Colapso

 

Víctor Meza

De colapso en colapso – esa especie de “postración repentina de las fuerzas vitales” – va la patria arrastrando fracasos y frustraciones, momentáneos progresos y efímeros avances de dudosa consistencia. Desde las postrimerías del siglo pasado y en las dos primeras décadas del presente, nuestro país ha experimentado una serie de desgracias que van desde catástrofes naturales hasta descalabros institucionales, pasando por el auge indignante de la corrupción, hasta desembocar en esta crisis sanitaria provocada por un virus tan microscópico como letal.

Todas estas crisis, de una manera u otra, han tenido un rasgo común: el colapso momentáneo o prolongado, coyuntural o estructural, de los diferentes elementos que conforman el modelo político, económico y social que los dirigentes locales han diseñado y factores externos han facilitado. El resultado ha sido, en su conjunto, el colapso total del modelo de gestión predominante en el país.

En el año 1998, ya casi a las puertas del nuevo milenio, un fenómeno natural de proporciones bíblicas, el huracán Mitch, puso en evidencia la vulnerabilidad social, ambiental e institucional del país entero. Los vientos huracanados y las lluvias infinitas destruyeron gran parte del territorio, modificando su geografía física y social, a la vez que mostrando las debilidades intrínsecas del Estado y sus instituciones. Fue un colapso total.

En el año 2009, un grupo de forajidos políticos asaltaron el poder público, derrocaron al gobierno legalmente instituido y sumieron al país en una crisis política profunda, de cuyas consecuencias todavía no nos hemos librado. Quedó en evidencia el colapso de un sistema institucional que no fue capaz de procesar democráticamente la conflictividad política del momento.

Pocos años después, a finales de 2017, el mismo grupo de truhanes, entre civiles y militares, urdieron y llevaron a cabo uno de los fraudes electorales más grandes y desvergonzados de nuestra historia moderna. El resultado inmediato fue la instalación de un gobierno de cuestionado origen y la represión sangrienta de la oposición política. El gobernante impuesto, fruto de una reelección tan ilegal como repudiada, es la mejor prueba del colapso del sistema político electoral de nuestro país.

Entre tanto, en medio de los vaivenes de la ilegalidad y lo ilegítimo, el país fue poco a poco cayendo en las redes del crimen organizado y en la vorágine de la violencia pandillera y delincuencial. El sistema de seguridad pública entró en su fase de colapso general y el Estado degradado inició su camino final hacia el Estado fallido.

Como corolario siniestro, el denominado “sistema penitenciario”, que en realidad no es más que un archipiélago disperso de islotes llenos de corrupción y violencia, revela en toda su magnitud el colapso del régimen carcelario que predomina en el país.

La evidencia más impactante y dramática de esta serie fatídica de colapsos totales o parciales, fueron las caravanas multitudinarias de migrantes desesperados que, como en un éxodo angustioso, poblaron los caminos migratorios, cruzaron los ríos y enfrentaron los riesgos entre la vida y la muerte, inaugurando así en nuevo modelo de migración colectiva y solidaria. ¡Qué mejor prueba del colapso del sistema político y social que padecemos!

Y ahora, como para cerrar el círculo siniestro de condenas y desgracias, nos enfrentamos a un nuevo colapso, el del mal llamado sistema de salud pública, que enfrentado a la pandemia del coronavirus, muestra en su escasez e ineficiencia toda la podredumbre que le corroe internamente, la improvisación  de sus responsables y el descuido criminal del Estado con respecto a la salud de sus habitantes. Un colapso más en la ya larga lista de fracasos.

Y así, de colapso en colapso, dando traspiés y trastabillando en el camino, se mueve nuestra bovina sociedad, sin encontrar todavía la ansiada ruta de la ciudadanía activa y rebelde que se necesita.

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