Reflexiones sobre la pandemia (31)

Por: Rodil Rivera Rodil

 Si algo positivo pudo traer la pandemia fue poner al desnudo por completo la constante desigualdad que genera el capitalismo sin control y, principalmente, su hijo bastardo, el neoliberalismo. Cuando en el 2013 el economista francés Thomas Piketty presentó esta realidad en su monumental estudio “El capital en el siglo XXI”, que abarcó trescientos años de historia, la derecha internacional puso sus mayores expertos (léase los mejor pagados) a revisar la gran cantidad de datos recogidos por el autor buscando desmentirlo o invalidarlo. Sin ningún éxito.

Pero el minúsculo virus que trae al mundo de cabeza le ha puesto punto final a cualquier polémica sobre el tema. Mientras la ONU informa que “más de 115 millones de personas serán empujadas a la pobreza durante la pandemia, y aquellas que ya vivían con menos de dos dólares al día, más de 700 millones, serán afectados aún más profundamente”, el banco suizo USB y la consultora PwC reportan que “las fortunas de 2.000 multimillonarios, solo en tres meses, de abril a junio, aumentaron un 27.5% para establecerse en 10.200 millones de dólares”.

Pero, además, el virus se ha cebado en los pobres. Ellos han sido los realmente golpeados, los más contagiados, los favoritos de la muerte. Sin asistencia sanitaria digna de este nombre porque el sistema la convirtió en una mercancía como cualquier otra. Los pobres son también los primeros que se quedan sin trabajo ni ingresos de ninguna clase. Y comienza, entonces, a rondarlos la miseria, La que Constancio Bernaldo de Quirós, el gran criminalista y exponente del llamado “regeneracionismo” español, definió como “la pobreza que se alimenta de sí misma”. Esa máxima degradación del ser humano que no hay manera de llevarla con ninguna dignidad. La brecha, en consecuencia, entre ricos y pobres está llegando al cielo. Tanto que estos ya no tendrán que ir a la iglesia, podrán hablar personalmente con Dios.

Y qué decir de lo que estamos presenciando en el campo internacional. Los países desarrollados abandonaron toda vergüenza y se olvidaron de la solidaridad que pregonaban. Se atropellan unos a otros por adquirir la vacuna. Trump hasta quiso apropiarse de las reservadas para sus aliados. Tampoco están destinando recursos para ayudar a los países pobres. Que vean estos lo qué hacen, pero antes, no faltaba más, que paguen lo que deben a los ricos. Este es, estimado lector, el verdadero rostro del neoliberalismo. El paraíso que Fprometieron los economistas de la escuela de Chicago y los gobiernos de Margaret Tatcher, Ronald Reagan, y de Rafael Leonardo Callejas aquí en Honduras.

Hace cuarenta años, los “Chicago boys” criollos, entusiasmados como niños con juguete nuevo, se apuraron a desmantelar y privatizar la poca estructura sanitaria que teníamos. Y tampoco vacilaron en añadir la correspondiente dosis de corrupción y demagogia, que con los años ha ido creciendo sin parar. Al grado que hoy el quehacer fundamental de los funcionarios del actual gobierno ya es muy similar al del lobo de una fábula de Samaniego: “Aquí robo, allí miento”.

Y lo más sorprendente es que estos señores han aprendido a torcer la verdad con una tranquilidad pasmosa. Ya llegaron al summum de la mentira, esto es, cuando ellos mismos se creen sus propios embustes. Y los repiten con un cinismo no menos asombroso. La junta militar de Invest, para el caso, está dispuesta a jurar por todos los santos que el descomunal desfalco en la compra de los hospitales móviles fue, en realidad, un insuperable ejemplo de honestidad.

La ministra de salud, por su parte, no se queda atrás. A la pregunta de los periodistas de porqué nunca han efectuado las tres mil pruebas diarias que, como mínimo, se requieren para llevar un eficaz control de los contagiados, respondió que eran muy caras, pues su valor ascendía a ocho mil lempiras. Cuando el periodista Edgardo Melgar le demostró con una factura de Invest-H (igual de sospechosa), que era de treinta y cinco dólares, o sea, menos de novecientos lempiras, se apresuró a llamar al programa para “aclarar” que había habido un mal entendido, pues ella incluía en el precio que había proporcionado todos los costos, los directos y los indirectos.

Por desgracia, había colgado cuando Melgar dio a conocer que en los laboratorios privados, en donde, además de esos mismos costos les agregan una ganancia considerable, el examen cuesta cerca de la mitad del mencionado por la ministra. En este momento su precio es alrededor de tres mil quinientos lempiras. Una de dos. O la ministra no sabe de lo que habla, lo que pondría en evidencia, una vez más, que JOH, por su absurdo ego, ha puesto a gestionar la pandemia a cualquiera menos a los que conocen de pandemias.

O bien, la ministra sí sabe  -y perfectamente-  lo que dice. Los ocho mil lempiras serían los que, en efecto, paga la secretaría de salud por cada prueba. Y repárese en que la diferencia es de casi un 60 por ciento superior al de los laboratorios privados. Lo que, aún con este precio y sobre la base del promedio de 886 pruebas diarias reportadas por la misma Secretaría de Salud, significaría un “negocio”, en los nueve meses que llevamos de pandemia, de más de ¡900! millones de lempiras, o sea, mayor todavía que el que produjo la adquisición de los hospitales móviles. Y que solo el diablo  -y el Ministerio Público-  saben quién o quiénes se lo embolsaron.

Y es que en este régimen, como suele decirse, no hay por dónde pasar. No hay nada que haya hecho en lo que no haya habido o descarada corrupción o algo turbio. En complicidad, desde luego, con el lado oscuro de la empresa privada, ese que siempre está metido en las mil y una “coalianzas” protegidas por la ley de secretos. Ese, en fin, que se se especializa en medicinas, ventiladores mecánicos, hospitales y toda clase de productos para el Ministerio de Salud, para el Seguro Social y, cómo no, para pandemias y huracanes. O, lo que es igual, ese mismo que se ha vuelto experto en robar a los pobres y a los enfermos para hacerse más rico. A lo Robin Hood. Pero al revés.

A veces me imagino que el presidente Hernández debe estar hasta la coronilla de tanta crítica. Solo yo llevo nueve meses en ello. Quizás él mismo quiera que le pongamos término. Y tampoco el pueblo puede aguantar por tanto tiempo semejante latrocinio. Por eso, amigos de la oposición, es urgente que nos aglutinemos cuanto antes en una alianza y le facilitemos las cosas sacándolo del poder en las próximas elecciones. 

Por lo demás, presiento que cuando los funcionarios que estuvieron a cargo de la pandemia y las tormentas lleguen al final de sus “fructíferas” existencias, en el lujoso mausoleo en el que seguramente reposará cada uno tendrá que esculpirse el popular epitafio:

 

                                       “Aquí yace fulano o mengano de tal,

                                       quien en vida hizo el bien e hizo el mal,                                                                               

                                        el bien lo hizo mal y el mal lo hizo bien.

                                       Él descansa en paz y nosotros también”.

 

Tegucigalpa, 23 de diciembre de 2020.

Un comentario en “Reflexiones sobre la pandemia (31)

  • el diciembre 22, 2020 a las 9:37 pm
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    Muy bien el comentario de Rodil.

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