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Por: Víctor Meza
Dicen los expertos en procesos electorales que la seriedad de los mismos suele medirse por varios factores, entre otros por la calidad de los contendientes que participan en los mismos. Dicho de otra manera, la naturaleza de la campaña, sus formas, los métodos que se utilizan, la profundidad del discurso político, la esencia de las propuestas, en fin, dependen en buena parte de la cultura, la inteligencia y el estilo de los propios candidatos, tanto los que quieren ser legisladores o alcaldes como los que sueñan con ser presidentes de la República.
Si utilizamos esos criterios para medir la calidad y contenido del proceso electoral que ya está en marcha en nuestro país, seguramente varios de sus protagonistas principales saldrán muy cuestionados y peor calificados. La calidad de sus discursos, el contenido de sus declaraciones públicas y la naturaleza de sus ofertas, son factores suficientes para valorar sus conocimientos y los niveles de cultura política democrática que poseen y practican. Como se acostumbra decir, por la pluma se conoce al ave.
Algunos bien pueden ser calificados simplemente como bocazas, es decir charlatanes, habladores, personas que acostumbran divulgar chismes y rumores sin pruebas, también conocidos como bocotas o parlanchines. Como si la campaña electoral fuera una feria municipal, los farsantes abundan, los truhanes circulan por doquier y sobra quien, megáfono en mano, proclama sus supuestas virtudes ciudadanas como si fueran valores innatos y exclusivos. En un derroche de narcicismo provinciano, hay candidatos que se autoproclaman como si fueran los sabios de la antigua Grecia, nimbados por su fulgor escaso y rodeados de seguidores bobos, despistados o calculadores.
Esos bocazas del patio me recuerdan a un enloquecido gobernante africano que se hacía llamar “Emperador”de la República Centroafricana en la década de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Se llamaba, para variar, Jean Bedel Bocassa y, haciendo honor a su apellido, se comportaba como un genuino bocazas. Cambió el régimen republicano y fundó una ridícula monarquía en el desventurado país del centro de África. Sus pretensiones imperiales, tan descocadas como hilarantes, llegaron a convertirse, tragedia aparte, en motivo de chistes crueles y burlas humillantes en la comunidad internacional. El “Emperador” Bocassa era un verdadero bocazas.
También hay más de algún bocazas por estos lares. Cada vez que le acercan un micrófono o le encienden un reflector, se transporta a la gloria y da rienda suelta a su verborrea irreflexiva, insultante y atrevida, un parloteo irresponsable que el protagonista disfruta como si experimentara un delirio orgásmico. Su afán protagónico, herencia del vedetismo televisivo, no conoce límites reflexivos ni prudencia aconsejable. Afirma sus “verdades” con la misma pasión que elabora sus mentiras. Calumnia, ofende y descalifica a los demás con la prepotencia que seguramente caracterizaba al frustrado “Emperador” Bocassa en su fementido reino africano.
Los electores, sobre todo aquellos que meditan y reflexionan antes de depositar el voto, deben poner atención a esta clase de personajes, imaginar lo que harían si, por desgracia para el país y por la división de los opositores, llegaran a ganar el torneo electoral. El vedetismo insufrible de hoy se convertiría, casi seguramente, en el autoritarismo desmedido de mañana. La verborrea ocasional de la campaña se trocaría en discurso oficial cotidiano, de la misma forma que sus desplantes actuales, con ofensas incluidas, quedarían revestidos por el mandato presidencial y la impunidad del cargo.
No quiero ni pensar en una Honduras que sale de la ignominia para recaer en la locura. Si las elecciones no sirven para cambiar el actual estado de cosas y renovar, con aceptable ética y decencia, el liderazgo nacional, entonces servirán para muy poco o, en el caso extremo, para nada. No se trata de elegir payasos ególatras, por muy populares que sean y por muy decentes que se proclamen. El país no merece un disparate semejante, ni la República soportaría un “Emperador Bocassa” criollo.

Un comentario en “Bocazas

  1. Muy acertado el artículo con un parangón claro. No sólo es la falta de discreción, la facilidad para el insulto, sino la falta de consideración a la ciudadanía. La utilización de pseudoverdades que buscan sorprender, atraer la atención para sí, sin mostrar ninguna propuesta. Hay bocazas que molestan con su ruido inútil, verdaderos estorbos que se acomodan perfectamente a la impunidad del régimen absolutista de turno.

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