una lamentable ausencia de recurso intelectual, de profesionales idóneos y representantes verdaderos. Es la decadencia y el deterioro del tiempo, que permanecen y se reproducen en espiral inevitable.

Revisando las listas, llama la atención la presencia de numerosos ciudadanos cuya ocupación principal es tan variada en su diversidad como lejana y distante de la tarea de legislar, de hacer las leyes, diseñar, analizar y, eventualmente, aprobar, modificar o rechazar las normas jurídicas que rigen la convivencia y la actividad social de los hondureños.  Ser legislador supone, al menos, un gran sentido de responsabilidad y compromiso ante la sociedad en su conjunto, una tarea que debe asumirse como ciencia y como arte.

Pero, entre los aspirantes a diputados y precandidatos a alcaldes y regidores encontramos de todo, una masa variopinta en la que se entremezclan, en barullo incomprensible, malabaristas del futbol, cantantes de reguetón,  bailarines callejeros, activistas sin criterio ni oficio y más de algún periodista avispado… Solo hace falta que el personaje favorecido tenga una cuota de fama en su quehacer preferido, para que los dirigentes políticos, los que cortan la torta sin intromisión ajena, le beneficien con el llamado “dedazo”, fórmula famosa en la política mejicana para escoger a los candidatos de antaño.

De esta forma, al momento de conformarse el nuevo Congreso Nacional, veremos desfilar a esta curiosa tribu de advenedizos que serán los encargados – ¡válgame Dios! – de aprobar o rechazar, mediante obediente mano alzada, las leyes y otras disposiciones jurídicas que el futuro Parlamento le entregará a la atónita y despistada sociedad hondureña.

El solo hecho de imaginar un aquelarre semejante, es suficiente para que un ligero temblor recorra nuestro cuerpo. Bien dicen que no hay héroe más peligroso que aquel que sabe que no lo es. Y, parodiando ese dicho, bien podríamos decir que no hay legislador más nocivo y atrevido que aquel que sabe que no lo es. La audacia que le concede su propia ignorancia será el factor que le impulse a legislar y a opinar sobre los más diversos temas y las más variadas y vitales iniciativas. Los más duchos, esos que ya tienen décadas de invernar en sus curules y despiden un discreto e incómodo tufillo al fúnebre alcanfor, son los que en verdad legislan, haciendo creer a los inexpertos y vivarachos recién llegados que son ellos los verdaderos representantes del pueblo. La mentira y la ficción, como el ridículo y lo sublime, se funden para dar vida a la política local.

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