Centroamérica en Bicentenario, lo que viene, si no y lo que pudiera ser

Por: Rodolfo Pastor Fasquelle

 

El año entrante se cumplen 200 años de la primera Independencia de Centroamérica que también fue la primera que celebró Honduras. Por lo demás sin harta fanfarria. Sin duda la efeméride traerá sus novedades. Ayer el Banco Central de Honduras publicó un cálculo de disminución del PIB en 10% para 2020, por el daño de la pandemia, agregado con el de la cuarentena, los huracanes y sus consecuencias. (Como parangón, el daño del golpe de estado de 2009 a la economía fue de un 5%) Es un estimado razonable, en cuanto que CEPAL y varios economistas independientes se han aproximado a la misma cifra, con el caveat de que puede corregirse fácil hacia arriba. Es decir que la producción del país va a disminuir al menos un diez por ciento. Al tiempo que crecen exponencialmente las demandas y necesidades. ¡Pudiera ser peor, el producto pudiera bajar el doble de eso!

Y esa cifra esconde muchas desigualdades.

Por ejemplo. Va a bajar más el producto en el agro, y particularmente en la producción de alimentos, peor en la costa, la zona más productiva y dañada. Y se habla de un incremento a 80% de pobreza, 20 puntos más que el 2019 según la nueva formula de cálculo, lo que ya era 10 puntos por encima del nivel de 2008. Un aumento que va a arrinconar a la clase media en la raya, y va a empujar la extrema pobreza a la miseria mortal. No se van a sentar a morir de hambre tranquilos, los miserables.

Las calamidades del año catalizan la conciencia de una multicrisis, que viene arrastrándose décadas, pero sin antecedente en el registro histórico, no digamos en la memoria viva de los centroamericanos. Peor que en otras latitudes, con miles de victimas fatales. Venimos sufriendo los istmeños huracanes que alternan con prologadas sequías. Nuevas epidemias virales como el dengue, el zika y la  chikungunya, nuevas plagas de nuestras plantas, la mancha de aceite del maíz, un nuevo virus del frijol, la monilia que destruye el cacao, el amarillamiento del coco,  el descortezador del pino, la roya del café, el pulgón del sorgo, nuevas epizootias y viejas de los animales domésticos, cada vez menos productivos. Se amplifica la desertificación del corredor seco desolado y como si fuera de una trampa, la gente huye de esta enferma tierra baldía, que hace solo unos siglos, fuera un paraíso.

La migración masiva, de gente que ha perdido esperanza, y no cree ya poder salir adelante es producto de esa crisis. Un éxodo, hoy organizado en caravanas, mayormente desde el triangulo norte. No es un comportamiento azuzado por intereses oscuros como aseveran varias teorías conspiratorias. Si no una función socio-biológica de la ecología del desastre. Antes que un derecho, la migración es un imperativo de subsistencia. No es circunstancial ni menos un problema local.

(Por supuesto que a nosotros ya nos ha beneficiado la migración. La remesa es hoy importantísimo renglón de ingreso nacional en todos nuestros países. Pero los países de destino necesitan que la migración sea un proceso ordenado, de tal manera que se la pueda integrar. Nosotros también tenemos un problema en el corto y el largo plazo, con el vacío y la desarticulación social que deja el éxodo desordenado, y con la fuga del recurso que nuestro desarrollo necesita.) Pero la solución del problema migratorio no es policial ni militar, exige atacar la raíz y el resorte del mal, la desesperanza.

Mucho es producto del calentamiento global, que se ensaña con Centroamérica como con pocas otras áreas del globo, en trópicos lejanos, del Medio y Lejano Oriente, del África y Sudeste Asiático. Y en todas esas latitudes esa degradación ambiental engrosa el flujo de emigración. Ayer un artículo del N. Y. Times Magazine ilustra la resultante migración masiva global con el caso guatemalteco, y elabora sobre una serie de modelos que pronostican las Grandes Migraciones Climáticas.

Hay trampas imaginadas y falsas profecías apocalípticas. No, no hay señal de que el mundo, ancho y ajeno, se esté terminando. El planeta tiene aun larga vida y la humanidad, un inmenso potencial por desarrollar. El covid-19 no es un castigo ni un arma, si no un fenómeno natural. La ciencia puede enfrentar las enfermedades (nunca antes hubo ¡tan pronto, una vacuna y avances en el tratamiento de un mal nuevo!) y puede igual conseguir que, en vez de azote, las inusitadas precipitaciones se conviertan en un recurso contra la desecación, y volvernos mas resilientes. Y ojalá complazca a la divinidad el valor, la garra para luchar, y hacer la parte que toca.

No todo esta en nuestras manos pero

Otro tanto del mal es hechura nuestra, por abuso de la naturaleza y ciego acatamiento a un modelo perverso, impulsado de afuera. Nos alienamos. Nuestros sistemas políticos se degradan y el tejido y la organización social se desbarata. Sin duda tenemos un gran reto. No ayuda meter en la arena ardiente, la cabeza, para esconderla.

Por hoy, se trata solo de estados que no pueden cumplir sus responsabilidades y gobiernos fracasados, que padecen una corrupción sistémica, montan circos y se recelan unos a otros. Pero si no hacemos nuestra parte, si nos quedamos viendo atónitos, desde el margen, cruzados de brazos, el tiempo que se avecina puede ser uno de los más oscuros y puede vernos deslizarnos de las cleptocracias a estados fallidos. En donde desaparece el principio mismo de la autoridad mínima para asegurar la convivencia. Y prevalece la anarquía combinada con hambrunas letales.

No esta claro que la actual clase política este a la altura de ese reto. Pero ¿lo estamos los académicos, los educadores, los líderes sociales y religiosos, los empresarios? Porque es un reto de todos. Nadie aquí es sustituible. Hay que superar la narrativa del fatalismo que se nos inculca. Hay mucha gente honrada y capaz entre los nuestros, a la que podemos empoderar –queriendo- para el servicio que nos urge.

Se trata de un problema compartido, aunque cada país es distinto, y hablo ahora -otra vez de Honduras, la que tengo a la vista y en donde la crisis institucional pareciera particularmente aguda. Y esta en precario el inminente proceso electoral que, en vez de una solución, promete profundizar la crisis.

El proceso de organización para celebrar elecciones primero en marzo de 2021, dentro de menos cuatro meses tiene mal pronóstico. Cuando se ha otorgado sellos y derechos a una decena de nuevos partidos de maletín antes siempre usados por quien los compra en almoneda. Pero aun no se ha conseguido promulgar la ley electoral comprometida hace tres años, no se ha operativizado el Tribunal de Elecciones que tendría que dirimir disputas y se acusa por parte de la Cooperación al Consejo Nacional Electoral, órgano encargado de administrar las elecciones, de nombrar a activistas en vez de personal capacitado a puestos técnicos, como ocurrió antes en el RNP. Mientras tanto la ciudadanía parecería más bien preocupada de otros asuntos, como el de la sobrevivencia y la cuarentena.

Los anuncios nuevos de la autoridad sanitaria advirtiendo de un nuevo cierre y cuarentena en las semanas posteriores al Año Nuevo son advertencias reales de que se va a incumplir el calendario electoral que debe conducir a la formación de un nuevo gobierno, sin que este dispuesto este a entregar el poder. Y entonces ¿Cómo se van a excusar los continuismos y sus defensores? ¡Así van a celebrar los logros y la madurez alcanzada en los primeros doscientos años de república democrática! ¿O van a proclamar una nueva republica remesera y maquiladora del nuevo milenio? ¿De verdad escaparan al juicio de la historia?

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